Teatro

“Los hijos”: Bailar la guerra a la debacle climática

David Serrano levanta «Los hijos», de Lucy Kirkwood, en el Pavón Kamikaze de Madrid. Un texto encumbrado por «The Guardian» donde se hace hincapié en el medio ambiente y que ahora protagonizan Susi Sánchez, Joaquín Climent y Adriana Ozores

Parece que desde que «Chernobyl» apareciera en la parrilla de HBO el mundo nuclear se ha convertido en tendencia. No precisamente como debate sobre la conveniencia o no de utilizar este tipo de energía, sino de una manera mucho más banal como son esos morbosos (e incomprensibles para muchos) viajes a la zona cero de un abandonado paisaje ucraniano. De esta forma, aunque «Los hijos» («The Children») se presente como una historia «sobre las consecuencias de una catástrofe nuclear», su autora, la británica Lucy Kirkwood (1984), se apresura a decir que eso no es así: «No tiene nada que ver con eso», advierte, a la vez que aclara que su verdadera inspiración fue la hecatombe de Fukushima, en Japón. La dramaturga se baja del carro nuclear para usarlo como «una metáfora más amplia de la incursión de la mano del hombre en el medio ambiente».

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Así lo confirma la última ganadora del Goya a Mejor Actriz, Susi Sánchez (Hazel, en la función), al hablar de una obra «muy complicada, con muchos recovecos». Fue durante la primera semana de trabajo cuando se dieron cuenta de que aquel texto de Kirkwood no era lo que parecía a simple vista. No solo se trataba del drama de una pareja después de una crisis, sino de un grito de emergencia por el cambio climático. «Los personajes son arquetipos del inconsciente colectivo. Representan mucho más de lo visto de inicio y por eso el alcance de la pieza es mayor del que pensamos. La catástrofe no es más que la excusa para encontrar soluciones a un problema real», cuenta Sánchez de una obra que fue elegida por «The Guardian» entre las tres mejores piezas anglosajonas del siglo XXI. «Los hijos», que dirige David Serrano en La Sala del Pavón Kamikaze, se desarrolla en un futuro no demasiado lejano en el que Hazel y Robin (Joaquín Climent), ya jubilados, viven en una pequeña cabaña de la Costa Oeste desde el desastre nuclear. Ambos son antiguos ingenieros de la central y ahora viven con la electricidad racionada y pegados a un contador Geiger que les avisa del peligro de radiación. Nada ante lo que no intenten mantener la normalidad. Mientras él se encarga de sus cultivos, ella considera que ya ha trabajado lo suficiente como para preocuparse lo suyo. Hasta que entra en escena una Rose interpretada por Adriana Ozores, «la Greta Thunberg de la obra», define Sánchez. Una compañera de trabajo que vuelve a sus vidas después de 38 años y que les obliga a reflexionar sobre el impacto de sus actos en las generaciones futuras.

Triángulo de debate

Con ello, los tres personajes entran en un debate sobre cómo atacar el asunto. «Lo que parecía un triángulo amoroso, el reencuentro de una pareja de amantes que se ven después de años, se convierte en un reflejo del cambio de la sociedad», explica Serrano: «También se muestra cómo hemos alargado la juventud o, al menos, aprendido a envejecer. La gente ahora llega a los 65 años con unas condiciones físicas muy diferentes a las de hace 30 años. Pero lo que a mí me parece más interesante es cómo las generaciones entre los 60 y los 70 son los responsables del mundo en el que vivimos hoy».

Pregunta que se harán sobre las tablas Hazel, Robin y Rose. Cada uno a su manera. Sánchez y Ozores presentan propuestas más amables: «Sanar, recuperar, reestablecer...», enumera Susi Sánchez, que continúa hablando del papel de su compañero: «Climent desempeña la figura del patriarcado desfasado y se empieza a vislumbrar el cambio de valores y del peso en la balanza entre hombres y mujeres». Serrano, por su parte, ve en Robin un papel pasivo, «casi enfermo». Todo lo contrario a ellas, «mucho más interesantes. Modifican la situación, se las ve más luchadoras». En especial, Rose, «una guerrera que entiende que algo hay que cambiar y que ellos, más que nadie, tienen la obligación de seguir peleando». Capaz de inmolarse si es necesario para salvar a los más jóvenes. Hazel, mucho más conservadora, considera que no debe seguir esforzándose. Ya lo ha hecho todo en la vida y no le queda otra que cuidar de su familia y disfrutar de los años que le quedan por delante. Pensar en ella misma por primera vez. «Dos posturas muy razonables. Sin buenos ni malos», para el director.

Pero es la conciencia de Rose la que interpela directamente al espectador: «No tenéis derecho a la electricidad», «los recursos son finitos y estáis acabando con ellos», «debemos saber qué es lo que dejamos, que es la nada»... Son algunas de las frases que Ozores lanza desde el escenario y que Sánchez tiene marcados: «Nos hemos metido en un tobogán sin frenos y debemos ser conscientes de la responsabilidad que tenemos con el futuro. Hay que intentar enmendar los errores y los horrores». Por eso la actriz le pide a los dirigentes que, «por favor», no dejen pasar la ocasión: «Tienen trabajo por delante. Las potencias económicas poseen una fuerza que arrasa con todo, da igual que sean bosques o personas. Confío en que llegue un cambio de legislación con las energías renovables», concluye.

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Dónde: El Pavón Teatro Kamikaze, La Sala. Madrid.
Cuándo: del 28 de noviembre al 5 de enero.
Cuánto: de 23 a 25 euros.

Antonia Paso, sola ante la violencia machista

Semana de estrenos en casa de los kamikazes. Si La Sala cambia de aires con la llegada de «Los hijos», El Ambigú hace lo propio sustituyendo «Freak» (de Anna Jordan) por «Chicas y chicos», una obra de Dennis Kelly que Lucía Miranda dirigirá en el bar del Pavón del 25 de noviembre al 15 de diciembre. «Un texto tremendo», confiesa una Miranda que se derrumbó tras la primera lectura: «En un segundo repaso ya me di cuenta que ese personaje podía ser yo o cualquiera de mi alrededor». Antonia Paso se mete en la piel de Ella para protagonizar un monólogo sobre la violencia machista, «aunque al final se habla de la violencia en general y de cómo sin darte cuenta vas permitiendo una cantidad de cosas inimaginables», puntualiza la directora de un texto que aborda «el precio a pagar por las mujeres por tener el mismo éxito que un hombre» y que termina «de forma cruda».