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Una residencia-búnker para frenar al bicho: así luchan confinados cuidadores y abuelos

Duermen en la peluquería, desinfectan las cartas y descargan la comida. ¿El objetivo? Minimizar al máximo el riesgo de contagio por coronavirus

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Cada vez que Begoña mira a Leonor, algo en su estómago comienza a agitarse. Sus unos nervios tontos. Casi infantiles. Los nota desde que llegó, hace más de una década, a la Residencia de Nuestra Señora de Gracia, en Tudela. Pero, en los últimos días, se han acentuado un poco más. Quizá, porque su mirada ahora está desnuda frente a esta mujer de 94 años y porque cualquier gesto, por pequeñito que sea, levanta montañas. A diario, le coge las manos con fuerza. Por ellas han pasado multitud historias y esfuerzos. Y, aunque muchos ya no los recuerde, la tranquilidad y la generosidad que le transmite su cuidadora siempre le sacan una sonrisa. Llevan casi tres semanas de confinamiento juntas, sin separarse. Así, mientras una cuida y escucha, la otra enseña y presume. Y, claro, los lazos se vuelven muy estrechos. “La tarde que recordó el nombre de sus siete hermanos fue emocionante. Me contó cómo era su pueblo, los juegos que compartían, las noches en familia…”, explica Begoña, directora del centro. Hasta ese momento, jamás lo había logrado. Por lo que este pequeño trastazo a la enfermedad de Leonor supuso una gran victoria para todos.

En parte, lo consiguieron gracias al COVID-19. Sí, tal cual. El virus que ya deja más 208.389 infectados obligó a una terapeuta, dos enfermeras, 18 auxiliares y la directora a encerrarse con sus 85 abuelos para evitar riesgos y posibles contagios. De hecho, tal es el escudo que han armado que entre sus paredes, por el momento, no hay ninguno. “Cuando me propusieron la idea, me eché a llorar como una magdalena”, comenta Mariví, una de las veteranas del equipo. “No sabía qué hacer, pero mi familia me dijo que en estos momentos es cuando mi trabajo merece más la pena”. De esta forma, el 24 de marzo, se plantó entre nervios en la puerta de la residencia. Eran las siete y media de la mañana y, aunque revolotea alguna que otra duda, sacó el tesón de quien está dispuesto a ganar una batalla. “Sabíamos que se acercaban semanas muy duras, por lo que no quisimos esperar ni un segundo más. Nuestras medidas estaban funcionando, pero cualquiera podía meter el bicho”. Desde entonces, nadie entra ni sale. El resto de la plantilla aguarda en casa hasta que llegue el momento del relevo.

La cuidadoras han adoptado todas las funciones: desde cocina hasta peluquería, pasando por limpieza o vigilancia
La cuidadoras han adoptado todas las funciones: desde cocina hasta peluquería, pasando por limpieza o vigilanciaLa Razón

Durante las 24 horas del día, las 22 voluntarias junto a ocho monjas de la Caridad asumen como un escuadrón todas las funciones necesarias: desde cocina hasta peluquería, pasando por limpieza o vigilancia. Jennifer, por ejemplo, es la terapeuta, pero no por ello ha dejado de realizar otras tareas. “Ahora que me encargo de levantarles, vestirles y bañarles me estoy dando cuenta de lo gratificante que es este trabajo”, dice emocionada. Cada noche, cuando les acompaña a la cama, les manda besos a lo lejos. Y eso le llena las entrañas. Tanto que hasta la distancia que le separa de su hijo de cuatro años deja de escocer demasiado. “Hemos abandonado nuestros hogares para cuidar a nuestra segunda familia. Pensar que el coronavirus puede entrar y causar alguna baja, nos asusta muchísimo”. En efecto, los datos encogen a cualquiera: según el vicepresidente regional y portavoz del Gobierno, Ignacio Aguado, en el último mes se han producido más de 4.000 muertes en residencias de Madrid. Esta cifra multiplica por cuatro el número de fallecimientos en estos centros durante un mes normal.

