«Esperando a Godot»: Payasada trascendental

Autor: Samuel Beckett. Director: Antonio Simón. Intérpretes: Pepe Viyuela, Alberto Jiménez, Juan Díaz, Fernando Albizu y Jesús Lavi. Teatro Bellas Artes, Madrid. Hasta el 5 de enero.

La historia de Vladimir y Estragón –llamados también Didi y Gogo respectivamente–, dos amigos de aspecto miserable que esperan infructuosamente junto a un árbol a un tal Godot, del que ni el público ni ellos mismos saben apenas algo, está contada en esta ocasión con una acertada mezcla de humor, melancolía y ternura –no siempre conseguida en otros montajes– que permite formalmente seguir con interés la función y que facilita, en el fondo, llegar siquiera a intuir su dimensión más filosófica.

No habrá sido casualidad elegir a dos actores protagonistas como Pepe Viyuela y Alberto Jiménez, capaces de llevar y traer sin dificultad a sus respectivos personajes hacia el histrión, si la intención era, como parece que es, emparentar la función, aunque sea lejanamente, con el universo del circo y de los payasos. Y no puede resultar más eficaz e inteligente la opción de Simón, pues eso ha permitido al director uniformar a los espectadores, por variopinto que pueda ser el patio de butacas, bajo unos códigos escénicos con los que todos están en mayor o menor medida ya familiarizados. El público está, pues, mejor pertrechado que de costumbre para seguir los pasos de los desventurados protagonistas; y, en efecto, uno comprueba –al menos así ocurrió el día que un servidor vio la representación– que todos en general prestan más atención que nunca a una obra que, por ahondar en la naturaleza alienada y reiterativa de la propia conducta humana, corre muchas veces el serio e inexorable peligro de aburrir más de lo deseado. Los simbólicos raíles con los que Paco Azorín ha circundado el árbol en su escenografía, dando una sugerente idea sobre la confusa dirección de cualquier camino que pueda tomarse; o el vestuario de Ana Llena, que acentúa la dimensión ridícula y excelsa que tiene a la vez cada personaje –y, por ende, cada ser humano–, proporcionan algunas pistas más para aventurarse en la imaginería existencialista de Samuel Beckett en su reflexión sobre el inquietante destino del hombre. Un hombre desnortado al que al que solo cabe alumbrar, como ha hecho Pepe Viyuela en un trabajo actoral fascinante, con los resplandores del único tesoro que tal vez posea: el de su propia emoción.

Lo mejor

Un deslumbrante y divertidísimo Juan Díaz en el famoso monólogo sin sentido de Lucky, su personaje

Lo peor

Por bien contada que esté la obra, como es el caso, siempre dura más de lo que en verdad da de sí