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Del alcohol a la coca: un viaje que empezó a los 13 años

Daniel Soriano, ex adicto, lleva más de 20 meses limpio. «Llegué a beber dos o tres botellas al día. No me di cuenta de que tenía un problema hasta los 17»

  • Daniel es el más joven que acude a las reuniones de la asociación de rehabilitados de Daimiel / Foto: Cipriano Pastrano
    Daniel es el más joven que acude a las reuniones de la asociación de rehabilitados de Daimiel / Foto: Cipriano Pastrano

Tiempo de lectura 4 min.

14 de enero de 2019. 12:31h

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Belén Tobalina 14/1/2019

Daniel Soriano empezó a beber como cualquier joven: antes de lo permitido. Pronto se dio cuenta de que no era como los demás. «Ellos bebían dos copas y se iban a casa. Yo nunca he hecho eso». «A los 13 nos íbamos a un corral a beber». Pronto pasó de hacerlo los fines de semana a no poder estar sin una botella en la mano. «Desde el primer momento no tenía control, pero no lo veía. Me di cuenta de mi problema a los 16-17 años. No podía parar. Me bebía dos o tres botellas al día. Bebía a diario, o como máximo un día no lo hacía. A los 17 no había día que no lo hiciera». Dani no sabía lo que le estaba haciendo a su cuerpo. Era joven y se veía capaz de todo. De hecho, en aquella época, con 15, 16 y 17 años, competía en ciclismo.

Fue campeón regional de su categoría. «Los dos primeros años lo compatibilizaba. Entrenaba, llegaba del curro (trabaja en el campo con su padre desde los 15 años) y me iba a beber. No lo notaba porque era joven. Durante esos dos años me bebía 10, 12 o 15 copas y al día siguiente salía a entrenar sin problemas. Pero ya me gustaba más salir que el ciclismo». Una cosa llevó a la otra. Empezó a salir con otra gente. Entonces, probó «el cristal, las pastillas, la cocaína... A los 17 era adicto a la cocaína; sustituí el alcohol por la coca. Entonces, mis amigos de siempre no consumían y fui perdiendo la relación porque siempre me metía en peleas». A esa edad ya sabía que tenía un problema, pero no podía parar. No sabe todo el dinero que pudo gastarse. «Si tenía 200 euros, 200 que me gastaba; 10 pues 10. La única diferencia es que si tenía 150 euros me iba al bar y con 20, al corral». Y todo ello siendo menor de edad: «No conozco ningún bar que no dé alcohol a un menor, al menos por dónde yo me movía».

Cuando probó la cocaína, rápidamente se enganchó. «Desde el día que empecé no paré». «Le quitaba el dinero a mis padres o lo cogía de donde fuera: 200, 400 euros. Me metía mínimo dos gramos, y si tenía dinero cuatro o cinco». Aunque no recuerda todos los detalles, Dani sabe bien cuál fue el peor día que vivió por sus adicciones: «Fue en una discoteca en Villarubia de los Ojos. Consumí bastante: dos botellas de ron, un gramo de cristal, speed, pastillas... la verdad es que estaba por los suelos, por lo que me han contado. Como endemoniado. Veía cosas raras. Salí corriendo de la discoteca y crucé la carretera huyendo de algo. En ese momento, me atropelló un coche. Me rompí la tibia». «Estuve tres meses en casa recuperándome. No salía, así que tampoco consumí. Era la primera vez que estaba tantos meses limpio desde los 13 años.

Parecía que lo tenía controlado hasta que llegó la Navidad. Salí en Nochebuena y no bebí. Pero antes de Nochevieja ya había vuelto a consumir». Un compañero suyo del equipo de ciclismo le habló de la Asociación Daimieleña de Alcohólicos Rehabilitados (A. D. A. R.). Pero Dani creía que no le hacía falta. «Estuve cinco meses consumiendo cocaína a diario, y, claro, necesitaba dinero». Los problemas en casa fueron a más. Su amigo y sus padres le volvieron a hablar de la asociación. Seguía sin estar convencido, pero fue. Un viernes, tras otro, y así «llevo ya más de un año y ocho meses limpio». «No era consciente del problema que tenía. Esto es una enfermedad, no un cáncer, pero sí un un trastorno» que daña a uno mismo y a todos los que le rodean. Ahora, Dani ya es él. Lo mejor es «poder estar con mis padres tranquilamente en casa.

Saber que estoy bien y poder salir a la calle con la cabeza alta...». «Mi familia lo pasó muy mal porque no sabían qué hacer para ayudarme. Discutíamos. Y a más voces, menos hablaba con ellos. La relación fue a menos, no confiaban en mí, y lo entiendo, porque en aquella época si podía les hacía la vida imposible». Hoy la situación es la opuesta. Y eso es a lo que se agarra Dani, que no ha vuelto a coger la bici desde el accidente, salvo en una ocasión hace dos meses. «No me he vuelto a animar a hacerlo». Ese día ya llegará, y si no, siempre puede contar con el apoyo de su familia y del grupo de los viernes de la asociación, con quienes colabora Francisco Pascual, presidente de Socidrogalcohol, que explica que «en clínica, observamos que cada vez hay más jóvenes menores de edad que acuden con adicción al cannabis, al alcohol y al juego».

Daniel no falla ningún viernes. «A ratos pienso en beber. Pero luego me digo que “no, porque para mí son todo problemas''». Agradece asistir a las reuniones. «Los dos primeros meses tras dejar la cocaína fueron duros, pero luego se te olvida. En cambio, el alcohol lo tienes en todas partes, y por eso te apetece más que meterte una raya. Lo ves en las casas, bares e incluso en Facebook (con fotos de la gente bebiendo)». «Daniel tenía un problema serio con varias sustancias. Me llamó la atención lo rápido que se había hecho adicto a la cocaína, la consumía a diario en muy poco tiempo. La gente suele tardar más. Vino con importantes problemas familiares, con sus padres, sus hermanas.

Ha cambiado radicalmente. Se ha implicado en la asociación, no sólo con las reuniones. En el ciclismo era un crack, es el típico que todo lo coge con ganas. Con el alcohol y con la cocaína le pasó lo mismo», explica Emilio Belmar, presidente de la asociación.

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