El cariño materno modifica los genes de los hijos

Altera el hipocampo El estudio, realizado con ratones, demuestra que el cerebro cambia en función de la cantidad de afecto recibido

Altera el hipocampo El estudio, realizado con ratones, demuestra que el cerebro cambia en función de la cantidad de afecto recibido.

¿Nacemos o nos hacemos? Es la gran pregunta que trae de cabeza a científicos y pensadores desde tiempos inmemoriales. ¿Somos más producto de la herencia que nos legan nuestros padres en los genes o de lo que aprendemos y adquirimos con la experiencia?

Una investigación publicada ayer en la revista Science puede ofrecer una tercera vía para acercarse a la respuesta: ¿Y si ambas cosas fueran lo mismo? ¿Y si la herencia genética y la experiencia se confabularan a la par para crear su efecto escultor sobre nuestra salud, nuestra personalidad y quién sabe si nuestro destino?

El estudio se ha realizado en los laboratorios biomédicos del Salk Institute en La Jolla, California. Los sujetos de investigación eran ratones y los resultados, sorprendentes: el cerebro de las crías de ratón cambia en función de la cantidad de cariño que reciben de sus madres. En concreto los ratoncillos que tuvieron menos tiempo de lametones y cuidados de las hembras presentaron más secuencias genéticas repetidas e intercambiables (llamadas transposones) en el hipocampo. Realmente no se sabe bien qué implicaciones tiene este fenómeno en el desarrollo de las crías. Pero de momento se ha demostrado por primera vez que el trato que se le da a los individuos más pequeños repercute directamente en la configuración de su genoma.

Desde hace mucho se sabe que el comportamiento de los ratones varía en función del tiempo que sus madres pasan lamiéndoles cuando son neonatos. Pero realmente no se entendía a qué se debe este fenómeno. Se han considerado muchos factores posibles, desde meras respuestas comportamentales debidas a la interacción con la madre a elementos hormonales que estén presentes en la saliva y cambios epigenéticos globales.

Pero el equipo de La Jolla prefirió observar si se producen cambios más profundos. En concreto analizó la prevalencia de transposones L1 en el genoma de las crías. Conocidos antiguamente como genes saltarines, los transposones son son fragmentos de ADN que pueden pasar de un cromosoma a otro. Al cambiar de sitio, esos fragmentos generan cambios evidentes en la estructura tanto del lugar que abandonan como del que los acoge. Y, por lo tanto, los transposones son posibles productores de mutaciones.

Para estudiar la evolución de estos fragmentos, se monitorizó durante dos semanas la interacción entre madres y crías de ratón. Luego, a cada ratón se le clasificó en un grupo en función del grado de «cariño» que habían recibido. Sistemáticamente, los pequeños que peores cuidados tuvieron produjeron mayor replicación de transposones en las neuronas del hipocampo. Pero, para sorpresa de los investigadores, no se observó en ellos diferencia genética sustancial al estudiar las células del córtex o del corazón. Es decir, que la modificación detectada no se debía a la herencia de las madres o padres (en cuyo caso se habría encontrado en otros tipos de células) sino que fue consecuencia de un desarrollo cerebral específico. El cuidado (o la falta de cuidado) de las madres modifica la configuración genética del hipocampo.

Para más sorpresa, los ratones que fueron criados por madres adoptivas también experimentaron cambios lo que demuestra que el efecto sobre el cerebro no depende de la carga genética recibida sino del trato que se da en las primeras fases del desarrollo.

Los resultados son todavía muy embrionarios y de hecho los propios autores son conscientes de la necesidad de hacer nuevas investigaciones. Pero están en la línea de otros trabajos anteriores que confirman que el estrés y la adversidad durante la infancia producen déficits en la metilación de ciertos fragmentos de ADN en humanos.

El cerebro de los niños (como el de los ratones) presenta una gran plasticidad, se adapta y cambia con rapidez según las circunstancias. Parece demostrarse que en esos años de desarrollo, el cuidado y la atención de las madres tiene tanto efecto que incluso es capaz de cambiar su ADN. Genes y ambiente, unidos por la acción amorosa más pura... el cariño de nuestras madres.