Zaragoza

Se llama Fátima y con sólo siete años su abuela le mutiló el clítoris. Ésta es su historia

13 años después vuelve a ser mujer. Ella sólo quería ser normal, «que cuando me enamore mi novio no piense que soy diferente», cuenta a LA RAZÓN, un mes después de la operación. Su padre había dejado a sus hijas con la abuela para buscar trabajo. Le prohibió que les hiciera la ablación, pero ella aprovechó su ausencia. Fátima lo recuerda todo

Los doctores Julio Murillo y Sonia Peña le explican a Fátima lo bien que ha ido la intervención, en una de las salas de la Clínica Gobest de Zaragoza
Los doctores Julio Murillo y Sonia Peña le explican a Fátima lo bien que ha ido la intervención, en una de las salas de la Clínica Gobest de Zaragozalarazon

13 años después vuelve a ser mujer. Ella sólo quería ser normal, «que cuando me enamore mi novio no piense que soy diferente», cuenta a LA RAZÓN, un mes después de la operación

«Había un chica muy guapa y un campesino. A ella, él le gustaba, pero sabía que tenía que limitar sus ganas de estar con él. No lo hizo y el campesino terminó repudiándola». Ésta es la «fábula» que la abuela de Fátima le contaba desde que era pequeña para convencerla de que con la ablación o mutilación genital femenina (MGF) la protegía «para que no me repudiaran». Su nombre y algunos de sus datos personales son ficticios por petición expresa. Su entorno cercano desconoce lo que le ocurrió, aunque ella recuerda cada detalle. Más de diez años después recupera lo que esa cuchilla le quitó. «Por fin me siento una chica normal».

Vivía en Senegal con sus padres y su hermana dos años mayor que ella. Eran una familia unida, a pesar de las reticencias de los parientes de su padre que no aceptaban que éste se hubiera casado con una mujer cristiana, mientras él profesaba la religión musulmana. Su madre no había sufrido la temida amputación del clítoris cuando era pequeña y ni ella ni su esposo querían ese destino para sus dos niñas, a pesar de las reticencias de la familia paterna. Cuando ella tenía siete años su madre falleció de forma repentina y su padre, solo y con dos hijas a su cargo, partió a la capital en busca de trabajo. Desconocía que su ausencia daría pie a la abuela de las niñas a perpetrar lo que su hijo le había prohibido.

El padre volvió al cabo de los meses para recuperar a sus pequeñas y se encontró con sus dos hijas mutiladas. «Lo hizo a sus espaldas y con la ayuda de mi tía. Recuerdo cómo nos cogieron a las dos. Mi hermana no paraba de llorar porque el día anterior se había intentado escapar, pero la pillaron. Yo no me movía, el cuento de mi abuela me lo había creído por completo. Si nos movíamos mi tía nos pegaba con un palo. Nos agarró de las dos piernas y nos puso los brazos para atrás, amarrados con cuerdas». Y Fátima se desmayó. Para hacerle la mutilación la abuela seguía las costumbres de la zona y contrató «a una curandera». «Utilizaron una cuchilla corriente, como la que se usa para afeitar». Sin esterilizar y sin ningún tipo de higiene. Lo peor es que la abuela de esta joven quería ir un paso más allá. «Su intención era hacernos una infibulación, pero no tenía suficiente dinero. ¡Menos mal!», dice aliviada. Este tipo de mutilación, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), es de las más graves: se estrecha la abertura vaginal para crear un sello mediante el corte y la recolocación de los labios menores o mayores, con o sin resección del clítoris; es decir, «se cosen los dos labios hasta que la mujer llega al matrimonio. Es dolorosísimo», dice la cirujana Sonia Peña, presidenta de la Fundación Sigo Adelante, que ha ayudado a Fátima en este proceso.

