Doctor Google

La irrupción de Internet para los hipocondríacos ha significado lo mismo que echar toneladas de leña a un fuego. Es la herramienta ideal para que los enfermos imaginarios ahonden en la búsqueda de síntomas y se sientan aún peor

No es nada nuevo. Se trata de una estampa que se repite desde hace varios años, pero lo cierto es que no deja de crecer. El médico recibe en la consulta a un paciente que, en lugar de buscar un diagnóstico, prácticamente lo decreta. O hace las preguntas que necesita para confirmar... lo que ha leído en Internet. Son legión los doctores que aseguran sentirse anonadados por la avalancha de pacientes que llegan con los síntomas y consiguientes remedios aprendidos en Google. Vamos, que podían haberse saltado los siete años de Facultad porque está todo ahí, en Internet.

Más allá de la anécdota en la que todos podemos reconocernos de una u otra manera, la hipocondría digital es un trastorno reconocido por la psicología. El término exacto es cibercondría y alude a una preocupación excesiva por el estado de salud que resulta patológica y lleva al enfermo a buscar de manera compulsiva en Internet un diagnóstico que responda a los síntomas que padece o que cree padecer. La afección puede llegar a ser incapacitante e interferir en la vida normal del paciente. Según el «II Estudio de Salud y Estilo de Vida» elaborado por Aegon y que se acaba de dar a conocer esta semana, el 70 por ciento de los españoles busca síntomas por Google, pero lo cierto es que solo un tercio da credibilidad a lo que lee. Porque esa es otra. Igual que existen las «fake news» políticas, el mundo cibernético está plagado de bulos que pueden volver locos a estos hipocondríacos 2.0.

Una vez más, se ha de echar mano del sentido común para no perder la cabeza y contrastar, en la medida de lo posible con el médico, la información que leemos por ahí. En realidad, lo mejor sería acudir directamente a la consulta en lugar de autodiagnosticarnos y automedicarnos. Y si la cosa se pone muy cuesta arriba, siempre se puede acudir a otro especialista, el psicólogo, o reírnos de nosotros mismos, otra gran fuente de salud. Circula un chiste por Internet para cibercondríacos: «Esta mañana me he despertado tranquila, sosegada, y he googleado mis síntomas: ahora estoy convencida de estar muerta».