Corto Maltés en un periódico

Conmoción en el oficio ante el fallecimiento de David Gistau el domingo, periodista de quien se despidieron ayer sus compañeros

David Gistau fue columnista de LA RAZÓN hasta 2004 / Foto: Luis Díaz
David Gistau fue columnista de LA RAZÓN hasta 2004 / Foto: Luis DíazLuis Díaz

Ha muerto David Gistau, y nosotros, los de entonces, los niños que soñamos con ser Francisco Umbral o Raúl del Pozo, los que quisimos asaltar el Gijón y subirnos a la mesa donde peroran García Nieto y Gerardo, bebernos el Cock en compañía de Ceesepe y Carlos Berlanga, Balmoral con Loquillo, prosistas párvulos, encontramos en aquel muchacho rubio la esperanza de un articulismo que pulverizase los libros de estilo. Todavía era posible llegar a herederos de Norman Mailer. Todavía había tiempo para tumbar a Whitaker en una prensa comatosa y a la que él revivía con sus golpes felinos. Los regates dialécticos, la chulería deliciosa, el compromiso con la literatura y la verdad, la dulce violencia de prosista decisivo, el desprecio por los savonarolas y los patrulleros de la bragueta y el pensamiento ajeno te ofrecían refugio, rock and roll, poesía, cielo, en los días muermo de las madrasas ideológicas. Los tipos duros no bailan, ok. Pero los mejores teclean, del martini al meconio, columnas para sacudirte miedos muy blancos. Por ejemplo el terror a irte pronto y dejar solos a los que te aman. Lo escribo delante de aquel disparo suyo donde anunciaba que salía de las librerías cargado de libros para su hijo recién nacido, aventuras de Corto Maltés y Tintín. Lo canto para entender mejor el tránsito brutal de la juventud idiota al mundo adulto. Lo susurro conmovido y con la centésima parte de su talento mientras pienso en mi hijo, que tiene cinco años, consciente de que en otro tiempo bebí y viví lo suficiente como para hacer mutis cualquier tarde. Explicó Gistau que dejaba de fumar y nosotros, que todavía no teníamos hijos, que todavía fumábamos, devoramos sus escritos con la pasión feroz del que entiende a medias, no por nada el lóbulo frontal tarda años en sedimentarse, pero sabe o intuye que había encontrado a un hermano de sangre. Un guerrillero amigo al que rezar cuando no quedan motivos para acogerse a sagrado. Un poeta callejero, ilustrado y noble que ponía luz en el gallinero del qué dirán y el ateneo de las buenas costumbres. Había que leerle en aquellas columnas suyas del principio, cuando con la insolencia de un grumete eléctrico sacudió las tintas con su tango de fútbol, noche americana, referentes pop, ecos de John Ford y bombas de relojería camufladas bajo las palabras. A Gistau lo trajo a LA RAZÓN Luis María Anson, entonces como ahora devoto de los mejores con independencia de banderías doctrinales. El mismo Anson que apadrinó a Juan de Prada, que nos había volado la chola con «Las máscaras del héroe», el que tenía a Paco Rabal en «Abc» y fichó a Umbral, que abandonó al poco porque algunos solo quieren que confirmes sus neuras y sus filias. Gistau fue lo contrario a los monaguillos de la prensa patrullada por la nueva sección femenina, prensa de activistas y amantes de las focas bebé y los atardeceres cuquis, que anhelan reeducar el réprobo y, de paso, castrarlo. Se ha ido el delantero centro de un oficio roto sin su escritura irisada y valiente. Resta acabar este penúltimo trago, apagar las luces y agradecer por tanto, genio.