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La familia por encima de otras cosas

Tiempo de lectura 4 min.

09 de mayo de 2017. 22:00h

Comentada
Antonio Cañizares 9/5/2017

Es preciso siempre, sobre todo en los tiempos que estamos, en los que es tan atacada, afirmar inquebrantablemente la necesidad de la incomparable y singular belleza de la familia asentada en la verdad del matrimonio. Es la familia santuario de la vida y esperanza de la sociedad. La palabra del Papa y su testimonio en favor de la familia ofrecen a todo el mundo luz y caminos para fortalecer la familia, en la que se juega el futuro del hombre, incluso su desarrollo económico.

El bien del hombre y de la sociedad, en efecto, está profundamente vinculado a la familia. El futuro de la humanidad se fragua en la familia. Es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover la verdad que constituye y en la que se asienta la familia, así como los valores y exigencias que ésta presenta. Entre los numerosos caminos de la humanidad, la familia es el primero y más importante de todos. Es un camino del cual no puede alejarse ningún ser humano. Cuando falta la familia, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida y que nadie podrá suplir.

Es necesario ser lúcidos ante la situación por la que atraviesa la familia en los momentos presentes. La gravedad y número de estos problemas están a la vista de todos. Nos encontramos en una situación histórica y nueva en nuestra sociedad. No pueden dejar de preocuparnos estos problemas en la medida en que afectan a las personas en lo más íntimo. Sin embargo, nuestra sociedad parece querer ocultar sus dificultades con soluciones superficiales e ingenuas a veces hasta perversas –que pretenden ignorar la repercusión personal y social que producen. Todos, sin excepción, estamos obligados a promover y fortalecer los valores y exigencias de la familia, ir más allá de lo que con frecuencia se ve en el debate político, social y cultural tan débil. La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas y una nueva cultura que sea precisamente la nueva cultura de la familia y de la vida, la nueva «civilización del amor», en expresión de los últimos Papas.

La sociedad tiene la grave responsabilidad de apoyar y vigorizar la familia y su fundamento que es el matrimonio único e indisoluble entre un hombre y una mujer, basado en el amor y abierto a la vida. La misma sociedad tiene el inexorable deber de proteger y defender la vida, cuyo santuario es la familia, así como dotar a ésta de los medios necesarios económicos, jurídicos, educativos, de vivienda y trabajo para que pueda cumplir con los fines que le corresponden a su propia verdad o naturaleza y asegurar la prosperidad doméstica en dignidad y justicia. No defender y promover la verdad de la familia, no ayudar debidamente a la familia constituye una actitud irresponsable y suicida que conduce a la humanidad por derroteros de crisis, deterioro y destrucción de incalculables consecuencias.

La Iglesia tiene una especial responsabilidad en esa gran urgencia de nuestro tiempo que es «salvar a la familia», potenciarla y alentarla, conforme a la verdad que la constituye, que es la inscrita por su Creador en su más profunda entraña. La promoción y defensa de la familia, basada en el matrimonio único e indisoluble, es la base de una nueva cultura del amor. Es el centro de la nueva civilización del amor. Lo que es contrario a la civilización del amor, y por tanto a la familia, es contrario a toda la verdad sobre el hombre y al mismo hombre, y constituye una amenaza para él y la humanidad entera. Sólo la defensa de la familia abrirá el camino hacia la civilización del amor, hacia la afirmación del hombre y de su dignidad inviolable tan preterida o atacada, hacia la cultura de la solidaridad y de la vida. Sólo la familia es esperanza de la humanidad. Ella es el lugar primero y principal de la educación, y sobre la educación la familia tienen un derecho inalienable y fundamental, un deber y una responsabilidad que nadie puede debilitar y menos aún quitar, so pena de hundirse la humanidad, y que, además, todos estamos obligados sin ninguna excepción a respetar y promover. Tantas crisis que como hoy se ciernen sobre nuestra sociedad no son ajenas a la crisis y debilitamiento de la familia.

Estamos llamados a que las familias, en medio de las dificultades que las envuelven hoy, tomen conciencia de sus capacidades y energías, confíen en sí mismas en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios les ha confiado: es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Los católicos tenemos en ello una especial responsabilidad que se traduce en el anuncio y presencia del «evangelio de la familia». La Iglesia, a tiempo y destiempo, está llamada a proclamar –así lo vemos en los últimos Papas– este «evangelio de la familia». Nadie tema a la Iglesia. Todo lo contrario. Sólo gratitud y esperanza pueden brotar de la Iglesia que, fiel a su Señor, a Dios y al hombre, nos confirma y alienta en esta gran noticia que es para cada hombre la familia.

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