De desahuciado a Premio Calderón

Paco Gámez ficciona en «Inquilino» su propia experiencia, cuando tuvo que abandonar su piso en menos de un mes porque le subieron el alquiler más de un 70%

Hay una palabra que repiten mucho los infalibles «coaches»: resiliencia. La capacidad de cada uno de sobreponerse a los problemas y, encima, salir reforzado de ellos. Algo así, sin necesidad de recurrir a ningún manual de autoayuda ni a entrenadores personales, es lo que le ocurrió a Paco Gámez.

Un buen día recibió un email. Era el agente de la inmobiliaria con la que tenía alquilado su piso en el madrileño barrio de Chamberí, y no traía buenas noticias. El propietario, al que nunca conoció, consideraba que los 420 euros que recibía cada mes por arrendar su vivienda de 38 metros cuadrados eran insuficientes, así que optó por subir el precio hasta los 700 euros. Y su inquilino tenía un mes para aceptar o marcharse. «No fue un cabreo, sino más bien un chasco. Era un callejón sin salida porque con mis clases de profesor cobraba poco más», explica un Gámez que no se había planteado dejar aquel lugar en el que tenía su vida, pero que, sin embargo, le (medio) obligaban a hacerlo. «No se puede llamar desahucio porque no era mío el piso, pero la sensación era similar».

No había opción alguna de negociar ni de lamentarse (todo el que haya buscado piso por Madrid sabrá que se tienen que alinear varios planetas para encontrar algo bueno, bonito y barato en menos de un mes), por lo que Gámez rehízo su vida donde buenamente pudo (y con ayuda de su familia), aunque no sin aprovecharse de la situación: «Me apetecía escribir sobre mi propia experiencia vital y empecé a echar fotos y tomar notas de todo el proceso de dejar el piso». De ahí nació un texto, «Inquilino (Numancia 9, 2ºA)», que terminó ganando el Premio Calderón de la Barca 2018 y que ahora presenta el Centro Dramático Nacional en la sala pequeña del María Guerrero (del 12 de diciembre al 19 de enero).

Años después de lo que ya es una anécdota, Gámez cree que existe algo «kármico» en todo esto. «Al final me vino bien», ríe viendo el resultado. El autor compone una «comedia social e íntima», presenta, sobre la generación de la crisis que lucha por madurar y en la que él interpreta el monólogo (además de dirigirlo junto a Judith Pujol y Eva Redondo).

En el escenario aparecen elementos quijotescos durante el viaje de este héroe que intenta luchar contra un villano, el casero al que no pone cara. Pero «Inquilino» también tiene una parte kafkiana, «que está en toda la desmesura de los alquileres», dice Gámez, y buñuelesca: «Cuando el protagonista empieza a invitar a todos los indigentes que se encuentra a la fiesta de despedida, porque si aquello no va a ser suyo, que sea de todos», explica el autor.