Muere David Gistau, golpe bajo al Periodismo

Muere demasiado joven un plumilla de referencia. Escribió en LA RAZÓN, «Abc» y «El Mundo», y aún peleaba con algunas columnas que deja sin terminar

Gistau trabajó en LA RAZÓN desde 1997 hasta 2004 y en «El Mundo» y «Abc»
Gistau trabajó en LA RAZÓN desde 1997 hasta 2004 y en «El Mundo» y «Abc»Bernardo Díaz (nombre del dueño)El Mundo

La tarde en que David Gistau llegó a la redacción de LA RAZÓN cosía subordinadas en las charlas que se perpetran junto a la máquina del café mientras los demás conjugábamos en gerundio, tan vulgar, en los tiempos en los que el periódico nacía. Ya quiso ser un maldito de pelo largo que igual bebía bazofia que se orinaba con el whisky de marca. Salió vivo de una entrevista a Lázaro Carreter, que dejaba la dirección de la Real Academia Española, preguntándole lo que le salió del churro, lo que lo convirtió en una especie de héroe asalvajado que hacía las delicias de un heterodoxo Luis María Anson. Lo calé bien pronto. Era bueno, y lo sabía, y pedía consejos a la par que soltaba sus propias conclusiones como si estuviera escribiendo. No sé si entonces le gustaba más leerse que escucharse.

Y así siguió, recreando un periodismo de otra época en clave contemporánea, que es lo que hacen los clásicos. Luego se fue a «El Mundo», a «Abc», para regresar a «El Mundo» donde siempre tuvo maestros de referencia, como Umbral, la reencarnación, y Raúl del Pozo. Gistau era un caso raro de difícil solución. Le gustaba mirarse donde Alvite, en el bar Savoy, con sus fulanas, los desgraciados y los difuntos que no sabían que estaban dentro del ataúd, a la vez que se infiltraba en Bart Simpson, al que de vez en cuando había que cogerle del pescuezo. No imaginaría que fuera algún día protagonista de una noticia, la de su propia muerte, qué ordinariez para un barbudo con alma de aristócrata del siglo XIX .

Su obra literaria incluye libros de reportajes, políticos y de temática deportiva como el boxeo

Supongo que los que hoy escribimos su obituario estaremos malditos de por vida, más que nada por no haber encontrado la palabra adecuada. Si seguimos la regla del género, diremos que Gistau tenía 49 años y que sufrió una lesión cerebral que lo mantuvo unos meses en el hospital hasta que cayó a la lona. Me abstendré de hacer más símiles pugilísticos aunque sin el boxeo no se entiende a la persona y al periodista, siempre deseoso de dar un golpe cada mañana.

Era de baile tintineante incluso cuando llegó a peso pesado. Se enroló en todas las aventuras que pudo, como si fuera un Tintín de cine negro. De Afganistán se trajo «A que no hay huevos», su primer intento en adecuar su estilo a la novela. Su impaciencia era más de tinta de periódico que de libro fetén, como los que vinieron luego, «Ruido de fondo» con el barullo madridista de ambiente –otra de sus pasiones–, «Golpes bajos» y la colección de relatos «Gente que se fue». Fue un articulista brillante y un novelista al que le pudo la ansiedad.

El suyo fue un periodismo entre trincheras porque salió del molde convencional mientras los demás disparaban desde un puesto fijo. Le hubiera gustado vivir en una novela de Norman Mailer y puede que en sueños se le apareciera Marlon Brando en «El padrino» o Ruano, Julio Camba y esos malnacidos que solo sabían escribir en los diarios. Se convirtió en un referente del último columnismo español, y así hay que recordarle si es que hace falta. Ojalá sirvan estas palabras encadenadas a la prisa para envolver un bocadillo. Y a preparar el artículo de mañana, chico, que se va haciendo tarde.