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El español que sueña con llevar al Vaticano a las Olimpiadas

Primera carrera del equipo oficial del Papa La asociación deportiva, conformada por sacerdotes y guardias suizos, quiere demostrar que el deporte puede ser también un instrumento de solidaridad.

  • El español que sueña con llevar al Vaticano a las Olimpiadas
Roma.

Tiempo de lectura 8 min.

20 de enero de 2019. 23:33h

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Isnamel Monzón.  Roma. 20/1/2019

Son las ocho y media de la mañana de ayer. Hace una jornada de perros, cae una lluvia fina y un frío que cala con el agua. El día está para quedarse en la cama o, a lo sumo, bajarse al bar a tomar un capuchino con un «cornetto», el clásico desayuno italiano. Pero esta dieta no está hecha para Don Melchor, como lo conocen todos, y su cuadrilla. Delante está la pista de atletismo del Foro Itálico, ese complejo megalómano levantado por Benito Musollini para acoger a los héroes del deporte patrio. Las hercúleas estatuas de mármol que coronan el graderío contendrán un desmedido ramalazo fascista, pero no se les puede negar un efecto inspirador.

De repente, entran ganas de olvidarse del mal tiempo y echar a correr. Pero ahí está Monseñor Melchor Sánchez de Toca para agrupar a los suyos, presidir el rezo del maratoniano y conseguir que marchen en paz. Pocos minutos más tarde, dará comienzo la llamada Carrera de Miguel, una competición benéfica que se disputa por la zona norte de Roma, en la que ha debutado la Athletica Vaticana, el equipo oficial de atletismo de la Santa Sede. Suena reggeaton por la megafonía y la monja Marie-Théo y Don Melchor saltan al compás. Con el pistoletazo de salida, emprenden no solo el trote, sino un camino espiritual.

Junto a estos dos atletas, hay otros seis miembros del club que no han querido perderse la cita. «Todo comenzó de la pasión de un grupo de personas que nos encontrábamos corriendo por la ribera del Tíber y que poco a poco nos fuimos haciendo amigos», cuenta el cura español, en una conversación en su despacho mantenida esta semana. «¿Tú no eres el de la farmacia? y ¿tú un guardia suizo?», se fueron diciendo. Todos, empleados del Vaticano. De modo que pensaron que sería bonito crear una agrupación que compitiera con el color amarillo, las llaves y la tiara papal, que simbolizan la Santa Sede.

Es cierto que ya había un equipo de cricket y otro de fútbol al servicio del Papa, pero ninguno de ellos gozaba de entidad jurídica. Así que el español, pensando a lo grande, pidió permiso a la Secretaría de Estado del Vaticano para utilizar esta marca. Consiguieron sponsors y hace pocos días presentaron un acuerdo con el Comité Olímpico Italiano, gracias al que podrían competir oficialmente en este país. Subsecretario del Consejo Pontificio de la Cultura –órgano del que depende el club–, sacerdote, miembro fundador y alma máter del equipo, Melchor Sánchez de Toca no podía ser menos que presidente de la Athletica Vaticana. Por aclamación.

Todavía con una buena condición física, a sus 52 años, lleva cultivando esa tradición deportiva desde el seminario, mientras estudiaba Teología en Toledo. Jugaba al fútbol, baloncesto y frontón, aunque «lo más bonito era lo que llamábamos la vuelta al valle, que era salir por el Puente de Alcántara, recorrer la panorámica de la ciudad bordeando el Tajo y cruzar el Puente de San Martín hasta regresar al seminario». Ni siquiera su llegada al Vaticano frenó esta adicción por mantenerse en forma.

Porque todo corredor sabrá que el secreto del éxito radica en la constancia. Y de ahí que Don Melchor, reacio a perderse una sesión de entrenamiento, un día calculara mal el tiempo y se presentara a un ejercicio espiritual en chándal. «Llegué sudado, aunque había la confianza suficiente con esta persona como para que supiera que estaba hablando con su confesor de siempre. Fue un error mío, porque antes que atleta o aficionado al atletismo, soy sacerdote», explica.

No es el único religioso del equipo. Entre los cerca de 60 miembros, hay cuatro curas y una monja, la francesa sor Marie-Théo, de 47 años. En rigor, para pertenecer al club hay que ser trabajador o estar ligado de algún modo al Vaticano. De forma que el plantel lo componen guardias suizos, archivistas, bomberos, farmacéuticos o bibliotecarios de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, como ocurre con la hermana francesa, que ejerce en un convento de los dominicos, hay quienes entran a formar parte como miembros de honor, como también ocurre con dos refugiados subsaharianos. También una niña de 11 años, que va en silla de ruedas, es parte habitual de las carreras, empujada por otro de los atletas.

La camiseta amarilla ha despertado ya tanto entusiasmo, no solo a nivel mediático, que desde el anuncio de su formación no han parado de llegar las solicitudes de adhesión a la oficina de Don Melchor. La Athletica Vaticana es como una especie de recién ascendido luchando con los más grandes, que provoca una buena acogida incluso por parte de sus competidores. «Sin embargo, cuando decimos que nos entrena Vittorio Di Saverio, que es uno de los entrenadores más prestigiosos de Italia, a la gente le empieza a cambiar la cara», confiesa el presidente del club. También cuentan con un médico y un nutricionista de alto nivel. Los chiquillos del Vaticano son simpáticos, pero cuidado con ellos.

El mismo presidente del Comité Olímpico Italiano, Giovanni Malagò, ya bromeaba durante la presentación del equipo al advertirles de que no fueran a robarles medallas en futuras competiciones internacionales. Según Sánchez de Toca, «la intención no es estar a la altura de los países más potentes, pero no se puede descartar nada». Para poder llegar a unas Olimpiadas, el Vaticano tendría que crear un comité olímpico independiente, conseguir las marcas mínimas, afrontar un alto desembolso para enviar una comitiva y entrar en la batalla con otras naciones. «Es algo casi imposible, pero sería tan bonito desfilar en una ceremonia de inauguración y estar en la villa olímpica... sería un sueño», fantasea Don Melchor. Él ya ha estado presente en otros Juegos, representando al Vaticano como Estado observador. Y ha quedado claro que es un hombre tenaz.

Lo habíamos dejado en la salida de su primera competición a nivel oficial. Y cuando pasan 49 minutos, ya asoma por la recta del Estadio Olímpico de Roma, donde 10 kilómetros después termina la carrera. Tampoco es un mal lugar para un estreno. Antes de cruzar la meta, levanta los brazos en señal de victoria. No es que haya estado cerca de los primeros, pero no era ese el objetivo. «Ésta es solo la llegada de un recorrido muy largo y el inicio de otro que esperamos que sea también muy largo», dice, como buena estrella del deporte, nada más terminar la carrera.

A sor Marie-Théo, que la habíamos dejado junto a él, la vemos aparecer pocos segundos más tarde. Asegura que durante la carrera tuvo un momento de flaqueza, «pero esta es una señal de espiritualidad y si sirve para mandar un mensaje de paz, ha valido la pena». Ya entrados en calor, con el chándal del equipo, el presidente de la Athletica Vaticana reconoce que el deporte vive una espectacularización excesiva, «aunque todavía sigue siendo fuente de pequeñas historias fantásticas». Como la del cura, el guardia suizo y el grupo de trabajadores que trabajaban al servicio del Papa y que formaron un club de atletismo con el que soñaron llegar muy lejos.

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