Si algo te detiene, no es Dios

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Rosa.
Rosa.José Javier Míguez Rego

En nuestra situación actual nos preguntamos cómo mantener la serenidad mientras nos ocupamos de todo lo que se nos está exigiendo. Afortunadamente, junto a Jesús encontramos el modelo de quien más estrechamente ha participado en su misión de darnos la paz a través de las mayores tribulaciones. Es su propia madre, quien con razón es reconocida como mujer diligente y a la vez reina de la paz.

Admiramos y veneramos a María. Acudimos a ella para pedir gracias materiales o espirituales, para confiarnos como hijos, para pedirle que interceda por nosotros. Sin embargo, es menos común que nos preguntemos cómo María nos enseña a mantener ese equilibrio bendito entre la serenidad interior y la caridad activa. Su “secreto” es que ella piensa a Dios en la fe, hasta el punto de pensar con el pensamiento de Dios, y le ama de tal manera que ama su misma voluntad. Así nos lo revelan sus gestos sencillos y determinados en la infancia de Cristo. Lo comprobamos con estupor en cómo acepta ser “dejada de lado” por él durante su vida pública (Lucas 8, 19ss). Nos impacta en su stabat, ese mantenerse firme al pie de la cruz, acogiendo al discípulo que le es ofrecido como hijo (Juan 19, 27). Nos llena de gozo cuando mantiene unida la comunidad de los creyentes a la espera del Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 1, 14ss).

Para María lo más importante es vivir la caridad, que significa vivir en el tiempo y con su cuerpo lo que Dios vive eternamente en su Espíritu. Por eso puede servir diligentemente, a la vez que mantiene la paz. Su actitud es de serena donación, entrega y servicio; de fortaleza interior y de sentido sobrenatural. Porque ella no solo ha dado algo de sí a Dios: un poco de tiempo, un trabajo o la atención a alguien. Ella se ha dado totalmente a Dios y por eso ha podido dárnoslo a Él. Todas sus virtudes giran en torno a que es la llena-de-gracia, habitada y movida totalmente por la presencia de Dios. He ahí el secreto de su equilibrio entre serenidad y diligencia, paz interior y responsabilidad concreta: su humanidad está llena de divinidad.

Esta armonía entre serenidad y efectividad queda muy bien plasmada en el cántico de júbilo de la Virgen, el Magnificat, “engrandece mi alma al Señor…” (Lucas 1, 46ss). Al meditarlo, nos preguntamos cómo es posible que una criatura haga a Dios más grande de lo que Él ya es. La Virgen puede hacerlo porque le abre espacio allí donde Él nos lo había dejado a nosotros, es decir, en nuestra propia libertad. Cuando ella pliega su voluntad a la de Dios, permite que Él entre allí donde nos dejaba el espacio a nosotros. Así engrandece al Señor y engrandece también a la misma humanidad. Su cántico comienza elevándose en alabanza y desde allí va desgranando tantas situaciones humanas que necesitan de la intervención divina. Habla de ser feliz, de la justicia, del lugar de los humildes, del destino de su propio pueblo y de toda la historia humana. Por eso su gran enseñanza para mantener la paz cuando nos aprieta la exigencia es que hagamos presente a Dios allí donde Él nos está invitando a ejercer nuestra libertad. Es decir, movernos desde el amor de Dios ahí donde solo hubiéramos actuado por nuestra propia cuenta.

En el camino de María hubo mucho de sacrificio, incertidumbre, perplejidad y dolor intenso, que son las situaciones propias de la condición humana. Pero ella ha llenado su humanidad de sobrenaturalidad. Por eso puede enseñar mucho a quien experimenta hoy la dificultad de reconocer a Dios en la propia vida. De esto se trata ser auténticamente marianos: amar al Señor haciéndole espacio en nosotros mismos y así actuar con la gracia de la que Él nos llena.

Preguntémonos si antes de actuar, incluso antes de hacer “cosas para Dios”, nos llenamos de Él en la alabanza para así dirigir la mirada hacia quienes más le necesitan, si esta alabanza nos da una visión confiada y diligente hacia nuestra propia vida y las necesidades de los demás. Encerrarnos en la preocupación no sirve de nada. Al contrario, aísla nuestras almas cuando solo se nos pide que mantengamos distancia física. Elevarnos hacia Dios ensancha el corazón y nos pone al servicio de todos. Así podemos asumir toda dificultad con la paz y prontitud de María.