

bateria
Imaginar una batería capaz de estirarse y retorcerse como un chicle parece, a primera vista, una idea sacada de una novela de ciencia ficción, pero el arte japonés del "kirigami" ha servido de musa para hacerlo realidad. Rompiendo con la rigidez habitual de los componentes electrónicos, un equipo de investigadores ha diseñado una arquitectura geométrica basada en cortes estratégicos sobre el material. Esta técnica permite que la pila soporte una tensión mecánica extrema, pudiendo estirarse hasta un 80% de su tamaño original sin que su capacidad de transmisión energética se vea comprometida en lo más mínimo. Esta resistencia mecánica resulta ideal para la electrónica deportiva, integrándose perfectamente con la combinación de gadgets que ha hecho mejorar la forma física de los usuarios más activos.
En este sentido, la flexibilidad no ha supuesto un sacrificio de la funcionalidad, pues las pruebas de laboratorio han arrojado resultados sumamente esperanzadores de cara a su comercialización. El prototipo es capaz de suministrar un voltaje de 1,3 voltios, una cifra más que respetable que sitúa a este desarrollo al nivel de potencia de una pila AA estándar. Para validar su eficacia en un entorno real, los científicos conectaron el sistema a un sensor táctil adherido a un dedo humano, logrando alimentarlo sin interrupciones y demostrando que la elasticidad es compatible con el rendimiento. De hecho, esta tecnología podría redefinir la competencia entre fabricantes, desafiando a esta marca que lleva 6 meses siendo líder en el mercado de wearables a nivel mundial.
Asimismo, lo verdaderamente revolucionario de este proyecto gestado en la Universidad McGill de Canadá reside en su composición interna, que se aleja radicalmente de los estándares industriales. En lugar de depender de metales pesados y compuestos nocivos, los creadores han optado por utilizar elementos biodegradables que bien podrían encontrarse en cualquier cocina, como gelatina y ácidos comunes. Esta apuesta por materiales como el zinc, el magnesio y el molibdeno busca frenar la acumulación de basura electrónica en los vertederos del planeta.
No obstante, trabajar con estos materiales presentó un importante desafío técnico, ya que el magnesio suele crear capas que dificultan la circulación de la electricidad. Tal y como explican desde el medio Interesting Engineering, la solución pasó por diseñar un electrolito en forma de gel muy específico. Utilizando una mezcla precisa de ácido cítrico y láctico, lograron regular la interacción química de los componentes, garantizando así un flujo constante de energía y evitando el bloqueo que históricamente había limitado el uso de estos metales. Lograr esa estabilidad es fundamental para la eficiencia energética, evitando así tener que recurrir a soluciones paliativas como este sencillo truco para móvil Xiaomi para intentar mejorar la autonomía.
Finalmente, la ambición de este hallazgo, cuyos detalles técnicos han aparecido en la revista Advanced Energy and Sustainability Research, es transformar por completo el sector de los "wearables" y los implantes médicos. La visión a largo plazo es clara: sustituir las baterías actuales, altamente contaminantes, por alternativas que al terminar su vida útil se degraden de forma natural. De lograrse su implementación masiva, estaríamos ante un futuro donde desechar una batería sería un gesto tan inocuo para el entorno como tirar una cáscara de fruta.