Apoteosis en Manizales

Gran tarde de El Cid y Sebastián Hernández con el indulto de Román de un bravo ejemplar de Santa Bárbara en la feria colombiana

La plaza se fundió en una sonora ovación para el final, mientras toreros y ganaderos se iban por la puerta grande. Era la mejor imagen de tres horas y media de emociones. Durante ellas, la bravura de los toros de Santa Bárbara y las expresiones toreras de Manuel Jesús El Cid, Román Collado y Juan Sebastián Hernández habían escrito una página de oro en la historia de la Monumental local.

Ocho orejas, dos de ellas simbólicas, son el compendio de una serie de capítulos que tuvieron, cada uno sabor propio.

Así, en el de la alternativa, Juan Sebastián Hernández topó con un toro a cuál más bello que noble. Además, a lo largo de toda la lidia fue todo humillación. Quizás un defecto, el haberse visto tentado a buscar refugio en los adentros.

Con esos elementos de un lado y las ganas del toricantano del otro, se dejó venir una faena más compuesta que honda, pero capaz de generar sensibilidad y traer la primera oreja de la tarde.

Vino enseguida un faenón de El Cid como para meterlo en los anales de esta Feria y de muchas. Porque hubo arte y porque sobró emoción.

Arte de El Cid en ese capote templado y, luego, en las series sentidas en las que afloró una y otra vez ese natural tan suyo con el que se hizo lugar durante tantos años en este ruedo. Y emoción pura del toro. El espadazo monumental mereció otra suerte porque no tuvo resultado inmediato. Oreja y vuelta al ruedo al toro.

Román no contó con la suerte de sus compañeros de terna en esa primera mitad del festejo.

El suyo, tercero en turno, anduvo escaso de fuerza e incluso con un problema en la extremidad anterior izquierda que le limitaba para emplearse a fondo. Además de ser corto de embestidas. Pero ahí estaba Román y su determinación infinita con la que deja huella por donde pasa. Al final, hubo una lidia acorde con las condiciones de su enemigo y un trofeo a la entrega y a la voluntad.

En el de su despedida de este ruedo, cuarto de la corrida, El Cid estuvo excelso con el capote, en una lección de cómo se lleva un toro de adentro para fuera con la verónica como recurso. Y si faltaba apuntarlo, lo repitió en un quite de la misma marca.

Tras brindar al director de Cormanizales, Juan Carlos Gómez, y a los acordes del pasodoble de la Feria, el torero de Salteras disfrutó de las bondades del ejemplar por su pitón derecho, donde fue más franco. No así por el izquierdo, inviable casi siempre del encastado hijo de Santa Bárbara. El Cid hirvió, tanto como la plaza, y como el toro bravo y encastado. Dos orejas y hasta siempre.

Al quinto, negro, lo recibió Román con larga cambiada y la intención de meterlo en la historia de una corrida que a esa altura ya cotizaba en la bolsa. Y de rodillas se puso para iniciar con la muleta para ver venir la embestida y el tono encastado del animal.

Muleta larga y sitio hicieron el resto en una obra colosal de parte y parte. Y el indulto para mantener la tarde arriba, donde siempre estuvo.

Y no hubo garbanzo negro, porque el sexto también salió a ondear la divisa como ya lo habían hecho sus hermanos, en lo más alto de la plaza. La faena tuvo altibajos pero nunca paso atrás del recién alternativado. Oreja y puerta grande para todos, comenzando por los protagonistas, seguidos de una plaza loca de alegría.