«¡Basta ya de una Iglesia enquistada!»

En febrero el Papa fichó al agustino madrileño Luis Marín como subsecretario del Sínodo de los Obispos. En sus manos está dinamizar la consulta global que Roma ha lanzado para reflexionar sobre el futuro de la Iglesia

Luis Marín, religioso agustino
Luis Marín, religioso agustino FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Luis Marín convence. Por sus ganas. Contagia con sus formas. No a la manera de los vendedores de crecepelos. Le acompañan argumentos de peso. A este agustino madrileño, Francisco le fichó en febrero como subsecretario del Sínodo de los Obispos, el departamento vaticano que organiza los foros temáticos que los papas convocan para abordar cuestiones de relevancia para la Iglesia. Aunque en este caso, el pontífice argentino busca dar un vuelco eclesial a través del trabalenguas denominado ‘Sínodo de la Sinodalidad’. «Significa ‘caminar juntos’, porque se quiere escuchar a todos los cristianos, pero también los que están en los márgenes, los que están fuera. Para ello, hay que tener valentía», explica este religioso de 60 años que ahora es arzobispo, sobre un proceso arrancó hace un par de semanas en el Vaticano y que volverá a Roma en octubre de 2023 con los resultados de una consulta global que ya debería estar rellenándose en todas las diócesis del mundo. Este sondeo estaba planificado para los próximos seis meses, pero la Santa Sede ha ampliado el plazo hasta mediados de agosto.

«No se trata de un proceso asambleario, sino un tiempo de discernimiento. En la Iglesia funcionamos como una familia, donde se toman las decisiones por consenso, escuchando a todos y buscando el bien común». O lo que es lo mismo, la última palabra la tiene el Papa. «La Iglesia no es ni una democracia ni una monarquía piramidal, es comunión», intenta aclarar, con un subrayado: «Es importante la participación. Depende de nosotros, de cómo acojamos y concretemos la propuesta del Papa».

Aun así, hay quien dice que los referéndum los carga el diablo. ¿Y si una mayoría pide el sacerdocio de la mujer? ¿O si la tendencia que prima es volver a la misa tridentina? «No se llegaría a estas cosas, porque no se trata de un proceso de votación ni se busca imponer mayorías, porque a veces esas mayorías no tienen razón», comenta, recordando que «hay aspectos esenciales de la fe que no se pueden cambiar y sobre los que no hay discusión». «Otra cosa son algunas concreciones que sí se pueden modificar», añade.

Baches no le faltan. En estos días trascendía que se ha declarado en rebeldía la diócesis de Liechtenstein, la del paraíso fiscal que remite a aquella Tatiana que pudo ser reina. Su arzobispo no moverá un dedo por la sinodalidad y se teme que otros sigan sus pasos con una huelga encubierta de brazos caídos. «No puede ser que, si el obispo o el párroco quiere participar, se participe y si no, se bloquee. Tenemos que despertar al Pueblo de Dios para que participe», entona Marín al estilo de ese ‘habla, pueblo, habla’ puso banda sonora a la Transición. «El peligro básico es que nos cerremos a la gracia y que nos bloqueemos. Si no dejamos actuar al Espíritu, no solo nos empobrecemos, sino que estamos frustrando la renovación en la Iglesia». En cualquier caso, Marín descarta ir catedral por catedral con el látigo para azuzar a unos u a otros: «Dios siempre se propone, nunca se impone. Hay que motivar a las personas que no lo acaban de ver y tienen miedo».

A Marín le preocupa «la ideología» que esconde la creciente polarización eclesial. ¿Hay riesgo de ruptura? «Yo creo que no, aunque riesgo siempre ha habido. Creo que el actual proceso reforzará la unidad, nos llevará a una Iglesia más viva. Se trata de buscar y enriquecernos juntos. Cuando estamos unidos, las diferencias enriquecen», remata entusiasmado.

Párroco en Madrid y prior en Burgos, antes de recaer en el Vaticano era archivero, asistente general de la orden y presidente del Institutum Spiritualitatis Augustinianae. Experiencia de largo recorrido que le hace constatar que «la fe no se puede ver como un peso, un agobio del que hay que liberarse o como una reliquia del pasado. La fe es alegría que abre puertas». Marín lo hace de par en par. De hecho, se le escapa una carcajada que no puede atrapar al vuelo, cuando se le insinúa que esto es un divertimento de un Papa argentino con deje populista. «¡Es tremendo lo que se llega a decir! La sinodalidad no es nada nuevo ni una ocurrencia suya, viene de Dios. Es volver a los orígenes, a la Iglesia primitiva en su esencia, a la Iglesia de los Padres para recuperar autenticidad y coherencia».

El otro día le enseñaban a este agustino una encuesta callejera sobre Sínodo de la Sinodalidad y el 80% de los consultados no tenían ni idea de que iba aquello. «Tenemos grandes masas de población a quienes la Iglesia no les dice nada, no les aporta nada. La Iglesia está separada de la sociedad y eso nos debe llegar a acercarnos, a ser inclusivos». Por eso, esta reforma estructural de Francisco llama a escuchar a los que se han ido rebotados y a los que nunca han pisado un templo. Marín recoge el guante: «¡Hay que atreverse! ¡Basta ya de una Iglesia separada y enquistada, que busca seguridades, encerrada en sí misma con un lenguaje que nadie entiende y que trata temas que a nadie le importa! Cristo y los apóstoles estaban en medio de toda la gente y de sus preocupaciones llevando la Buena Noticia».

¿Incluso prestando el micrófono a las víctimas de abusos o del colectivo LGTBI? «Todos es todos, hay que escuchar a todos. Hay que escuchar y acoger el dolor y la indignación de todos para poder caminar juntos. La Iglesia no puede excluir a nadie porque sea difícil, hay que decirles lo contrario: Eres hijo de Dios y mi hermano».