
El trípode del domingo
La semana de San Agustín y el martirio del Bautista
A san Agustín lo hemos celebrado este 28 de agosto, el día siguiente al de su madre Santa Mónica, a cuyas “oraciones y lágrimas” debe su conversión el gran Santo y Doctor de la Iglesia Agustín de Hipona
La semana que culmina hoy con el Domingo, “el día del Señor”, y en general festivo en todo el mundo occidental de tradición cristiana, ha sido pródiga de significativas conmemoraciones en el calendario litúrgico de las que hoy destacamos las de san Agustín y la del martirio de san Juan Bautista, 28 y 29 de agosto, respectivamente. Este último es el “Precursor” de Jesucristo como el Mesías prometido a los judíos y considerado por el Señor como el mayor de “los nacidos de mujer”. De su relevancia para la Iglesia deja constancia ser el único que -al margen de la Virgen María- tiene en el santoral reconocidas dos fiestas, la ya señalada de su muerte y la de su nacimiento, el 24 de Junio. Su denominación de “Bautista” responde a ser el que bautizaba con el agua a sus seguidores, y en especial a Jesucristo en el río Jordán, como narran los cuatro evangelistas en el Nuevo Testamento. Juan el Bautista no debe confundirse con Juan Evangelista -el “discípulo amado” de Jesús, cuya fiesta se celebra el 27 de diciembre- y era hijo de Santa Isabel, prima de la Virgen María a la que en la fiesta de la Visitación se recuerda cuando Ella la visitó estando embarazada de seis meses del Bautista.
A san Agustín lo hemos celebrado este 28 de agosto, el día siguiente al de su madre Santa Mónica, a cuyas “oraciones y lágrimas” debe su conversión el gran Santo y Doctor de la Iglesia Agustín de Hipona (en la actual Argelia). Su vida está señalada por su singular conversión para ser un gran santo tras haber sido un joven amante de los placeres y las mujeres y seguidor de la secta herética de los maniqueos. De hecho en su prolífica obra literaria destacan sus “Confesiones”, donde hace un profundo relato de su vida anterior con la Providencia de Dios detrás de los acontecimientos de su vida. Otra gran obra suya es “La Ciudad de Dios”, donde sentó las bases del sentido “Cristiano” de la Historia y de su misma Teología. Nacido el 354 le tocó vivir una etapa decisiva de la Historia, el siglo IV, que comenzó con las terribles persecuciones de Diocleciano para poco después con el Edicto de Milán de Constantino establecer la libertad religiosa y, a continuación con el Hispano Teodosio, ser el cristianismo la religión oficial del Imperio Romano. Cuando poco después, en 410 cayó Roma en poder de los bárbaros, los cristianos pensaron que había sido un castigo de los dioses al haberles abandonado por Jesucristo. En la Ciudad de Dios disipará esa increencia, explicando el auténtico sentido de la Historia.
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