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El Yeti... viene otra vez

El Ejército Indio afirma haber encontrado «las misteriosas huellas» de esta criatura y publica las pruebas en Twitter. Los científicos reconocen que todavía queda una gran biodiversidad oculta, pero apuntan a que el Hombre de las Nieves no tiene nada de sobrenatural... más bien de oso pardo tibetano.

  • El Ejército Indio publica en Twitter unas fotos de unas huellas de 81 cm., vistas cerca del campo base de Malauku (Himalaya), y que, dicen, pertenecerían al Yeti
    El Ejército Indio publica en Twitter unas fotos de unas huellas de 81 cm., vistas cerca del campo base de Malauku (Himalaya), y que, dicen, pertenecerían al Yeti

Tiempo de lectura 5 min.

01 de mayo de 2019. 01:52h

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Jorge Alcalde.  1/5/2019

Las leyendas de animales inverosímiles, lo que los amantes de la pseudociencia conocen como criptoanimales, constan entre las más entretenidas de la mitología. Posiblemente la más popular sea la de escurridizo monstruo del lago Ness. Pero no es la única. Muy cerca de ella en el ranking de interés popular nos encontramos con el famoso hombre de las nieves, el Yeti.

Acabamos de conocer ahora la última bomba mediática relacionada con él. El Ejército Indio afirmó ayer en Twitter haber encontrado las «misteriosas huellas del mítico Yeti». Como no pude ser de otro modo, las redes sociales se incendiaron. Según esas fuentes, un equipo de expedición de montaña halló el 9 de abril huellas impresionantes de un animal cuya planta de los pies medía 81 centímetros cerca del campo base de Makalu, en el Himalaya.

El monstruo del lago Ness, Bigfoot, el Yeti, el Chupacabras... ¡Qué privilegio para el naturalista vocacional poder toparse con alguno de ellos en su entorno natural! ¡Quién no daría su tiempo y su carrera a cambio de pasar a la historia como el taxonomista que dio nombre científico a estas criaturas esotéricas!

De ser ciertas las afirmaciones del ejército indio, la ciencia estaría ahora en trance de realizar uno de sus mayores anuncios en la historia. Pero, obviamente, eso no va a ocurrir. ¡Lástima! Porque descubrir una especie animal es uno de los mayores logros que se puede apuntar un científico. Y es que, aunque parezca lo contrario, la ciencia biológica todavía sabe muy poco de la vida. Las cerca de 1.800.000 especies que se han descrito y las más de 300.000 de las que se tiene registro fósil no son más que una minúscula parte de todos los animales que han poblado el planeta. La biodiversidad es una gran desconocida. A menudo, los miembros de alguna expedición biológica se topan con un tesoro vital inesperado. En junio de 2007, por ejemplo, miembros de la organización ecologista Conservation International descubrieron 24 especies de animales en la selva de Surinam, entre ellas, cinco ranas.

Encontrar nuevos animales grandes no es fácil (grandes quiere decir del tipo de una rana... para arriba). Los zoólogos han escudriñado mejor la paleta de seres superiores. Por ejemplo, se supone que el número de aves catalogadas (unas 9.100 especies) no dista mucho de ser el real. Pero en lo que respecta a las especies más pequeñas, el desconocimiento es estremecedor. El número de artrópodos catalogados (insectos, arácnidos, ciempiés y cangrejos) es de cerca de 1.000.000 y, sin embargo, los entomólogos creen que se trata sólo del 10% de todos los que realmente hay sobre la Tierra. La contabilidad actual arroja una cifras más que aparentes. Conocemos 800.000 insectos, 248.000 plantas, 200.000 artrópodos no insectos, 70.000 hongos, 50.000 moluscos, 30.000 protozoos, 27.000 algas, 19.000 peces, 12.000 platelmintos, 9.000 aves, 9.000 medusas y corales, 6.300 reptiles, 4.200 anfibios, 4.000 mamíferos... más o menos. Y sin embargo sabemos que todo esto no es más que un porcentaje pequeño de lo que la naturaleza tiene que ofrecernos. La flora y fauna desconocida es mucho más populosa. Tanto, que es probable que buena parte de ella permanezca en el limbo de lo ignoto, incluso después de haberse extinguido. Los biólogos consideran que el 60% de la biodiversidad oculta desaparecerá antes de ser catalogada. Nunca sabremos cómo fue, cuánto y dónde vivió, cómo se reproducía... qué función vital ejerció para el equilibrio del planeta.

Por eso, si me lo permiten, dejemos a un lado yetis, chupacabras y demás zarandajas y guardemos un minuto de silencio por la verdadera fauna oculta del planeta, que los científicos luchan por conocer y conservar en algún sitio más útil que un frasco de formol. Cientos de científicos dedican sus vidas a hallar una nueva especie animal y ninguno ha sido capaz de encontrar huellas realistas de algo tan grande como el abominable hombre de las nieves. Más bien al contrario. Cuando se han propuesto averiguar qué se esconde realmente tras la leyenda del Yeti, el resultado ha sido bastante descorazonador. Un reciente studio de ADN de las supuestas muestras de Yeti, obtenidas de museos y colecciones privadas proporcionó hace poco una idea realista de los orígenes de esta leyenda del Himalaya. La investigación, que se publicó en «Proceedings of the Royal Society B», analizó nueve especímenes del supuesto Yeti, incluidas muestras de huesos, dientes, piel, pelo y heces. De esos, uno resultó ser de un perro. Los otros ocho eran de osos negros asiáticos, osos pardos del Himalaya u osos pardos tibetanos

Los resultados sugieren que los fundamentos biológicos de la leyenda del Yeti se pueden encontrar en los osos locales y que la genética debería ser capaz de desentrañar otros misterios similares. Este estudio representa el análisis más riguroso hasta la fecha de muestras que se sospecha derivan de criaturas anómalas o míticas. El estudio secuenció el ADN mitocondrial de 23 osos asiáticos (incluido el supuesto Yeti) y comparó estos datos genéticos con los de otros osos en todo el mundo. Los resultados mostraron que, si bien los osos pardos tibetanos comparten un ancestro común cercano con sus parientes norteamericanos y eurasiáticos, los osos pardos del Himalaya pertenecen a un linaje evolutivo distinto que divergió desde el principio de todos los demás osos pardos. La inmensa mayoría de los restos atribuidos a un animal misterioso pertenecen a un ser como el oso pardo tibetano, misterioso sí (porque su origen sigue siendo objeto de estudio y su futuro como especie es incierto) pero nada sobrenatural.

Según algunas fuentes documentales de los primeros exploradores del Nepal, en la década de 1830 existían relatos de excursionistas que aseguraban haber visto a una criatura bípeda, alta y cubierta con largos cabellos. En aquel entonces se concluyó que era un orangután. Décadas después el explorador británico Laurence Waddell reportó por primera vez lo que parecían ser las huellas de una extraña criatura sobrehumana. Esa ha sido una de las fuentes documentales más utilizadas para activar la mitología del ser del Himalaya. Desde entonces, la carrera por encontrarlo ha sido tan infructuosa como satisfactoria ha sido la carrera de la ciencia por explicar su prosaica realidad.

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