Totalmente dentro, totalmente fuera

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio divina desde el evangelio de este domingo de Pentecostés

A un hombre le echan plantón en un bar. Entonces decide tomar algo solo mientras ve pasar a la gente. Por una curiosa percepción, esas figuras dejan de resultarle anónimas y empieza a identificarlas con personas que también pasaron a su lado alguna vez. A muchos también él les ha quedado mal o, aún peor, les ha hecho directamente algún mal. A otros los recuerda como ángeles que oportunamente le ofrecían más de una gracia que –se lamenta– dejó pasar tantas veces. Entonces, como una losa que cae a sus espaldas, contempla su vida como una concatenación de errores y pecados que le han encerrado en una celda existencial cada vez más estrecha y agobiante. Sin embargo, igualmente percibe una pequeña luz que no sabe cómo ni de dónde ha venido, pero que le abrasa desde dentro con un ardor cada vez mayor. Como un soplo que despeja y refresca todo a su paso, descubre que puede ser perdonado y perdonar. Despunta así esa semilla que necesitó más de un duro invierno para germinar. Su mirada se ilumina, sonríe confiadamente y se pone en pie. Hoy puede amar y amará. La gracia puede completar lo que a él le faltó. El perdón y la paz han tocado a su puerta, y por tanto ha de reparar, sanar y amar desde esa reconciliación consigo mismo, con Dios y con los demás. El Espíritu del Resucitado ha irrumpido en él.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan, 20,19-23).

Los discípulos ya “sabían” que Cristo había resucitado. Lo habían visto y habían vuelto a comer con él, pero esto no era suficiente para lo que habrían de vivir en adelante. Ya no serían solo espectadores de un acontecimiento externo. Ahora serán testigos de la Pascua que acontece en sí mismos, haciéndoles pasar de la oscuridad a la luz con ardor de amor; porque su espíritu penetra hasta lo profundo de cada uno y de las relaciones que vivían entre ellos. Y es que el sentido original del nombre de “testigo” es el de “martyr”, es decir, aquel que no teme asumir la muerte para ganar la verdadera vida por un amor mayor que desarma a la muerte en sus propios dominios, que son el miedo y el pecado. Es Cristo viviente quien nos hace capaces de esta conquista, yendo totalmente dentro de nuestros encierros para iluminarnos desde lo más hondo de nosotros mismos. Por eso no duda en mostrarnos esas heridas que no son motivo de vergüenza, sino manifestación de su gloria. Y nos lleva aún más dentro de sí al infundirnos su Espíritu y hacernos partícipes de su intimidad con el Padre. Es decir, nos adentra totalmente en el amor de Dios, que nos revela la verdad de nuestra vida. Ahora nosotros hemos de responder a ese don con apertura y confianza. Así hasta percibir que arde en nosotros el fuego de su presencia que nos levanta de nuestras derrotas y nos impulsa a vivir en el presente con un amor nuevo, capaz de reparar, sanar y reconciliar

En un momento de recogimiento, medito acerca del encerramiento personal al que me conducen mis miedos, las faltas de fe en Dios y de caridad hacia los demás.

Si como el Espíritu nos conduce totalmente dentro de nosotros mismos, también nos empuja totalmente fuera, lanzándonos más allá de nuestra insuficiencia para ir al encuentro de los demás y ofrecerles lo mejor de lo que somos. Su presencia en nosotros es ardor, fortaleza, valentía y entrega, generosidad y confianza; purifica nuestras conciencias con su perdón y nos mantiene en continua conversión, a la vez que en ofrecimiento de lo que Dios nos da. En un contexto como el nuestro, que va a la deriva de las razones débiles y convicciones acomodaticias, este amor fuerte es la respuesta que nos salva de toda medianía y despierta el sentido de la vida verdadera, la que se encuentra a sí misma al abrirse a la verdad y ofrecerse a todos con caridad comprometida. Es esa pequeña chispa que puede encenderse en nuestra conciencia mientras vemos pasar a otros desde un bar, pero que puede hacerse incendio que abrasa nuestras falsedades y nos hace testigos de la caridad y de la verdadera vida. Es la fuerza que ha derribado a un perseguidor de su caballo y le ha convertido en el mayor apóstol; es la toma de conciencia del convaleciente que desde su cama dice: “si este y aquel han hecho tantas cosas por Cristo, ¿por qué yo no?”. Es la gracia que mueve a los miembros de una familia a reconciliarse y darse una nueva oportunidad para reemprender unidos el camino de su vida en común. En definitiva, es el fuego de amor que te impulsa a ser también tú otro apasionado por el evangelio, cueste lo que te cueste. Porque el amor auténtico no es el que te lleva entre algodones, sino el que te enciende entre los leños en cruz para que ofrezcas tu vida por amor, y por eso mismo, la conquistes para siempre.