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Todo asesino deja rastro

La Razón
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«Érase una vez una familia feliz, una mujer, un hombre y un hijo. Un día la mujer fue asesinada. El hombre intentó tomar represalias contra la persona que había matado a su mujer pero él murió también. El hombre malo mató a John». Esto lo escribió una niña de tan sólo 11 años a los pocos días del repentino fallecimiento de su abuelo. No volvió a escribir una sola palabra en su blog. Casi un año después, a los 12, la autora de estas líneas perdía la vida. Se llama Asunta, en diciembre de 2011 falleció su abuela. Siete meses después, su abuelo. Ambos, en extrañas circunstancias, según la rumorología, esa que advierte de que cuando el río suena es porque agua lleva. Este feliz y adinerado matrimonio tenía una hija, única heredera y madre adoptiva de Asunta. Habita en Teixeiro desde que el viernes el autor de «La Leyenda del Santo Oculto» decidió que ella de Santa, nada, de homicida, mucho y de asesina, quizá. Charo, como la llaman, se casó y se divorció del padre adoptivo de Asunta. Ahora comparten techo pero no patio. Son inocentes del asesinato de Asunta hasta que se demuestre lo contrario. Los investigadores se afanan en demostrarlo. Yo, por mi parte, sospecho, divago, aventuro, concluyo y desconcluyo. Pero siempre en silencio. Con prudencia. Creo en Locard y su famosa ley de transferencia en virtud de la cual, todo asesino deja rastros, tanto físicos como psicológicos, en la escena del crimen y en la víctima, a la vez que se impregna de las consecuencias psicológicas de lo que ha hecho. Pero creo también en el perfil victimológico, en el estudio de la víctima y su entorno. Por ello, he comenzado estas líneas sumergiéndome en lo que Asunta nos contó, mientras mi mente viaja a «la Alameda» dónde quizás tres espíritus se hayan reencontrado.