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Hemos matado al amor (de usarlo tan poco)

¿Por qué sentimos la incontenible necesidad de besar a alguien? ¿Por qué nos sentimos mal cuando no nos corresponden? O, ¿por qué nos alegramos cuando compartimos momentos?

  • Foto: Gtres
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Tiempo de lectura 4 min.

13 de febrero de 2018. 21:12h

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Pedro del Corral.  13/2/2018

¿Por qué sentimos la incontenible necesidad de besar a alguien? ¿Por qué nos sentimos mal cuando no nos corresponden? O, ¿por qué nos alegramos cuando compartimos momentos? El amor se produce por la acumulación de dopamina, oxitocina y adrenalina, que estimulan el punto de placer del cerebro. Lo que la Ciencia no sabe explicar es por qué se desencadena todo este proceso. El amor, probablemente, sea una de esas fórmulas más difíciles de estudiar y comprender, porque si hay algo claro respecto a él es que no puede medirse por los mismos patrones ni por las mismas personas. Es imprevisible en el fondo y la forma, inestable de principio a fin. Por eso, cuando desaparece, renace con la misma fuerza que en las primeras ocasiones.

“El amor es un sentimiento que la persona vive con ansia porque conlleva cambios neurofisiológicos”, explica a LA RAZÓN, Silvia Rodríguez, experta en dependencia emocional. “Lo que ha cambiado es lo que incluimos o no dentro de las relaciones”. Éstas, cada vez más, se centran en cubrir necesidades personales más allá del sentimiento real. El amor es dar, no hay duda, pero sin perder la identidad ni la integridad. “El miedo a no cumplir con lo que se espera de nosotros y el temor a estar solos condiciona todo”. De ahí que se confunda con el cariño, con la comodidad o con la estabilidad. Incluso con esa sensación de “embriaguez” que generan los calificados como “platónicos”.

Esos son los ideales, los que no tienen taras, los que pueden con todo. Pero téngalo claro, no existen. “Son una utopía”. Por tanto, también la intensa emoción que los genera. “Como las personas no somos seres estáticos, es complicado pensar que lo que nos satisfacía hace unos años no siga produciendo la misma reacción con el paso del tiempo y las experiencias”, reconoce Rodríguez, para quien la baja autoestima y la idealización de las personas son algunas de las lacras imperantes en la sociedad de hoy en día. “Creer que sólo es merecedor de amor lo que se acerca a la perfección sigue y aumenta a marchas aceleradas”.

Así que está claro: confundimos amor con enamoramiento, con desamor y con dependencia emocional. Para Silvia Congost, psicóloga dedicada a las terapias de pareja, los interesante sería primero preguntar qué es lo que buscamos en otra persona y, luego, abrir los ojos para ver y quedarnos sólo con aquella que cumpla con la mayoría de las expectativas. “Cada vez hay más conceptos nuevos, como las relaciones abiertas o el poliamor, que acaban desembocando en los problemas de siempre. Hay parejas sanas, tóxicas, infieles y que no saben vivir solas. En definitiva, cuando se trata del amor, parece que los seres humanos no evolucionamos a la misma velocidad que lo hacemos con otros muchos temas”.

El amor existe: sí. El amor nos mueve: sí. El amor nos duele: sí. Pero, ¿para toda la vida? Sí y no. “Sabemos que la felicidad y el bienestar emocional no depende de lo que pueda aportar otra persona”, aclara Vicente Prieto, director de Clínica del Centro de Psicología Álava Reyes. “Cada uno es responsable de su bienestar y los demás pueden poner la guinda o no. Esto no es nuevo: hay que enseñar a no depender ni física ni emocionalmente de otra persona, establecer tus propios objetivos y poner en marcha recursos para conseguirlos”. Lo que está cambiando es la manera de relacionarse y de establecer compromisos con otras personas. “Cada una se enamora a su manera y lo percibe como quiere”. Lo que parece indicar que, sí, nos hemos cargado el amor. Aunque sea de usarlo tan poco.

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