Tomar y multiplicar

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio divina del evangelio del domingo XVIII del tiempo ordinario (Mateo 13, 44-52).

Jesús, que ha salido del cielo para renovar la tierra, no se detiene en revelar el reino de vida y plenitud que quiere ofrecer a los hombres. Por eso no se desentiende de las necesidades de quienes se disponen a escucharle y seguirle. Él rompe el retiro personal que había querido tomar luego del asesinato del Bautista, seguramente para orar y discernir, y más bien se dispone a atender a tantos que le buscan con empeño, proclamando su palabra, sanando a los enfermos y alimentándoles con su propia vida.

“En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: «Traédmelos.»

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños” (Mateo 14,13-21).

Esta escena tiene como trasfondo la Pascua, primero la judía y también la cristiana. Junto a la Última Cena y el lavatorio de los pies, este pasaje señala la Eucaristía como alimento espiritual y servicio de Dios a los hombres. Ella aparece aquí bajo los gestos de Jesús de tomar los panes, bendecirlos y entregarlos a todos a través de sus apóstoles, pero sobresale ante todo como la irrupción del reino de Dios en medio

de la historia y las necesidades humanas. Porque Jesús ha venido para alimentarnos y servirnos por medio de la gracia, la compasión, la abundancia y la plenitud de la alegría.

¿Tomo conciencia de la presencia del reino de Dios que se quiere manifestar en mi vida?

Jesús pone a prueba a sus apóstoles, que están limitados por una visión meramente humana. Sus cálculos no cuentan con la acción divina que siempre sorprende yendo más allá de nuestras capacidades. Porque el Espíritu de Dios llena la tierra y la fecunda mucho más de lo que podemos prever. Es lo que pasa con la Eucaristía, donde Cristo se vale de un poco de pan y vino para hacerse realmente presente como alimento de eternidad, consuelo y sanación. Desde allí se multiplica en los corazones encendidos de quienes le reciben con adoración para servir a todos con su solidaridad y compromiso concreto. Para ello el Señor se vale de esa pequeña porción nuestra que le ofrecemos y Él convierte en derroche de gracia.

Aquí los apóstoles nos recuerdan a todos los que se ven frustrados al pensar que la vida depende de sí mismos. Ellos todavía necesitaban pasar por las horas dramáticas y luminosas de la Pascua; era preciso que el Espíritu les encendiera los corazones por la resurrección de Cristo y el Pentecostés. También sucede así con nosotros, que aunque decimos saber lo que pasa en la misa y creemos tener una cierta devoción, aún necesitamos que su misterio se nos siga revelando en toda su imprevisibilidad, sacralidad y trascendencia. Porque recordemos que Dios siempre amplía su horizonte de revelación, y cuando creemos “entenderlo” ya nos está llamando a ir mucho más allá. Pensemos en el estupor y el júbilo de los destinatarios de este milagro. ¿Lo habrán recibido así sin más, como a veces nos acercamos nosotros a recibir la Eucaristía o se habrán ensanchado sus corazones en adoración y gratitud?

¿Mi vida se mueve únicamente en torno a mi visión limitada o vivo en disposición de adorar a Dios?

Los doce canastos llenos que se recogen revelan la sobreabundancia de la gracia. El reino de Dios se da a manos llenas, para que rebose y se siga multiplicando. Es significativo que se recogieran tantos canastos como apóstoles ha llamado el Señor. Ahora serán ellos los que continuarán su acción de tomar lo que Cristo pone en sus manos y multiplicarlo por toda la tierra. “Dadles vosotros de comer”, fue su mandato. Cada uno de sus enviados sigue acrecentando lo que el Maestro confió a su compromiso y servicio humilde. Esa multiplicación llega hasta nosotros hoy, cuando el

Señor pone en tus manos el tesoro de la vida para que continúes fructificándolo. Por las medidas actuales, efectivamente, se nos está pidiendo excepcionalmente que le recibamos en nuestras manos, pero eso no puede hacernos perder de vista la sacralidad de lo que se nos ofrece. ¿Cuál será tu actitud y tu testimonio ante el mayor de los milagros?