¿Héroes o ángeles?

Aplausos de sanitarios de la Paz
Aplausos de sanitarios de la Paz©Gonzalo Pérez MataLa Razón.

Lo pregunto a cuento de ese personal sanitario que el martes pasado fue objeto de un homenaje nacional más que merecido a causa no sólo de su abnegación, sino también de su profesionalidad.

Con ésta aludo, por supuesto, a su eficacia en el trato dispensado a los cientos de miles de españoles que requerían su ayuda, pero también a algo extremadamente importante, a mi juicio, y que no siempre se resalta como merece: el sentido del deber.

Recuerdo al respecto lo sucedido en lo concerniente a los bomberos nipones que se jugaron la vida, y algunos, de hecho, la perdieron, en el terremoto de Fukushima y en el reventón de su central nuclear. Eso fue en 2011. Yo andaba entonces por allí y allí seguía cuando seis meses después de la catástrofe el jurado del premio Príncipe de Asturias de la Concordia decidió conceder el galardón de ese año a quienes consideraban, literalmente, Héroes de Fukushima. Así los llamaron en el acta de proclamación.

La reacción de los premiados, que yo mismo tuve ocasión de constatar, asombró a la opinión pública española, aunque no a la de los japoneses, cuyo sistema y jerarquía de valores es muy distinto al de los países occidentales. Los bomberos en cuestión no ocultaron su sorpresa y, lejos de considerarse héroes, adujeron que se habían limitado a cumplir con su deber y que no se juzgaban acreedores al premio que se les otorgaba.

A punto estuvieron, incluso, de negarse a aceptarlo. Al final cedieron, más por razones diplomáticas que por otras de índole personal, y se personaron en la ceremonia de entrega un sí es no es avergonzados.

Pensaba yo en todo esto cuando los amigos de LA RAZÓN me sugirieron que dedicara esta columna al homenaje recibido, en medio del consenso general, por nuestro personal sanitario. Y pensaba también en la impresión que me produjo, y que evoqué en mi libro «Kokoro. A vida o muerte», la visión de las enfermeras de la Unidad de Cuidados Intensivos del Ruber cuando tras someterme a muchas horas de instalación de bypasses en mis coronarias me desperté de la anestesia, las vi moviéndose al fondo de aquella planta con sus ropajes de color de ángel y pensé, en efecto, que ángeles custodios eran y que me encontraba en el paraíso. Sigo pensándolo. Me sumo, pues, al homenaje del martes no sólo con gratitud y admiración, sino con la emoción, la veneración, la devoción y la unción que nuestro personal sanitario me inspira. Su sentido del deber nos lo conserve.