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¿Por qué desaparecen las aves?

Dos estudios publicados en Francia alertaban esta semana de que un tercio de las poblaciones de aves agrarias ha desaparecido en los últimos 15 años. Un declive que se ha acelerado en los dos últimos.

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Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

23 de marzo de 2018. 02:51h

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Belén Tobalina Madrid. 23/3/2018

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Las aves frugívoras ayudan a dispersar las semillas de la fruta lejos del árbol y de los depredadores de semillas. Las que «beben» néctar polinizan las flores, lo que ayuda a difundir el material genético de las flores. Las que comen insectos, pequeños roedores o peces ayudan a un control natural de esas poblaciones. Las carroñeras actúan como un equipo de limpieza. Los excrementos de las aves también ayudan a redistribuir los nutrientes en la naturaleza. A estos servicios esenciales que proporcionan a los ecosistemas, se suman los beneficios económicos, como el control natural de plagas, que permite, por ejemplo, aumentar el rendimiento de los manzanos. A estos beneficios, se suman muchos otros, como que ver aves cerca de casa, según «British Trust of Ornithology» y la Universidad de Queensland, es bueno para su salud mental. La lista sigue. De ahí las graves consecuencias que su desaparición tiene para el suelo, las plantas y otros animales, entre ellos nosotros, los humanos.

Y, sin embargo, el declive no cesa. Esta semana dos estudios (uno a nivel nacional y otro a escala local) llevados a cabo por investigadores del Museo francés de Historia Natural (MNHN) y del Centro francés de Investigación Científica (CNRS) llegaban a la misma conclusión: el descenso alarmante de aves en Francia. Un tercio de las poblaciones de aves del campo (30%) ha desaparecido en los últimos 15 años. Y lo que es más preocupante, esta pérdida de ejemplares se ha acelerado en los dos últimos años.

Los datos extraídos de las zonas rurales destacan una disminución de las poblaciones de aves desde la década de 1990. Especies como la alondra de campo, la curruca zarcera o el escribano hortelano han perdido uno de cada tres ejemplares en 15 años de promedio. Un declive que se ha intensificado en 2016 y 2017.

Estos resultados nacionales fueron confirmados por un segundo estudio llevado a cabo a nivel local, apoyado por el CNRS. Desde 1995, investigadores siguen cada año, en el Deux-Sèvres, 160 zonas de 10 hectáreas de una llanura cereal típica de los territorios agrícolas franceses. En 23 años, todas las especies de aves de este entorno han visto que sus poblaciones se desploman: la alondra pierde más de uno de cada tres ejemplares (-35%), y la población de perdices, con ocho de cada diez individuos desaparecidos, están casi diezmados. Según el programa STOC (Supervisión Temporal de aves comunes en el que participa el MNHN), las especies comunes no disminuyen en todo el país; el desplome observado es específico del sector agrícola, vinculado probablemente al colapso de los insectos.

Esta desaparición masiva es paralela a la intensificación de las prácticas agrícolas en los últimos 25 años y, sobre todo, desde 2008-2009. Un período, precisan en un comunicado ambas instituciones, que corresponde, entre otras cosas, con el final de los barbechos impuestos por la PAC, la generalización de neonicotinoides, una familia de insecticidas muy persistentes y neurotóxicos que actúan en el sistema nervioso central de los insectos, así como en vertebrados.

Estos dos estudios, ambos realizados durante más de 20 años y a niveles espaciales diferentes, revelan que la disminución de aves en la agricultura acelera y alcanza un nivel cercano al desastre ecológico. De ahí que alerten de que en 2018, muchas zonas cerealistas podrían experimentar la «primavera silenciosa» que anunció hace 55 años la ecologista Rachel Carson sobre el insecticida DDT, prohibido en Francia hace más de 45 años (su prohibición en España entró en vigor en 1977).

