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Un ingenio en esta corte

Tiempo de lectura 4 min.

18 de febrero de 2017. 21:43h

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Luis Alejandre 18/2/2017

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Don Luis Astrana Marín, un notable erudito, y muy conocido además por su notable traducción de Shakespeare, escribe en busca del autor de una obra de teatro del siglo XVII que lleva por título «Un ingenio en esta corte», que «no es nuestra la observación de que todo el mundo escribía bien en el Siglo de Oro: pero es verdad. Esto se nota perfectamente examinando simples cartas de camareros, de lacayos o de criados de ínfima categoría». Y entonces Astrana cita a Quevedo que dice que «ya hasta el lacayo latiniza y hallarán a Horacio en castellano en las caballerizas» y, a Lope de Vega, que escribe por el estilo: «Estos que el mundo eterniza/ buscan a Horacio en latín, / y está en la caballeriza. ¡Que un lacayo te ha leído / divino Horacio!».

Sí, pero éste es el mismo pueblo del que Fray Luis dice que es «un pueblo inculto y duro», aunque también que en el campo está la finura y delicadeza del alma; y, por su parte, nos cuenta Gonzalo de Arriaga: «Traían los manuales las niñas de cántaro debajo del brazo, las fruteras y las verduleras los leían cuando vendían y pesaban la mercancía». Y bastante verdad debía de haber en esto a tenor de la determinación con que Melchor Cano escribe que el discurso sobre esos asuntos espirituales no es cosa «para mujeres de carpinteros», porque temía la ceremonia de la confusión religiosa, que fuera de España achacaban al cilantro que se echaba en el cocido castellano y se decía que trastornaba las cabezas. Pero los señores inquisidores buscaban las razones en los pensares y, tras el edicto del Inquisidor Valdés, se cuchicheaba que era inútil saber leer porque todos los libros estaban prohibidos, y Santa Teresa esperaba que no pudieran prohibir el Padrenuestro. Pero ella y otras muchas gentes siguieron leyendo, aunque Teresa, que además escribía, pretendía hacer creer que ella y sus monjas eran unas pobres mujeres que sólo sabían hilar. Pero lo políticamente correcto era no leer y, de hecho, ponía peor la cosa ante los señores inquisidores y Melchor Cano, porque no era mejor lo de hilar que la carpintería.

El señor Astrana Marín comentaba ante esa presencia de Horacio en las caballerizas que, «por mucho que hoy se estudie, jamás llegaremos en este siglo, en España (mayormente con la desbaratada pedagogía que impera) a saber la mitad que en el siglo XVII», una afirmación ésta, por cierto, que es bastante innecesaria. Las comparaciones no sólo nunca fueron buenas, sino que, de ordinario, son disparatadas, y parece que, en este asunto de comparar el pasado con el presente y viceversa, se trata de un puro juego mental, sin sentido alguno, porque se trata de realidades totalmente heterogéneas.

Pero incluso un erudito serio como Astrana Marín, con tal de hacer algún descubrimiento, al preguntarse sobre la identidad de quien se firmaba «Un ingenio en esta Corte», escribe que una suposición era la de que se ocultaba bajo esa denominación el rey Felipe IV y entonces escribe Astrana: «Suposición absurda. Felipe IV era incapaz de escribir una comedia, y los que le denominan el rey-poeta son sin duda tan escasos de meollo como aquel monarca». Aunque no parece que, sin conocer a este rey más familiarmente que nosotros, y sin que el tema importe demasiado, se puedan hacer afirmaciones tan rotundas.

Lo importante sería que la pedagogía de estos momentos nos permitiera saber más que en el siglo XVII y que en el tiempo del señor Astrana Marín, simple y sencillamente porque nos es más exigible e incluso tenemos muchos más medios. Y debía notarse esto ciertamente, pero no es el caso. Esta vez no es que se prohíban libros, aunque podría decidirse que no deben editarse libros que no son políticamente correctos, sino que no se venden porque leer se ha convertido en algo heroico, ya que, además de leer, hay que comprender lo que se lee. ¿Dónde vamos a llegar? Nunca se hubiera podido imaginar tal cosa.

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