La vieja lucha contra el Leviatán

Animal bíblico, gigantesco, arcaico. Vive en todos los mares, huyendo del hombre que lo acecha para procesar su carne industrialmente, aunque es también la fascinación por la ballena

En 1851 se publicó «Moby Dick», de Herman Melville, extraña aventura sobre la caza de la ballena y la obsesión destructiva del capitán Ahab. Un viejo y oscuro marinero, cojo, cuya pierna ortopédica la había fabricado con la mandíbula de un cachalote, lo que podría dar cuenta de que toda venganza engendra una forma de derrota. Se quiso ver en la novela –que fue destrozada por la crítica y supuso un fracaso de ventas– la caza del Leviatán, monstruo bíblico encarnación del demonio, o del Poder indestructible como lo vio Hobbes, el que todo lo posee y controla. Pero «Moby Dick» es, por encima de todas las lecturas posibles, un tratado sobre las ballenas, sobre sus tipos, manera de sobrevivir en todos los mares, helados y cálidos, constitución biológica, aprovechamiento de todo su cuerpo y, claro está, su lucha a muerte contra el hombre.

Con las grasas y aceites de la ballena se prendían las lámparas en las casas y, hasta que en 1958 –unos años después de la publicación de la novela– Edwin Drake obtuviese petróleo de una roca, en Pensilvania, era la sustancia que permitía dar luz, justo en el mismo periodo en que Thomas Edison inventó la bombilla. La pregunta, por lo tanto, es si es necesario seguir cazando –no pescando– ballenas. No, aunque los países que encabezan la caza todavía utilizan su carne, aunque poco, materia para la industria cosmética, pieles, pienso o harina de ballena para alimentar cerdos.

El caso de Japón es especial porque invoca razones culturales, además de que en los años 50 y 60 la carne de ballena era la más consumida en el país. No sería rentable, aunque los subsidios oficiales permiten que sea una actividad sostenible. Existe una prohibición desde 1986, varios países han incumplido el acuerdo de la Comisión Ballenera Internacional (CBI), como Noruega e Islandia, y Japón anunció en 2019 que continuaría la caza con toda su crueldad: la ballena muere lentamente aseteada por arpones. Se incumple así lo indicado por la CBI de que sólo se permite a seguir cazando, aunque de manera limitada, a pueblos aborígenes de Groelandia (Dinamarca), Rusia, Estados Unidos y las Granadinas en el Caribe.