No hay cuarentena para el periodismo

Los medios de comunicación desempeñan, como nunca antes, su rol de servicio público durante la crisis del coronavirus

Nuestra Constitución reconoce en su artículo 20 el derecho “a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión”. El derecho a la información, que también consagra el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), hace más necesarios que nunca a los medios de comunicación. La emergencia sanitaria, el estado de alarma y la actividad bajo mínimos del Parlamento aconsejan que el periodismo asuma el liderazgo de la intermediación informativa. En el nuevo entorno digital los reporteros no monopolizan como antes la transmisión de hechos y opiniones. Solo puede garantizar su papel irrenunciable e insustituible de servicio público la calidad y profesionalidad de sus actuaciones. Estas últimas deberían pasar por:

1. La producción de información contrastada y análisis e interpretaciones rigurosas que sirvan tanto para la comprensión del momento, como para la cooperación en la resolución de la crisis. La lucha contra las fake news y el alarmismo tienen, en este aspecto, semejante valor que el de las llamadas a la responsabilidad, sin escamotear la gravedad del problema ni la exigencia de medidas a las autoridades políticas competentes.

2. Utilizar correctamente los nuevos instrumentos digitales para ofrecer la mejor cobertura de la crisis. En la barahúnda de datos, los medios de comunicación construyen relatos jerarquizados y comprensibles. En el laberinto de la inflación informativa, deben quedar glosarios fijos en los portales mediáticos y un uso profesional de las redes sociales.

3. Convertirse en referentes, una vez más, de la opinión pública. La delicada situación puede determinar que muchas fuentes tengan la tentación de convertirse en medio de comunicación en sí mismas. Los políticos que aprovechan así su acceso directo a los ciudadanos a través de sus cuentas de Twitter o de escuetas comparecencias (ruedas de prensa sin preguntas) no constituyen desgraciadamente episodios nuevos. La excepcionalidad de la situación no ha de ser pretexto para que se consagren malas prácticas.

4. La articulación de mensajes claros y que prioricen la empatía y la auténtica compasión. La credibilidad debe fundamentarse en la exigencia de ejemplaridad a los responsables públicos, que alcanza también a los propios informadores. En este sentido, el incumplimiento de la cuarentena (o de cualquier otra limitación dictada por el estado de alarma) debiera afearse tanto a políticos como a cualquier personaje prominente. Durante la crisis del ébola de 2014 se reclamó que las ruedas del prensa del comité de crisis se celebraran en el mismo Hospital Carlos III donde se trataba a los afectados. Estar al pie del terreno, dentro de la razonable prudencia, transmite una imagen positiva.

5. La exigencia de hechos y no palabras a las autoridades convierte a los medios de comunicación en acicate para la óptima movilización de los recursos. Quizá no debiera priorizarse en este momento la depuración de responsabilidades, pero los medios de comunicación deben exhortar al reconocimiento de los errores. La autocrítica también obliga a los propios medios, que no han de salir de esta crisis como si la crisis no hubiera pasado por ellos.

Álvaro de Diego es profesor y miembro de la Academia de P@pel, grupo de pensamiento y de análisis sobre comunicación de la Universidad UDIMA