Don y tarea

Textos de oración ofrecidos por el sacerdote – vicario parroquial de la parroquia de La Asunción de Torrelodones, Madrid

Lectio Divina del evangelio de este domingo XXVII del tiempo ordinario

En días recientes fui testigo de la conversación de una adolescente con su madre que expresa la misma realidad que Cristo bien describe en el evangelio de hoy: “mamá, yo voy cada día al cole, tengo mis amigas y mi propia vida, ¿para qué necesito a Dios?”. Lo que más inquieta de esta pregunta es lo mismo que nos estremece de la parábola de los viñadores asesinos: vivir por y para Dios o pretender vivir como si no existiera hasta el punto de ignorar o ir en contra de cualquier presencia suya. De ahí la perenne actualidad de nuestro evangelio:

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos»”.

La imagen del pueblo de Dios como su viña es uno de los símbolos más sugerentes del Antiguo Testamento. En la Biblia el vino, fruto de la viña bien cuidada, hace referencia a la celebración y a la Alianza, como también al amor, que es dulce y embriagador. Sin embargo, en la primera lectura de hoy se nos presenta lo contrario: los agrazones que produjo la tierra bendecida. “La viña del Señor del universo es la casa de Israel y los hombres de Judá su plantel preferido. Esperaba de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos” (Isaías 5, 7). Esta temática es retomada por Cristo en el evangelio. Allí no sólo responsabiliza a los encargados de cuidar la viña por el mal fruto que está produciendo, sino también de un pecado mayor: no atender las voces que el señor de la viña va enviando para advertir a los siervos de sus desviaciones, hasta el punto de matar a su propio hijo. Aquí Cristo está personificando a los profetas y a sí mismo, el Hijo de Dios que será ajusticiado por ofrecer al pueblo la palabra divina. Pero esta advertencia también llega hasta nosotros, a quienes se presenta hoy la gran elección: ¿vivo para Dios o pretendo vivir de espaldas a quien es infinitamente más que yo?

La pregunta de aquella adolescente a su madre expresa esta misma elección que toda persona debe realizar. Se puede pasar por este mundo dejando de lado a Dios, con la pretensión de que todo depende de nosotros y que somos dueños de lo que manejan nuestras mentes y fuerzas. A esta actitud nos empuja un mundo que se afana por desterrar a Dios, negándole o simplemente siendo indiferente a Él. Por eso esta parábola nos revela ante todo un elemento fundamental acerca de quién es Dios y qué espera de nosotros: como Creador, Redentor y Santificador, Dios es sujeto de derecho. Él no es una esencia abstracta a la que podemos prestar o no atención. Es el Ser/amor personal que, como tal, espera una respuesta justa por parte de quienes ama, y esta es, ante todo, la adoración y la obediencia. Por ellas nos hacemos auténticas personas, partícipes de la más alta justicia, que es el amor que da, enaltece al otro y de cuya vida toma parte como auténtica imagen y semejanza.

El punto que marca la diferencia entre una vida con o sin Dios está en dejarnos interpelar por Aquel que da sentido a cuanto somos y hacemos, más allá de lo inmediato y superficial, y por eso mismo portador de una razón mayor: el amor. Este es el gran reto que llega hasta nosotros hoy: descubrirnos inmersos en ese amor que da el sentido a todo, y por ello llamados a responderle en consecuencia o cerrarnos en un falso amor a nosotros mismos que nos aísla y despersonaliza. Entre una y otra opción se encuentra la consecuente revelación de este evangelio: quiénes somos los seres humanos. Somos quienes pueden acoger el don que nos ha sido dato como gracia y tarea para ofrecer el fruto esperado o quienes pueden cerrarse a la fuente y destino de ese mismo don. En definitiva, creer en Dios y vivir para Él es asumir la responsabilidad de esta vida en pos de un horizonte y un sentido mayor. La indiferencia ante Él, en cambio, desvirtúa lo que somos hasta dejarnos entre los frutos amargos de nuestro alejamiento y autodestrucción. Queda de nuestra parte hoy dar la respuesta decisiva para ser quienes somos: los que reciben, hacen crecer y ofrecen el amor como don y compromiso que lleva a plenitud lo que ha sido puesto en nuestras manos.