El precio a pagar

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Rompeolas.
Rompeolas.José Javier Míguez Rego (nombre del dueño)

Está el Salvador en la ciudad santa. Ha sido acogido en ella como el Esperado, aunque ha dejado perplejo a más de uno. Porque no ha entrado avasallando, como se esperaba que lo hiciera un mesías arrollador. Más bien muestra los gestos de la más cercana humanidad. Así van pasando las horas en que calles y casas bullen por el trajín de la pascua, próxima a celebrarse. Hay quienes se preparan con auténtica fe. Otros, con la indiferencia de una costumbre de la cual sacar provecho. Pero para él no es una pascua más. Ha venido para protagonizar la definitiva. Y no solo para un pueblo, sino para todo hombre y mujer que acojan su gratuidad y exigencia. El templo y todo lo anterior están por caducar, pues el definitivo santuario es él mismo, ofrecido a todos por siempre. Lo que su Padre quiere no son ofrendas externas, sino su exceso de amor que muestre en nuestra historia cómo y hasta dónde llega Dios por nosotros.

Por eso el Nazareno no observa desde fuera lo que está por celebrarse, sino que le implica enteramente. Son su cuerpo y su sangre los que serán inmolados. La luna en creciente le indica que llega el momento del máximo amor. Es Dios mismo ese amor que no conoce doblez ni medianías. Y él viene a revelar que esto es también lo más humano del hombre. Libre y decidido, dócil y exigente, compasivo y veraz. “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios” (Lucas 9, 62), sentenció él mismo alguna vez. Ahora ha de mostrar hasta dónde llega esta exigencia. Así nos interpela y revela la verdad. La misericordia trasluce la plenitud de la justicia. La gracia y esfuerzo se corresponden. El sacrificio y gloria quedan unidos por siempre. ¿Estamos dispuestos a vivir así o celebraremos esta la Pascua como algo externo a nuestra propia existencia?

Qué distinta esta determinación de Cristo de nuestras actitudes acomodaticias, de nuestro mínimo esfuerzo y falta de compromiso. Cómo nos dejamos llevar por lo fácil sin pagar el precio que exige la eternidad. Qué lejos quedan del Dios del via crucis el camino blando, la hipocresía de quien todo pretende y poco da de sí mismo. Ese no es Dios y tampoco ha de serlo el hombre. Nos lo muestra el Dios y hombre verdadero, que nació bajo persecución y sufrió el exilio, que descansaba confiado en la barca en medio de la tempestad; el que yendo más allá de su pena sacó andando a su amigo de la tumba. Ahora se prepara para despertar nuestros corazones desde una cruz, donde asumirá el abandono de todos para sacarnos de nuestras propias tumbas.

No bastan solo la buena intención y el sentimiento para celebrar la Pascua de Cristo. Es necesario ir más allá: seguirle hasta el Calvario cargando nuestra cruz cotidiana. Especialmente la que nos ha salido al encuentro en estos días. La autenticidad del amor que nos sostiene y anhelamos se juega en la entrega de nosotros mismos en el presente que nos está tocando vivir. En esta Semana Santa nuestra fe y nuestra esperanza se prueban en lo concreta y comprometida que sea nuestra entrega personal. Un corazón entero llega hasta el final.