Paloma Chamorro: «La edad de oro» se queda sin brillo

La presentadora falleció el pasado domingo a los 68 años, según ha informado su familia. Se convirtió en un altavoz del «underground» de los 80 gracias a su programa cultural

La presentadora falleció el pasado domingo a los 68 años, según ha informado su familia. Se convirtió en un altavoz del «underground» de los 80 gracias a su programa cultural

Después de perderse por los pasillos ignotos de Televisión Española, Paloma Chamorro desapareció de la pantalla como si se la hubiera tragado un poltergeist catódico entre nieve magnética y ecos lejanos que emitían en otra longitud de onda las voces opacas de «La edad de oro» de la televisión española más vanguardista. «No vayas hacia la luz», le decían. Y Paloma Chamorro, con su típica cara de sorpresa e incredulidad, pelo cardado afro y sonrisa de carmín choricero –como la reina de corazones de Alicia–, sabía que el PSOE y los sindicatos que mandaban en la RTVE de Pilar Miró nunca le permitirían volver, a no ser que languideciera con programas de arte como «La estación de Perpiñán». La era de José María Calviño trajo a Televisión Española un cambio de estructuras radical y una visión politizada y sectaria de la información impuesto por el entonces vicepresidente Alfonso Guerra, dispuesto a cambiar España hasta la raíz.

Chamorro fue una apuesta personal de Calviño, fogueada en programas culturales, para lograr estados alterados de conciencia en un plató de la TV-2 lleno de jóvenes emporrados ante grupos en directo del rock más radical y de la Movida madrileña. «La edad de oro» fue la imagen del «cambio» de la España franquista a la del PSOE y Paloma Chamorro, la encargada de protagonizarla durante sus cincuenta y cinco programas, entre 1983 y 1985. Es la única vez que el sectarismo, aparentemente vanguardista, tuvo alguna razón de ser: ella y sus amigos determinaban qué era moderno y qué no. Si se equivocaron fue por exceso, jamás por defecto. En las entrevistas, sin embargo, pecó de condescendencia y erró por falta de autoridad. Las charlas con sus mitos eran más típicas de una fan genuflexa que de una profesional. Lo suyo era suministrar ideología en vena aparentemente despolitizada.

- De Nazario a Almodóvar

Se le subían a la chepa los grupos del punk más chungo y personajes que no aceptaban las reglas de su juego moderno, que era ir drogados pero no borrachos. Caso del dibujante de Nazario, que criticó, tras la muerte de Ocaña, a las pirañas galeristas y peliculeras. Paloma le contestó: «¡Qué pasado estás, Nazario!». Paloma iba ataviada con un traje de india a lo Pocohontas, aunque Nazario, en su autobiografía, la califica de Vilma Picapiedra. Con el pelo planchado y un minitraje de geisha le hizo una divertida entrevista a Fabio MacNamara y Pedro Almodóvar en su etapa de petardas del «funki-chou».

«La edad de oro» fue el escaparate de las mayores extravagancias posmodernas que imaginarse pueda el espectador descerebrado por la actual telebasura. Nunca dejó charco sin pisar. Mérito de una presentadora acostumbrada a las «boutades» de los viejos vanguardistas históricos en proceso de embalsamamiento. Como admiradora de los jóvenes contestatarios, les abrió las puertas de RTVE para que dijeran lo que les viniera en gana. ¡Y vaya si lo hicieron! Y le cerraron el programa. Nadie puede negarle el mérito de ser la primera y la última en experimentar el disloque psicodélico y oír extasiada las chorradas que son capaces de hacer los artistas más extremados cuando se les ofrece un espacio en una televisión pública. Paloma Chamorro unía dos tendencias aparentemente contrapuestas: el lado «arty», su pasión por la vanguardia y la cultura serias, y su conversión a la modernidad pop. La faceta siniestra y su preferencia por los grupos góticos y pospunk gays era una cuestión de reacción a la cultura dominante de cantautores progres y las pachangas del pop español tipo Pablo Abraira, Víctor Manuel y Ana Belén. A esta última la despreciaba con la violencia del converso. Lo mismo que a los viejos roqueros, como Miguel Ríos o los casposos de «Popgrama».

- Televisión beligerante

Chamorro estableció una línea divisoria entre la cultura de la Transición y la eclosión del punk, la new wave y el pop de la Movida madrileña. En este ámbito personal, pero ampliamente compartido por sus amigos, incluía a sus precedentes barceloneses del cómic «underground» como Mariscal, Ocaña y Nazario, creyendo, en su inocencia, que se sumarían a ese caótico akelarre pospunk que en muchos momentos fue «La edad de oro». No era por culpa de Las Vulpes y «Me gusta ser una zorra... cabrón» que la encausaron, sino por la emisión de un vídeo de Moon Child en el que se simulaba una misa y aparecía un crucifijo con cabeza de cerdo.

Paloma Chamorro fue algo más que la diosa de la movida. Fue un aerolito fugaz que cumplió la función de hacer una televisión beligerante donde mostrar la estética de lo marginal y conseguir que TVE fuera «una televisión frentepopulista, lúdica, con protagonismo de la sociedad civil», como declaró Calviño, director entre 1982 y 1986; y que España «se aproximara a la realidad real». La Chamorro lo hizo hiperreal.