Cuando su padre se encontró con la situación, se dio cuenta de que lo mejor era alejar a sus niñas de su propia familia y Fátima viajó a España, donde la recibió su nuevos familiares. A pesar de las cicatrices, su infancia ha sido muy feliz y apenas recordaba lo sucedido en su país de origen hasta que alcanzó la pubertad. «A los 14 años me di cuenta de que no era como el resto de las chicas. No me sentía igual» y, con la ayuda de su madre, empezó a plantearse la posibilidad de reconstruirse el clítoris. Acudió a un médico en Barcelona que la operó, pero «no debió cicatrizar bien» porque el resultado no fue el esperado. Y ella seguía sin sentirse agusto. «No estaba segura de mí misma», reconoce.

Fue su ginecóloga la que le recomendó que acudiera al doctor Julio Murillo, cirujano plástico de la Clínica Gobest, en el centro de Zaragoza. «La primera vez que me visitó, en diciembre de 2015, me dijo que quería sentirse normal, que tenía miedo a su primera relación sexual», explica el cirujano. «Quiero que cuando me enamore de un chico no piense que soy diferente, es un momento muy importante», añade ella. El doctor Murillo enseguida se dio cuenta de que la operación encajaba en el perfil de la Fundación Sigo Adelante, de la que él también es miembro, y la doctora Peña lo confirmó. «Es una operación relativamente sencilla con un coste de entre 1.500 y 2.000 euros y creíamos que devolverle a Fátima lo que le habían quitado de pequeña iba mucho con la línea de trabajo de la fundación. Es el primer caso de reconstrucción de clítoris que hacemos y, tras el éxito, esperamos que más chicas se acerquen a nosotros», cuenta la cirujana.

La intervención se tuvo que retrasar en dos ocasiones por diferentes motivos, pero por fin, una tarde de finales de diciembre Fátima entró en el quirófano de la clínica Gobest, al que regresó para esta entrevista. «Como era la segunda vez que me enfrentaba a esto, iba un poco nerviosa. Temía que tampoco funcionara», explica la joven. Murillo la avisó de que existían posibilidades de que perdiera sensibilidad, pero «prefería eso a no ser una chica completa». Por suerte, este posible contratiempo no ocurrió y «la operación salió muy bien», afirma la doctora Peña. «Lo que hicimos fue rescatar la parte del clítoris que la mutilación no había cercenado y exponerlo de nuevo. Previamente hemos eliminado toda la cicatriz, que está compuesta por un tejido muy duro. Por eso, la recuperación puede ser algo dolorosa».

Cuando LA RAZÓN se encuentra con ella, acude a su primera revisión. Está nerviosa porque los primeros días después de la intervención lo pasó muy mal. «Me dolía mucho, a pesar de las curas» y cada posible anomalía la consultaba con el doctor Murillo. Pero ya pasó, aunque debe seguir yendo a revisiones cada pocas semanas para comprobar que la evolución sigue siendo positiva. Ya sólo le queda el último paso, recubrir la zona con nueva piel para protegerla y esperar tres meses antes de mantener cualquier relación sexual para confirmar que la herida cierra bien y no siente dolor.

«Esta operación me ha devuelto la seguridad en mí misma y si me enamoro –insiste– estaré más tranquila».

«Repudiada» por su familia paterna

Después de tomar la decisión de operarse, Fátima ha viajado a su país natal en dos ocasiones, «para ver a mi hermana, que sigue viviendo allí». Su tía y su abuela «han dejado de hablarme porque consideran que las he traicionado». Es más, «me han dicho que me voy a ir al infierno por lo que he hecho». Como explica Fátima, «ellas tienen muy arraigado que una mujer no puede disfrutar con el sexo y por eso lo que he hecho les parece horrible». Con su familia materna no tiene ningún problema, «son cristianos y nunguna de las mujeres tiene hecha la ablación». Su padre, tras lo que les ocurrió a ella y a su hermana, «trabaja en una ONG que lucha contra esta práctica», pero cada año, a pesar de las leyes, las niñas siguen sufriendo esta forma de machismo. «A mi prima, que es pequeña, se lo hicieron el año pasado.Y eso que su madre es policía. Su uniforme no sirve de nada en este caso».