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El problema más radical

Este fenómeno, llamémoslo «proyecto», está afectando a todo: ha afectado no sólo a la sociedad en general, sino que hasta está invadiendo también la fibra religiosa

Tiempo de lectura 4 min.

01 de febrero de 2017. 00:20h

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Antonio Cañizares 1/2/2017

Vivimos inmersos en un proceso secularizante de grandísima envergadura. Diría, con otra palabra, que asistimos a un proceso de «mundanización» como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco, como uno de los peligros más fuertes que en estos momentos nos acechan, en especial a la comunidad cristiana. Este proceso constituye, lo sabemos bien, el latido del corazón de la modernidad. El fenómeno de la secularización y «mundanización», al menos en algunos países como el nuestro, asume cada día con más fuerza la forma de un laicismo, más o menos oficial, radical e ideológico, en que Dios no cuenta, se actúa «como si Dios no existiera», y a la fe se la reduce o recluye a la esfera de lo privado. Este laicismo se está convirtiendo en el dogma público básico, al tiempo que la fe es sólo tolerada como opinión y opción privada; y así, a decir verdad, no es tolerada en su propia esencia. Este tipo de tolerancia privada ya se le concedió a la fe en la misma Roma del Imperio: el sacrificio al emperador, en último término, sólo perseguía reconocer que la fe no representaba ninguna pretensión de carácter público, al menos de manera significativa. El desarrollo de este laicismo toca el núcleo y fundamento de nuestra sociedad; afecta al hombre en su realidad más viva y a su propio futuro.

Este fenómeno, llamémoslo «proyecto», está afectando a todo: ha afectado no sólo a la sociedad en general, sino que hasta está invadiendo también la fibra religiosa. No se trata ya, como en otros momentos, del reconocimiento de la justa autonomía del orden temporal, en sus instituciones y procesos, algo que es compatible enteramente con la fe cristiana y hasta directamente favorecido y exigido por ella. Se trata aquí de algo muy hondo que afecta al modo de ser, de pensar y de actuar, puesto que conlleva la voluntad de prescindir de Dios en la visión y la valoración del mundo, en la imagen que el hombre tiene de sí mismo, del origen y término de su existencia, de las normas y los objetivos o fines de sus actividades personales y sociales.

El laicismo ideológico comporta un modo de pensar y vivir en el que la referencia a Dios es considerada como una deficiencia en la madurez intelectual y en el pleno ejercicio de la libertad. Así se va implantando la comprensión atea de la propia existencia. Aunque no siempre se perciba con tal explicitud intelectual, el problema más radical de nuestra sociedad y de nuestra cultura, y el de más vastas consecuencias para el hombre y su futuro es el de la negación de Dios y el de vivir «como si Dios no existiera». Este laicismo arrastra a muchos a la ruptura de la armonía entre fe y razón que tanto alcance tiene, y a pensar que sólo es racionalmente válido lo experimentable y mensurable, o lo susceptible de ser construido por el ser humano. Es por ello que el «mal» radical del momento consiste en el deseo de ser dueños absolutos de todo, de dirigir nuestra vida y la vida de la sociedad a nuestro gusto, sin contar con Dios, como si fuéramos verdaderos creadores del mundo y de nosotros mismos: todo parece que sea obra humana y que no pueda ser nada más que obra humana. De ahí esa nueva antropología, que se ha difundido por doquier, que concibe al hombre, no como ser, como alguien, por sí mismo pensado, creado y querido por Dios, o como naturaleza y verdad que nos precede y es indisponible, sino como libertad omnímoda o como decisión: La libertad individual viene a ser como un valor absoluto al que todos los demás tendrían que someterse, y el bien y el mal habría de ser decidido por uno mismo, o por consenso, o por el poder, o por las mayorías.

Esto, a mi entender, constituye el gran drama de nuestro tiempo. Porque en tal secularización y laicismo; manifestación extrema por lo demás de la mentalidad ilustrada, que separa fe y razón, el hombre, se diga lo que se diga, se queda solo, en su soledad más extrema, sin una palabra que le cuestione, sin una presencia amiga que le acompañe siempre, sumido con frecuencia en la soledad del vacío y de la nada; «solo como creador de su propia historia y de su propia civilización, solo como quien decide por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, como quien habría de existir y continuar actuando etsi Deus non daretur, aunque Dios no existiera. Pero si el hombre por sí solo, sin Dios, puede decidir lo que es bueno y lo que es malo, también puede disponer que un determinado grupo de seres humanos sea aniquilado». (No podemos olvidar a este respecto que, apoyadas en similares raíces de pensamiento, determinaciones de este tipo ya se tomaron, por ejemplo, en el Tercer Reich por personas que, habiendo llegado al poder por medios democráticos, se sirvieron de él para poner en práctica los perversos programas de la ideología nacionalsocialista, y que medidas análogas tomó también el Partido Comunista en la Unión Soviética y en los países sometidos a la ideología marxista, Juan Pablo II, Memoria e identidad). ¿A qué nuevo totalitarismo nos encaminamos? ¿Hacia la «dictadura del relativismo»? ¿Sólo?

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