Creer lo increíble

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Creer lo increíble.
Creer lo increíble.José Javier Míguez Rego

En cierta ocasión, mientras hacía una ruta en el campo con unos amigos, nos entretuvimos con el juego del “oxímoron”, que consiste en formular en una sola palabra o frase dos ideas opuestas para generar un tercer sentido. Hoy recuerdo esto porque ese ejercicio nos llevó a considerar que la fe nos ofrece innumerables posibilidades de creer lo increíble y transformar las contrariedades en oportunidades de creatividad y crecimiento.

El oxímoron es lo mismo que una paradoja. El término proviene de la unión de dos adjetivos griegos: oxys, que significa “punzante, y morós, blando. Por tanto, la palabra oxímoron es en sí misma un oxímoron. La fuerza retórica de este recurso fue bien aprovechada por los poetas y oradores clásicos. Por ejemplo, es famosa la expresión de César Augusto: “Festina lentae” (“apresúrate lentamente”). La gran atracción del oxímoron es hacer que los extremos se toquen sin anularse el uno al otro, sino generando nuevas posibilidades.

Durante nuestra caminata, mis amigos y yo fuimos mencionando varios oxímoros, tales como “claroscuro”, “agridulce”, “frío que quema”, “materia espiritual”, “vía intransitable”, “bondad que mata”, “realidad virtual”, entre otros. En un determinado momento, recordé que también la fe cristiana está llena de contrastes y que muchas de sus formulaciones son verdaderos oxímoros. Entonces les propuse a mis amigos: “Dios uno y trino”, “Jesucristo, Dios y hombre verdadero”. Se quedaron en silencio por un momento, pues no esperaban que nuestro juego nos llevara a la teología. Pero al poco, uno agregó: “María, Virgen y Madre”. Luego otro dijo: “Cruz gloriosa”. Así seguimos avanzando hasta las paradojas de los místicos: “muero porque no muero” (Santa Teresa de Jesús), “música callada”, “soledad sonora” (San Juan de la Cruz). Nos alegramos al comprobar que nuestra fe, tanto en sus formulaciones objetivas como en su experiencia vital, está en capacidad de armonizar los contrarios para conducirnos siempre a nuevas posibilidades. Porque creer no significa evitar lo contrario, sino asumirlo para trascenderlo. Dios es el único que puede armonizar los opuestos sin conflicto ni confusión. Él puede concitar lo antagónico para llevarlo a una comunión en la que cada uno es sí mismo en relación de amor con los demás.

Esta riqueza de la paradoja cristiana la describió Chesterton en muchos de los temas que trató, pero muy especialmente al analizar las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Según el autor inglés, la fe es auténtica cuando llega a “creer lo indemostrable” y cuando “creemos lo increíble”; la caridad es verdadera virtud cuando llega a “perdonar lo imperdonable”; la esperanza es cierta cuando logra “esperar en la desesperación”. Para el cristiano la fe es una aventura que nos dispone para el encuentro de los opuestos, para la armonización de toda contradicción. La “catolicidad” significa justamente “universalidad”, por eso mismo implica una mirada amplia sobre la realidad, capacidad de armonizar y poner en comunión.

Ante la situación tan llena de paradojas que estamos viviendo actualmente hemos de preguntarnos si en vez de temer y alejarnos de los demás como medida preventiva, la caridad nos mueve para acercarnos creativamente a quien nos está necesitando. La fe nos desafía para que en vez de replegarnos ante la amenaza, confiemos y luchemos juntos para superarla. La esperanza nos hace capaces de esperar mucho más allá de la muerte que hoy vemos tan de cerca. Hagamos la experiencia de esta transformación y dejémonos sorprender por la gran paradoja cristiana: “dando se recibe, olvidando se encuentra, perdonando se es perdonado, muriendo se resucita a la vida” (San Francisco de Asís).