¿Por qué odiamos hacer dieta?

Descubren un grupo de neuronas que nos impulsa a saltarnos el régimen

A usted también le cuesta hacer dieta. No tanto comenzarla, que es algo que hacemos varias docenas de veces en la vida sin grandes dificultades, como mantenerla. El grado de adhesión a un régimen alimenticio es uno de los grandes quebraderos de cabeza de los dietistas. Pero podemos estar tranquilos porque parece que odiar ponerse a plan va en nuestros genes; prácticamente no podemos evitarlo. Las culpables, según acaba de descubrir un equipo del Instituto Médico Howard Hughes, son unas células especializadas en detectar la sensación de hambre que se conocen con el nombre de neuronas AGRP. Nuestro organismo tiene cerca de 1.000 ejemplares de estas células, encargadas de generar en el cuerpo una sensación punzante y desagradable cuando llevamos mucho tiempo sin comer. Esa misma sensación que nos impulsa irremediablemente a picar algo. Es decir, son la máquina en la que se producen las emociones negativas asociadas al seguimiento de una dieta. Lo malo es que esas células están aquí por algo.

Para los primeros seres humanos de la historia, nuestros ancestros de hace un millón de años, la búsqueda de comida y de agua era toda una aventura. Para alimentarse había que jugarse la vida, salir del entorno apacible del nido, cazar una presa, arriesgarse a ser cazado por un depredador, realizar un considerable esfuerzo físico. Hacía falta algún estímulo para no caer en la pereza, el miedo y la inanición. Estas neuronas AGRP estaban al quite. Cuando se pasaba una larga temporada sin alimento hacían lo posible por espolear al cuerpo para que saliera a buscar comida. No son células que enseñen al humano (o al animal, porque también existen en otras especies) cómo y cuándo comer. Más bien ayudaban al cerebro a entender las consecuencias derivadas de la falta de alimentación y lo ponían alerta para que se centrara en la búsqueda de comida. Activaban los sentidos en una solo dirección: olfatear, vislumbrar o detectar con el tacto algo comestible. Las AGRP están localizadas en el hipocampo, un área reguladora de las funciones básicas del cerebro, muy relacionada con los apetitos. Cuando el cerebro detecta un bajón energético en el organismo activa las citadas neuronas. Pero hasta ahora no se había comprendido bien hasta qué punto esta activación condiciona la necesidad de comer. En el estudio ahora presentado los investigadores idearon varias pruebas. En la primera, utilizaron ratones bien alimentados a los que se les ofrecían dos geles con sabores distintos (fresa y naranja). Ningún gel contenía nutrientes. Cuando los ratones tenían hambre tendían a chupar los dos geles. En una segunda fase, se estimuló a los ratones la actividad de las AGRP sólo cuando chupaban uno de los sabores. Inmediatamente, dejaron de preferir ese sabor. La falsa sensación de hambre les había generado un disgusto tal que asociaron el sabor en cuestión con una experiencia traumática. En sucesivas pruebas, los neurólogos pudieron observar el comportamiento de las neuronas estudiadas y confirmar no sólo que regulan la sensación de hambre sino que lo hacen mediante la generación de sentimientos desagradables (ansiedad, falta de confort, angustia...).En otras palabras, cuando estamos a dieta nuestro organismo puede rebelarse y hacernos prácticamente imposible no caer en la tentación de comer algo fuera de lo establecido por el dietista.

No siempre un mal de muchos es consuelo, aunque saber que existe una base biológica en la fuerza de voluntad ante un régimen puede ayudar a los nutricionistas a diseñar mejor sus planes de actuación y a compensar mediante algún tipo de estímulo la perniciosa actividad de las neuronas AGRP.