Francia no es el único país en sufrir este declive. La Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife) concluyó en un informe publicado el pasado noviembre que el número de aves comunes en declive se ha triplicado en los últimos diez años. En concreto, el 37% de aves que se reproducen en nuestro país está en desplome poblacional, algunas tan comunes como la golondrina, el gorrión o el vencejo. Y el problema es que cada vez son más las especies que sufren este problema. Según SEO/BirdLife, desde 2005, el número de especies en estado desfavorable se ha triplicado, al pasar de 14 a 38. En 2016, al menos una de cada tres aves con presencia habitual en España durante la primavera experimentó un descenso. Otro dato alarmante: el 37% de las especies comunes muestran una situación desfavorable en primavera, momento clave al coincidir con la época de reproducción. Se trata por tanto de un lento y continuo declive que arroja casos especialmente preocupantes, como el desplome del 66,24% de la población del escribano hortelano, que la codorniz pierda un 66% de los efectivos o que la grajilla occidental, caiga un 50,75%. Esta reducción también la sufren la perdiz roja (35% de descenso en primavera y un 47% en invierno), el escribano cerrillo (un 43,5% menos), el mochuelo (un 40% menos) o la tórtola europea (un 26% menos). También es el caso de las golondrinas, que pierden un 24,6% de sus individuos; los vencejos, un 34,43% menos, la alondra común (un 34,7% menos) o el abejaruco, un 17,3%. El gorrión común sigue esta misma tendencia un año más: un 15% menos.

En Reino Unido la situación se repite. Entre 1970 y 1999 la población de gorrión molinero ha descendido un 95%; el triguero, un 88%; el carbonero montano, un 77, y el papamoscas gris, un 53%, según la Royal Society for the Protection of Birds (RSPB).

Entonces, ¿a qué se debe este descenso? Para SEO/BirdLife, el declive de las poblaciones de las especies comunes se debe a la pérdida de hábitat, la transformación del paisaje agrícola, «la eliminación de lindes (se ara cada vez más cerca del borde para aumentar el área plantada), el uso de fitosanitarios que acaban con la vida o la eliminación de arbustos», unos «obstáculos» naturales que rompen el monocultivo, explica Juan Carlos del Moral, responsable de Ciencia Ciudadana de SEO/BirdLife.

Estas prácticas o técnicas hacen que descienda la población de insectos, un colapso que según los estudios franceses están vinculados con el declive de aves. En definitiva, algo estamos haciendo mal en el campo.

A nivel urbano, la situación también se repite. El declive del gorrión común es una tendencia a nivel global. En España, entre 2015 y 2016, la población cayó un 7%, según SEO/BirdLife. Un porcentaje que aumenta hasta el 15%, lo que supone 25 millones de gorriones menos. En Londres, desde RSPB explican que aproximadamente el 60% de ejemplares se han perdido desde mediados de los años 70. Y eso a pesar de ser una especie que prospera con la proximidad de las personas, incluso en los centros de las ciudades.

El motivo de su disminución se sigue investigando. Pero se ha detectado que los ejemplares que viven en el interior de localidades de carácter más urbano presentan anemia, malnutrición y un funcionamiento deficitario de sus sistemas de defensa antioxidante. Sin embargo, aves de las periferias de los núcleos urbanos y que, por tanto, viven en entornos más rurales no presentaban ese deterioro. El mal estado de la salud de las aves parece estar relacionado con el exceso de contaminación atmosférica y la falta de alimentos necesarios para el mantenimiento de una dieta equilibrada. Una contaminación que también afecta a otras especies como el mirlo. Esta semana un estudio publicado en «Biology Letters» concluía que los mirlos envejecen antes en las ciudades que en el campo.

«Los telómeros se acortan antes a los mirlos de ciudad. Creemos que es por la contaminación y el estrés que da lugar al estrés oxidativo y hace que los telómeros se acorten. En las ciudades si bien hay una mayor abundancia de mirlos adultos por una cuestión de que hay menos depredadores como rapaces, mustélidos, comadrejas», explica Jordi Figuerola, investigador del CSIC de la Estación Biológica de Doñana.

A nivel global la situación varía según el país y la especie. Ahora bien, hay un dato que habla por sí solo. El 13% de las especies de aves analizadas en el mundo están amenazadas. Si en 1996 había 1.107 especies de aves amenazadas, en 2017 ya son 1.460, según la última actualización de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Las consecuencias de este declive son devastadoras, tal y como bien recuerda el autor del libro «Why Birds Matter». Sin frugívoros, las semillas se quedan cerca de los árboles. Sin rapaces, los roedores consumen recursos del ecosistema. La lista de ejemplos continúa. Su ausencia podría desestabilizar el equilibrio creado por la propia naturaleza.

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