Tecnología y educación

Una experta afirma que la verdadera amenaza tecnológica en el aula ha estado frente a nosotros durante años, y no es la IA

Mientras las miradas se centran en la IA como la gran amenaza educativa, una especialista advierte que el daño en el declive académico actual ya estaba hecho

Los ordenadores están cada vez más presentes en las aulas de Secudaria y con ellos los chatbots de IA como Gemini o ChatGPT
Los ordenadores están cada vez más presentes en las aulas de Secudaria y con ellos los chatbots de IA como Gemini o ChatGPTDifoosion

Durante las últimas décadas, la presencia de la tecnología en las aulas ha crecido de forma acelerada, impulsada por la promesa de modernizar la enseñanza y preparar a los estudiantes para un mundo cada vez más digitalizado. Esto viene desde las primeras salas de informática de los años noventa hasta la actual adopción másiva de portátiles, tabletas y herramientas en línea, la educación ha vivido una transformación que, en apariencia, debía traducirse en mejoras en el aprendizaje. No obstante, la evidencia reciente apunta en otra dirección, y es que la educación no siempre se ha beneficiado de los avances tecnológicos, por el contrario, en muchos casos han contribuido a su deterioro.

El problema en sí no sería la tecnología, sino su uso indiscriminado y poco regulado, pues investigaciones internacionales han mostrado que el acceso constante a pantallas durante el horarios escolar incrementa las distracciones, fragmenta la atención y reduce la capacidad de concentración profunda, un componente esencial para comprender, retener y aplicar conocimientos complejos. De hecho, los mismos teléfonos inteligentes han sido, durante años, señalados como los principales culpables. Pero estudios recientes sugieren que otros dispositivos aparentemente más inocuos, como los portátiles, pueden ser aún más perjudiciales.

Mientras el debate público se centra en el impacto de la IA sobre la educación, la psicóloga Jean M. Twenge redirige la atención hacia un problema que lleva años creciendo sin ser atendido. De acuerdo con sus afirmaciones, la decisión de dotar a cada estudiante con su propio dispositivo, antaño celebrada como un avance tecnológico, ha demostrado ser contraproducente.

Los datos internacionales avalan su preocupación, pues en las últimas evaluaciones estandarizadas, los jóvenes de 15 años alcanzaron mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias en países que tradicionalmente lideraban rankings educativos, como Finlandia. Allí, los alumnos reconocen pasar alrededor de 90 minutos diarios distraídos con sus dispositivos durante la jornada escolar. En contraposición, Japón ofrece un constraste revelador: con apenas 30 minutos dedicados al ocio digital durante las clases, su rendimiento se mantiene estable.

El ordenador portátil: un auténtico caballo de Troya

Si bien fueron introducidos como herramientas de aprendizaje, concentran el mismo potencial distractor que los teléfonos inteligentes, pero con una legitimidad institucional que los hace aún más problemáticos, puesto que no es raro que muchas escuelas fomenten, o incluso exijan, su uso continuo. "Un ordenador puede hacer todo lo que hace un teléfono inteligente, y tal vez más", advierte Twenge, ratificando que los ordenadores portátiles se han convertido en un auténtico caballo de Troya.

Según lo publicado por Futurism, la evidencia científica confirma estos riesgos. En un estudio realizado en 2016 en la Universidad Estatal de Michigan, los estudiantes empleaban el 40% del tiempo en clase navegando en redes sociales, revisando correos o viendo videos, en lugar de atender al contenido académico. Por su parte, un metaanálisis de 24 investigaciones publicado en 2018 reveló un patrón inquietante: quienes toman notas en ordenador tienen un 75% más de probabilidades de suspender frente a quienes escriben a mano.

La investigadora no plantea un rechazo total frente a la tecnología, sino una invitación a repensar su función en el proceso pedagógico integrando límites claros, objetivos definidos y un acompañamiento adecuado, de manera que las herramientas digitales sean realmente aliadas del aprendizaje, sin que su omnipresencia no regulada se convierta en un lastre para toda una generación de estudiantes.