“Intentamos mantenerles alejados de esos números para que no sufran”, subraya Begoña
“Intentamos mantenerles alejados de esos números para que no sufran”, subraya BegoñaArchivoArchivo

“Intentamos mantenerles alejados de esos números para que no sufran”, subraya Begoña. “Cuando preguntan por qué ya no vienen sus familiares, les contamos el motivo quitándole hierro al asunto. No queremos que vivan con miedo”. Algunos de ellos, incluso, han tomado la iniciativa y echan una mano en todo lo que pueden. Pero, sin duda, los mejores momentos son aquellos en los que comparten el tiempo sin mayor aspiración que vivir. Ya no les dan de comer. Ahora, almuerzan juntos. Ya no les explican los juegos. Ahora, se entretienen juntos. Ya no les enseñan técnicas de memoria. Ahora, aprenden juntos. “Hay un vínculo de confianza indestructible. Les tienes que demostrar que realmente te importan”, continúa la directora. ¿Cómo? No poniendo ninguna distancia entre ellos. “Si bien seguimos unas rutinas, también lo que es que improvisamos mucho. Nos ven más integradas y nos notan más tranquilas. Todo fluye de una manera muy natural”. De hecho, algunos están tan a gusto que no quieren que se vayan tras acabar la cuarentena: los pasillos y las salas no habían estado tan alegres como durante el encierro.

Controlan todo lo que entra y sale de la residencia apara evitar riesgos innecesarios
Controlan todo lo que entra y sale de la residencia apara evitar riesgos innecesariosLa Razón

Las cartas, al radiador

Que el edificio se sitúe en pleno centro del pueblo no ha supuesto ningún problema para su seguridad. Aquí todo está cerrado a cal y canto. Y, cuando por alguna necesidad, tiene que acceder un técnico, un fontanero o un electricista, el procedimiento está muy claro: se le fumiga de arriba a abajo, se le protege con un EPI personalizado y se desinfectan las estancias que ha pisado. “Al principio fue duro controlarlos todo, pero ahora estamos más que habituadas. Sabemos qué y cómo hacer cada cosa”, insiste Mariví. Por ejemplo, respecto a la comida son ellas las que se encargan de transportarla desde camión del provedor hasta la cocina y, una vez allí, de limpiar una a una cada pieza de fruta o verdura. Y así con todos los objetos que procedan de exterior. Hasta los más personales. Como las cartas. Estas no se tocan hasta que se han limpiado en profundidad y se han puesto a secar en el radiador. Si no, no hay tutía. “Nos hemos vuelto muy fuertes. Lo que en principio parecía que iba a ser muy complicado, al final nos ha convertido en una gran familia. Si cae uno, caemos todos. Por eso, no lo permitimos nunca”.

De forma improvisada, la peluquería se ha convertido el dormitorio de Jennifer, la terapeuta
De forma improvisada, la peluquería se ha convertido el dormitorio de Jennifer, la terapeutaArchivoArchivo

Algunas noches, cuando el cansancio ya está en su máximo nivel y la tensión baja hasta los pies, se reúnen en la peluquería para desahogarse. Este es el lugar favorito de mucho de los residentes y también, de forma improvisada, el dormitorio de Jennifer. Aquí tiene su colchón y sus pertenencias. “Nos hemos distribuido como hemos podido”, ríe con una energía desbordante. “Estamos haciendo una labor impresionante, pero en ningún momento nos consideramos más valientes que nadie. Los héroes son aquellas personas que están luchando en los hospitales”. A ellos les dedican, cada tarde, sus mayores aplausos. Pero no cinco o diez minutos, ellas se preparan desde bien antes. “Ponemos música para que los abuelos se animen y, cuando llegan las ocho, salimos con algunos de ellos al balcón”. El resultado eriza la piel de cualquiera: todos los edificios de la Plaza de la Constitución participan en ese abrazo colectivo dirigido a los sanitarios. Aunque aquí, en parte, también va a dirigido a ellas. Por mucho se empeñen en decir lo contrario. “Intentamos que cualquier momento se convierta en una fiesta”. Gracias a Begoña, Mariví, Jennifer y las demás, cada día es una victoria.

Cada día, las cuidadoras y las abuelas se sienten más tranquilos. Todo fluye de manera más natural
Cada día, las cuidadoras y las abuelas se sienten más tranquilos. Todo fluye de manera más naturalArchivoArchivo