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Ya nadie recibe así

  • Cuqui Fierro con un diseño exclusivo en azul turquesa
    Cuqui Fierro con un diseño exclusivo en azul turquesa

Tiempo de lectura 4 min.

17 de mayo de 2014. 03:14h

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17/5/2014

Cuatro años llevaba Cuqui Fierro sin dar una fiesta en su casa, un duelo prolongado por la muerte de dos de sus hijos y aunque la pena por la pérdida vivirá con ella para siempre, una de las mujeres más sorprendentes de la sociedad española, abre de nuevo su casa para celebrar su cumpleaños. Una edad indeterminada que se le nota en el cuerpo pero no en la mente. Ya no se recibe como ella lo hace, eso es una verdad como un templo. No sólo porque una celebración como la suya cueste dos meses de preparación por los detalles y la variedad, es que es espléndida con los invitados, cerca de 200 y con todo el servicio doméstico volcado por agradar. Ese día les da una gratificación extra a las casi 40 personas que moviliza y los que acuden por trabajo, fotógrafos, paparazzis, guardias de seguridad y chóferes, también son invitados a cenar en el palacete. El festejo no acaba a las tres de la madrugada con el último invitado saliendo por la puerta de la plaza del Marqués de Salamanca, sino que se prolonga varios días. Al día siguiente, se reparten viandas entre las personas que, por su edad, no han podido acudir a la fiesta. Los más de sesenta centros de flores que adornaban toda la planta baja y el jardín, salen con distintos destinos; el panteón familiar, varios hospitales o iglesias de la zona y parte de los regalos, Cuqui los donará.

Es tal la fama de sus fiestas que los invitados acuden de todas las partes del mundo y, entre esas porcelanas, filigranas, muebles animal print, fotos –una con Don Juan Carlos, durante una cacería, me llama la atención «venía a muchas cacerías de mi padre y prácticamente somos de la misma edad. Les conozco mucho y especialmente a la reina le tengo muchísimo aprecio»–, se junten desde el arenero de la plaza de las Ventas –«que es mi amigo y además, pintor»–, a embajadores, pasando por duquesas y marquesas, el nadador David Meca, que me enseña la piscina cubierta cuyas paredes están decoradas con los colmillos de los animales que cazaba el marido de Cuqui –«la humedad les va muy bien»–, a cantantes como Encarnita Polo, los Fournier, el director general de la Guardia Civil –«soy socia de la Guardia Civil, tengo mi tarjeta y pago mi cuota todos los años»–, media familia Fierro, Luis María Anson o su íntima desde la infancia, Pitita Ridruejo –«la conozco desde los 12 años, date cuenta que nuestros padres eran banqueros»–. Lola Alcaraz, con Laura Valenzuela y Laurita, a las que acompaña el novio estupendo de la hija. Aline de Romanones que, en cuanto le avisan que ya está abierto el buffet, se levanta con la Duquesa de Franco y la duquesa de Montealegre y ponen rumbo a las viandas a por alguno de los nueve kilos de langostinos, docenas de perdices, cazadas por un sobrino, faisanes, flanes de gelatina con huevos duros, bacalao a la portuguesa, empanadas asturianas o una variedad de pasteles, que incluyen desde el tocinillo de cielo que le envían desde Asturias a pasteles de Belem. Todo divinamente presentado sobre bandejas de plata en una mesa rectangular tapada con manteles portugueses bordados.

Y es que en la casa de Cuqui, hay mucha querencia por Portugal, las mesas del jardín, son dignas de ver, con sus porcelanas portuguesas con forma de enormes cabezas huecas. Iluminadas por más de 300 velas: «Me han "soplado" una barbaridad y el decorador quería poner alguna más y le he dicho que de ninguna de las maneras compraba». Ella, muy regia, recibía en azules turquesas y con esos aderezos imposibles de superar «con un traje que me compré en Londres hace años y que tenía sin estrenar. Esta noche he decidido ponérmelo que ya está bien de tristezas y que vean que aún tengo mucha guerra que dar».

En eso llegan Carmen Martínez Bordiu y su acompañante, Luismi, al que las crónicas sociales apodan «el chatarrero» porque es el negocio que le ha hecho multimillonario y resulta un señor agradable, pero cohibido en ese ambiente. Él se encarga diligentemente de llamar al chófer, cuando las señoras, Carmen y su madre, la duquesa de Franco, deciden que hay que irse, aunque la fiesta es cuando comienza a animarse en la zona de la piscina exterior. Es costumbre que Cuqui invite a todo el mundo que forma parte de su vida, sin mirar su condición: «Aún así algunos me han fallado. La baronesa Thyssen estaba invitada y no ha venido y eso que la envié unas flores cuando se ató a los árboles».

«La gente ya no se complica tanto la vida con las fiestas. Todo lo hemos hecho en casa, con mucha ayuda pero yo estoy en todo. Todos los domingos recibo amigos. A las dos celebramos la misa en la capilla de casa, luego tomamos el aperitivo y comemos». Dos meses antes de la fiesta, su doncella Rosi se escribió a mano las invitaciones y dependiendo del destino, unos sobres salieron por correo y otros se entregaron en mano. Luego, Cuqui fue llamando a sus invitados para confirmar su asistencia y al que no podía, pero ella tenía interés, le hacía un poquito de «coacción sentimental» a la que era imposible resistirse. Sólo escuchar el cariño con el que te trata merece cualquier cambio de planes. Insuperable ese momento a la una de la madrugada debajo de unos árboles recién podados –«me han puesto una multa tremenda por sanearlos sin permiso y que no se cayeran encima de la casa»–, en el que cuentan la peripecia para encontrar las plumas de faisán que su hermano había comprado hace 60 años en Londres y que eran imprescindibles para decorar el que habían cocinado para el cumpleaños y nadie recordaba dónde estaban. Finalmente una doncella con móvil conectado a una tía Fierro, que siempre sabe dónde está todo, localiza las plumas en la cómoda de un piso de un familiar y es cuando Cuqui pregunta; «¿pero las habréis limpiado, verdad?». Muy generosa, nada presuntuosa y detallista. El gen Fierro.

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