Regina Múzquiz: el verano que nunca llegó

El sector sanitario llora la muerte de una mujer fundamental en el sistema sanitario español de los últimos 25 años

Regina Múzquiz, en una imagen de archivo
Regina Múzquiz, en una imagen de archivoCristina Bejarano

En medio del horror en el que está sumida España por culpa de la pandemia de coronavirus y el desgobierno una triste noticia ha venido a clavarse como un cuchillo sobre el malherido sector sanitario: el fallecimiento de Regina Múzquiz.

A Regina la conocí allá por 1996, en la época en la que José Manuel Romay era ministro de Sanidad y Consumo en el primer Ejecutivo popular después de años y más años de mandato socialista con Felipe González al frente. Ocupaba entonces, creo recordar, con rango de subdirectora general, el cargo de secretaria de un Consejo Interterritorial histórico, en cuyos plenos participaban consejeros de un peso enorme: desde Iñaki Azkuna a José Luis García de Arboleya pasando por Guillermo Fernández Vara o Eduard Rius. A todos les pastoreó con altas dosis de sonrisas, esfuerzos y conocimientos. Regina era inspectora farmacéutica y tenía la experiencia gestora suficiente como para saber tratar a los políticos sin olvidarse de los pacientes ni de los sanitarios, con los que convivió en el Complejo Hospitalario San Millán-San Pedro de La Rioja. Paradójicamente, su gran oportunidad en el Ministerio le llegó más tarde, allá por el año 2000, de la mano de la mujer que probablemente más le hizo sufrir con sus ocurrencias, Celia Villalobos, una ministra vilipendiada en su época y que, en cambio, debería ser elevada a los altares si se la compara con el nefasto Salvador Illa que por desgracia capitanea hoy el Ministerio.

Regina ocupó el puesto de directora general de Relaciones Institucionales y Alta Inspección entre 2000 y 2002 y allí toreó, junto con Rubén Moreno y José Luis Bonet, el Mihura de las transferencias que quedaban pendientes del Insalud a las comunidades autónomas. Eran noches de cenar rápidas y humo de cigarros en los despachos de la calle Alcalá 56, en las que se decidía el futuro sanitario que tendrían Madrid, Castilla y León o Murcia, por poner ejemplos. Los mismos despachos, por cierto, en donde hoy se fraguan las fallidas compras de material por parte del Gobierno. Regina mediaba en las disputas entre consejeros que entonces lo eran a medias, como José Ignacio Echániz en Madrid, y la ministra, que era de armas tomar. El apoyo del gran Julio Sánchez Fierro, a la sazón subsecretario, y de otro grande, Federico Plaza, entonces director general de Farmacia, fue fundamental para que Regina resistiera una etapa profesional muy dura, pero tremendamente enriquecedora. Una vez concluida, decidió abandonar la Administración y pasar al sector privado. Allí aprendió de todo también: desde las jornadas maratonianas hasta la excelencia de muchos compañeros, pasando por las insidias de algún jefe mezquino al que el tiempo terminará tarde o temprano pasándole factura.

El último cargo que ocupaba era el de directora general de Biosim, la patronal de Medicamentos Biosimilares. Ángel Luis Rodríguez de la Cuerda, siempre inteligente, tuvo buen ojo para respaldar su nombramiento y promocionarla. Regina creó de la nada un ente que cuenta con enorme peso en el sector y se ha convertido en un bastión para el impulso de decenas de empresas, apoyándose para ello en otro grande: Santiago Cervera. A Regina le gustaba recrear su pasado cada vez que comíamos. Contaba anécdotas divertidas del Ministerio, exponía su deseo de evadirse a su casa de Sajazarra, en La Rioja, y hablaba de libros, como lectora voraz que era. Recuerdo que en nuestro último almuerzo le recomendé varios: "Juegos de la edad tardía”, de Landero; “el Motel del Voyeaur”, de Gay Talese; y dos de Murakami: "La Caza del Carnero Salvaje” y “Tokio Blues”. Doy fe de que se leyó de cabo a rabo el primero y el último. Ella me propuso “Lincoln en el Bardo”, de Saunders, y “El año del verano que nunca llegó”. Desgraciadamente, Regina no ha llegado a ese verano del que escribe William Ospina ni a la edad tardía de la que habla Landero. Se nos ha ido, pero todos la recordaremos siempre como lo que fue: una mujer excepcional, un ejemplo de honesta trabajadora pública y privada, y una soberbia persona. Descansa en paz y gracias eternas por la amistad con la que nos obsequiaste.