El tabú de la infertilidad

Miles de parejas en nuestro país luchan contra la imposibilidad de tener hijos. Una angustia que se suma al tabú social que implica no poder hablar de ello abiertamente. En eso no parece que hayamos avanzado nada

T. Nieto

El paisaje infantil de nuestras ciudades se ha transformado sustancialmente en los últimos años. Parejas de bebés mellizos y gemelos, incluso trillizos, se ven por doquier en un aumento muy significativo que habla a gritos de la reproducción asistida. Sin embargo, y contra lo que salta a simple vista, en lugar de normalizar este hecho, la infertilidad es, cada año que pasa, un tema más tabú. Así lo afirma un estudio realizado por el Institut Marquès, que recoge que hasta un 52 por ciento de las personas con este problema asegura que no puede hablar de ello abiertamente, una percepción que hace cinco años era de un 35%. Una involución que llama poderosamente la atención porque parece que cuanto mejores métodos de reproducción asistida logramos, más nos avergüenza hablar de ello. Y no se trata solo de un tema de España, ya que el citado estudio se realizó en diez países europeos diferentes con la participación de más de 1.700 personas. Desde el punto de vista europeo, la percepción de rechazo social ha crecido un 11% y nuestro país ha pasado de ser el país más abierto en 2014 a caer al tercer puesto en tolerancia.

¿Cuál es la explicación de que un problema tan extendido y con tantas probabilidades de éxito sea tan estigmatizado socialmente? Según la doctora Marisa López-Teijón, directora del Institut Marquès, «la esterilidad sigue siendo tabú porque todavía se asocia la fertilidad masculina a la virilidad, porque la maternidad se sigue considerando prioritaria como parte del rol social de la mujer». A fin de cuentas, un problema estrictamente médico se acaba convirtiendo en un motivo de vergüenza, algo que habla rematadamente mal de nuestras sociedades que creemos tan desarrolladas y abiertas.

El hecho de que existan unas altas tasas de infertilidad entronca directamente con un hecho político, tal y como sugieren muchas autoras feministas, porque la espera hasta una edad considerada avanzada para la reproducción tiene mucho que ver con la precarización del mercado laboral y la dificultad del acceso a la vivienda, entre otros factores.