Acrecentar la esperanza

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Tenemos mente para pensar, manos para trabajar y ojos para darnos cuenta de que aún no terminamos de ver más allá. Sólo la esperanza nos hace ver lo invisible. Nos sostiene en lo que aún no perciben nuestros sentidos, pero que ya puede ser tan sólido como para edificar piedra sobre piedra un templo entero. Pero ¿dónde encontrar ese potencial? ¿Nos lo podemos dar a nosotros mismos, así sin más?

Ciertamente, la esperanza ya está en nosotros en germen. Pero no gracias a nuestros méritos ni por tendencia natural. La recibimos como don de Dios, quien sí ve mucho más allá, y como sembrador providente ha esparcido esa semilla sobrenatural en nosotros. Por eso mientras más crece nuestra unión con Él, también la esperanza germina y da sus frutos. Este es el vínculo tan estrecho entre espiritualidad, esperanza y fuerza para transformar la realidad. A nosotros nos toca responder como tierra que se deja labrar y acoge el don.

Cultivar la esperanza es valorar tu altísima dignidad de imagen, hijo y discípulo del Señor de cielo y tierra. No te la dejes arrebatar por la ansiedad ante lo que pasa y pesa. Que no se erosione tu vida a falta de trascendencia.

La esperanza germina también en el hermano que tienes delante. Pero no simplemente porque lo tengas ahí, sino porque te hagas prójimo suyo al cargar con su necesidad y vendar sus heridas. Cada vez que lo haces con el que más te necesita, con el mismo Cristo lo estás haciendo. Y es Cristo quien te hace crecer hacia la plenitud de ti mismo.

Acrecentar la esperanza es cuidar tu familia, las personas que Dios te da para que los ames día a día y te enseñen a amar. Que sean tu prioridad. Entrégate a ellos y entrega lo mejor de ti por ellos. Y dando, recibirás.

La esperanza da fruto en esa obra que Dios te encomienda realizar hoy para darle gloria. No la dejes a mitad. Vive con pasión tu trabajo, realiza con amor lo que por amor ha sido puesto en tus manos. Con esas manos y ese amor con las que cargas tu cruz de cada día. Ella es el árbol de la vida, a cuya sombra germinas también tú. Por eso, reúne bajo la cruz redentora los aspectos dispersos de tu vida. Lo que has perdido y lo que has de encontrar. Cada talento que tienes es la simiente de esperanza que espera por crecer. Cada herida que aún te escuece, una ventana a la luz que te despierta y eleva tu mirada hacia lo alto.

Y así, día tras día en este empeño, la esperanza dará sus frutos en ti y mucho más allá de ti. Aunque caigas, volverás a levantarte más crecido y fortalecido. Porque ella será la linfa vital de lo que una vez fue sembrado en ti como semilla y que te seguirá haciendo crecer. No dejes de alimentarte de ella.