Sociedad

¿Diabetes?

FOTO: Servicio Ilustrado (Automático) MARYLIN REYES

Hoy se celebra la Jornada Internacional de la Diabetes, ese fantasma patogénico que recorre el mundo y se cierne sobre los análisis de sangre de quienes lo habitan. Las cifras son de vértigo y más aún lo serán, al parecer, en el futuro que nos acecha a la vuelta de la esquina. Cabe incluso imaginar una novela de ciencia-ficción que transcurra en un planeta por cuya superficie den tumbos miles de millones de personas de barriga prominente, ojos turulatos y tobillos gangrenosos. La diabetes de tipo dos, que no sólo es la más extendida, sino que sus índices crecen año tras año a una velocidad que no es precisamente de crucero.

Sus causas no son, como en el caso de la diabetes de tipo uno, genéticas y por ello prácticamente congénitas, o casi, sino vinculadas a un estilo de vida envenenado por el sedentarismo, la obesidad y el alto consumo de azúcares directos o de otras sustancias de elevado índice glucémico.

Esa triple amenaza no es asunto baladí. Las personas con diabetes de tipo dos viven en una permanente yincana sanitaria cuyos mojones, trampantojos, triquiñuelas, barrizales, zanjas y fosas son los ataques al corazón, los accidentes cerebrovasculares, la insuficiencia renal, la ceguera, la amputación de las extremidades inferiores (un dedo del pie, el pie entero o incluso una pierna)... Casi nada.

¿Cabe hurtar el cuerpo, su anatomía y su fisiología a esa espada de Damocles?

Famacológicamente no es fácil. Hay medicamentos, como la metmorfina, y complementos de herbolario, como la berberina, que ayudan, pero el primero acarrea colitis y otras molestias intestinales de enojoso encaje en la vida cotidiana, y los efectos del segundo, que yo, por consejo médico, incorporé hace tiempo a mi elixir de antiaging, son aún materia bajo estudio.

En cuanto a lo demás... ¡Levanten el trasero del sofá y del sillón de la oficina, hombres de Dios, no añadan azúcar al café, prescindan de los dulces, controlen la ingesta de arroz, de patatas y de harina, y, sobre todo, compren los alimentos con los que se nutren en las plazas de abastos y eviten los productos envasados, los procesados y el fast food.

Sencillo, ¿no? Pues no... Casi nadie lo hace. Allá ellos.