Valientes en la bondad
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En este gran enigma que viene a ser la mente humana y sus actuaciones, distingo dos tipos de temperamentos esenciales entre las personas. Los problematizadores son aquellos para lo que todo es una complicación, incluso en las ideas. Por ejemplo, tú le cuentas el proyecto que sea y él o ella, antes de analizarlo, va enumerándote con firmeza todas las dificultades con las que te vas a encontrar seguro.

Para estas personas todo es prácticamente imposible. Hasta las cosas más simples de conseguir les parecen inmensas; más aún cuando lo que tienen que conseguir es para otro. La sociedad está llena de ejemplos de estos humanos del «no se puede» cuando le solicitas algo, y que se indignan si les contestas «Por qué». «Porque es así, porque son las normas, porque no lo hemos hecho nunca, porque no pienso mover un dedo por usted».

En el fondo estos pobrecitos sufren el pecado de la pereza, les gusta la rutina y aspiran a ser funcionarios de bajo escalafón. Porque también les da gustito el poder, siempre y cuando no acarree movimiento. Estos individuos son un lastre y sonríen poco. Y luego están los resolvedores, oh, maravilla, que siempre buscan la forma de solventar la dificultad.

Aquellos que ante un casi imposible te dan una alternativa. Esos que siempre tienen ideas para seguir adelante. Son personas que cuando hay vino beben vino y si no hay vino agua fresca. Son los que hacen crecer lo pequeño y huidizo, y multiplican el pan y la sal. Los resolvedores son muchos menos que los que dan problemas, pero su poder personal es tan superior que logran sostener el peso del mundo en sus manos.

Son los valientes en la bondad.