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La ciencia de las mujeres invisibles

El Premio nobel de física no fue ni para Meitner ni para Bell, sino para los miembros masculinos de estos tándem científicos

  • La historia de la ciencia también se ha escrito con nombres de mujeres, aunque con tinta menos visible.
    La historia de la ciencia también se ha escrito con nombres de mujeres, aunque con tinta menos visible.

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11 de febrero de 2019. 18:06h

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Jorge Alcalde 11/2/2019

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Hay un hilo invisible que recorre la historia de la ciencia, el avance del conocimiento humano que se realizó «a hombros de gigantes». Ese hilo marca de manera sutil que dichos gigantes son, casi siempre, hombres. Pensar en científicas es agotar la memoria apenas se ha rememorado a Marie Curie y, a... ¿ Marie Curie?

Pero la historia de la ciencia también se ha escrito con nombres de mujeres, aunque con tinta menos visible. Son investigadoras, creadoras, pioneras que provocaron avances revolucionarios y que cuesta encontrar en los anales, por desgracia. Estas mujeres de las que aquí vamos a hablar son solo una pequeña muestra. Ada King pasa por ser la única hija legítima del promiscuo Lord Byron.

A pesar de eso, fue abandonada por su padre al poco de nacer. Quizás eso le arregló la vida, porque en lugar de educarse en el frívolo y decadente ambiente paterno, heredó el carácter racionalista, frío y cartesiano de su madre. Pronto despuntó un inesperado talento matemático que la llevó a trabajar junto a Charles Babbage, pionero de las máquinas de cálculo artificial. Ada dedicó parte de su vida a entender y mejorar estas máquinas y a desarrollar un lenguaje para hacerlas funcionar de manera universal. De hecho, mientras analizaba artículos científicos sobre la materia, tomó las anotaciones que pasan por ser los primeros algoritmos de programación de la historia.

En 1953, cuando la informática moderna comenzó a dar sus primeros pasos, los ingenieros de programación pioneros reconocieron que los textos de Ada fueron los primeros programas de ordenador de la historia. Matemática también fue la pasión de Emmy Noether, cuyas aportaciones a la ciencia son tan notables que Einstein la citó como una de sus mayores influencias. Sin las teorías de Noether, que durante sus comienzos en la Alemania de los 40 se vio obligada incluso a publicar con nombre de varón, la matemática actual no sería como es. El teorema de Noether es hoy base para entender la conservación del momento lineal o de la energía y se usa para estudiar agujeros negros. No se menciona el nombre de pila. Aún hoy muchos creen equivocadamente que Noether es un hombre. En el seno de una familia menesterosa del Reino Unido nació Mary Annig en 1799. Desde pequeña mostró una pasión por la geología que le llevó a realizar una serie de importantes descubrimientos a lo largo de su vida. Por ejemplo, excavó hasta hallar una sección esquelética de un enorme ictiosaurio fosilizado. Además, identificó restos de plesosaurio y otros dinosaurios.

Con sus hallazgos se pudo demostrar la teoría de la Evolución y de las grandes extinciones. Lise Meitner nació en Alemania a finales del siglo XIX, cuando la práctica de la ciencia estaba vedada a las mujeres. Aún así, estudió física y pudo obtener su grado en 1905. Fue una de las pocas mujeres que recibió clase de Max Plank (que no aceptaba a féminas en su alumnado). A comienzos del siglo XX comenzó a trabajar con Otto Hahn, químico de renombre, con el que formó un tándem investigador que puede considerarse el dúo estrella de la física europea. Sus avances en física nuclear y radiación son fundamentales. Meitner fue la encargada de deducir el efecto Auger y algunas bases de la espectroscopia. Los logros de Hanh/Meitner sobre fisión nuclear merecieron el Premio Nobel de Física en 1944.

Pero el ganador fue solo él. Lise no fue premiada. El mismo destino siguió Jocelyn Bell, la científica de Oxford que hace 52 años halló unas extrañas señales de radio en los radiotelescopios de la universidad donde estudiaba. Al principio, las emisiones sorprendieron a la comunidad científica tanto que incluso se llegó a plantear que fueran señales de civilizaciones extraterrestres. Pero Jocelyn, junto al director del departamento donde trabajaba, Anthony Hewish, determinaron el auténtico origen.

Se trataba de astros que emitían pulsos poderosos y regulares, los púlsares: cuerpos hoy fundamentales en el catálogo de objetos a estudiar en el cosmos. El descubrimiento también mereció el premio Nobel de Física que fue a parar, por supuesto, al miembro masculino de la pareja: Hewish.

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