El hijo amado

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Padre e Hijo
Padre e HijoRenato Mauceri

Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». (Mateo 4, 16-17)

Hay quien se dice creyente porque no niega que Dios exista, pero la auténtica fe va mucho más allá de esta afirmación connatural al ser humano. Lo que deshumaniza es precisamente lo contrario: negar a Dios o vivir con indiferencia ante Él. Además, en sentido estricto, Dios no “existe”. Él Es. “Yo soy el que soy”, fue el nombre que reveló a Moisés desde la zarza que ardía sin consumirse (Éxodo 3, 14). Él es por sí mismo y da el ser a cuanto ex-iste, llenándole de un amor que le hace brillar sin consumirle.

Pero cristianamente, vamos aún más allá. Porque Dios se nos ha revelado en Cristo con las palabras que toda persona necesita escuchar: Tú eres mi hijo amado. En ti me complazco (Lucas 3, 22). Así revela su definitivo nombre: Dios es amor (1ªJuan 4, 8). Cada seguidor de su Hijo queda invitado a adentrarse en esa misma comunión de caridad y libertad que nos hace arder de vida plena, como los Apóstoles, sobre quienes vino el Espíritu Santo como llamaradas de fuego para hacerles testigos de la vida nueva (Hechos 2, 1-13). He aquí el punto decisivo.

Sirve de poco repetir lo que oímos decir a otros sobre Dios, si no le dejamos poner en luz lo mejor de nosotros mismos. La fe es relación, diálogo, riesgo, seguimiento personal. No la repetición de una opinión común. Zarzas que se agostan encontramos en cualquier parte. En cambio, alguien que destella del amor divino nos hace detenernos y preguntarnos sobre lo verdaderamente importante. ¿Has experimentado la paternidad de Dios? ¿Crees en Él sólo porque te lo han dicho o porque lo amas como tu Padre, Salvador y Amigo? ¿Has echado ese parón ante el Misterio que cambia la existencia?

Estos días son propicios para entrar en ti mismo y dejarte encender por la presencia de Dios que habita en ti como su hijo amado. Él no quiere violentarte ni destruirte. Pero si le dejas, podrá fraguarte en el fuego de su perdón y su gracia como metal precioso hasta sacar de ti una joya. Así corresponderás amando con el mismo ardor del Espíritu a cada prójimo que se te presenta. No te costará entregarte al servicio y la escucha. Mucho menos perdonar a quien lo necesite y reconciliarte con quien también lo estés necesitando tú. Es

la espiral del amor que Dios pone en movimiento. Quien le ama procura seguirla hasta el infinito.

Hoy repite confiado:

¡Oh, Dios, sé tú mi Padre!

Hazme experimentar tu amor íntimo y transformador.

Que yo no tema vivir como hijo tuyo.