El regreso de los toros: prohibido salir a hombros

Vivimos con Alberto López Simón su vuelta a los ruedos y cómo la pandemia le cierra la Puerta Grande en la nueva normalidad

El día es más largo que nunca. Se torea de noche. A las nueve. En la oscuridad. Algo así como ese túnel negro en el que nos sumió la Covid-19 cuando nadie lo esperaba. Cuando nos hacían pensar que era algo parecido a una gripe, cuando todavía los casi mil muertos diarios no se asomaban a las profundidades de los ojos, allá donde alberga la pena. Es verano. También en Ávila. Apenas sopla brisa. Aprieta el sol. La luz. Hasta que esta no se haya ido no habrá nada. De toros. Pasea de aquí para allá José Montes. El artífice del primer festejo, la primera corrida tras el Estado de Alarma, tras los miedos, en mitad de la pandemia. En tiempos tan convulsos que todavía no entendemos. Hace pocas horas que logró los permisos. «No te imaginas todos los documentos que he tenido que presentar. Hay un estudio hecho perfecto de la distancia que tiene que guardar cada espectador, no hemos podido agrupar a los núcleos familiares, es lo que hay, no sé si lo van a entender, pero he hecho todo lo que hemos podido para que todo salga bien. Creo que he envejecido en estos días más que en mucho tiempo».

Se notan los nervios, la tensión, esa sensación de ser lo de siempre como nunca: «Un toro casi se escapa esta noche y tres se han estropeado los pitones, ¿qué más puede pasar? Están de camino otros tres toros de la ganadería de Vellosino para poder tener la corrida completa, menos mal que es en horario nocturno».

Las horas pasan, la tarde invade las calles de Ávila. Bella. También el Palacio de los Velada, donde aguarda el torero Alberto López Simón en las horas previas a su vuelta a los ruedos. Fue de los pocos que hizo el paseíllo en la tempranera feria de Valdemorillo en febrero, ¡quién iba a decir que poco tiempo después acabaríamos todos confinados en nuestro casas! En su caso cuando comenzaba el grueso de la temporada con Valencia, Sevilla y Madrid en el horizonte, la negrura nos atrapó de lleno «pasé por varias fases en ese tiempo. La pena de ver todo lo que estaba pasando, la tristeza de sentir cómo se desmoronaba la temporada después de haberla preparado todo el invierno justo cuando iba a empezar y la verdad es que durante un tiempo dejé de entrenar… No me lo pedía el cuerpo. Daba por perdido el año».

Lo dice justo ahora, mientras descuenta las horas, minutos, para enfundarse un terno canela y oro que su mozo de espadas Iván Morcuende ha colocado para la ocasión. Viene bien preparado, con cinco vestidos por si acaso. Los estragos del tiempo, «yo creo que he engordado», admite mientras Iván le ayuda a encajarse la taleguilla frente al espejo. Son los momentos previos al miedo.

Mientras pasan los minutos se va poniendo seria la cosa. «Es curioso, dice, creo que ha sido una parada técnica horrible para el resto del mundo, pero necesaria para mí. Lo hablaba con el psicólogo… Lo importante que a veces es parar el mundo. Siento como si me hubiera reseteado y a pesar de que nunca he estado tanto tiempo sin entrenar y sin torear, cuando he vuelto me he sentido mejor. Con sensaciones nuevas y mejoradas. Ojalá se vea reflejado en la plaza».

Sin besos ni abrazos

No es un día más. Está muy lejos de eso. La nueva realidad obliga a guardar distancia social en la plaza. Incluso con tus propios acompañantes. Nos enfrentamos a una nueva imagen que nunca hemos vivido. Lo sabe Alberto. «Es un día raro, emocionante, temeroso… No sabes cómo va a ser nada. Cómo va a ser llegar a ese patio de cuadrillas, ¿con mascarilla? Ver a la gente… Pero con muchas ganas de reencontrarte con ese triángulo tan necesario y mágico que se genera entre el torero, el toro y el público, que es el que da sentido a todo esto».

Se afeita, despereza, lejos queda ya la comida, las nocturnas alteran el orden lógico de las corridas habituales, de lo que era habitual la vida hasta hace nada. «Vivimos en un desubique total. Hace poco tiempo hubiera estado pasando un miedo tremendo seguramente con San Fermín…», dice Alberto… «quién me iba a decir a mí que ahora podría estar sacando tiempo para ver a algunos amigos cuando de normal estoy siempre de viaje».

No lleva capilla, aunque sí dos vírgenes de Guadalupe colgadas al cuello, alguna estampita suelta en la maleta mientras un par de medidas de la Virgen del Pilar quedan atadas a la maleta. No hay rezos, pero amarra las vírgenes del cuello. Y los pensamientos que sobrevuelan mientras se mira al espejo. Torero y mozo de espadas mantienen un lenguaje que quizá sólo ellos dos comprenden.

En los aledaños de la plaza de toros va llegando la gente. No falta la mascarilla. No hay besos ni abrazos. Codo codo. La moda. Y expectación. Suspiros. En este reencuentro muchas cosas se quedan atrás. «No pensaba ver toros este año. El coronavirus nos ha quitado la libertad, la seguridad y la vida de siempre, volver a una plaza de toros supone recuperar la ilusión y ahora es mucho. Yo he perdido a mi madre en este tiempo, de ella me viene la afición, se me revuelven muchas cosas, así que vengo a Ávila emocionado», dice Antonio Ortega, un aficionado que compra su entrada en taquilla. Viene con su hijo, a pesar de ello tendrá que colocarse en el tendido a un metro y medio de distancia, «es una locura, hemos venido en el coche y vivimos juntos, pero acataremos las normas, lo que no queremos son problemas ni que se nos culpe de nada».

De 8.000 a 2.200 localidades

De las 8.000 localidades que afora la plaza de Ávila, la nueva normativa ha permitido solo 2.200. También han cambiado otros protocolos. No se puede tirar nada a los toreros en las vueltas al ruedo. Y los triunfos. Ya no hay Puertas Grandes. Todo aquello que evite los tumultos. Es nuestra identidad. La exaltación, la emoción, la explosión y el júbilo de lo vivido, pero son tiempos de pandemia. Los muertos nos lo recuerdan y los amenazantes rebrotes, también.

Sin aglomeraciones los espectadores fueron ocupando sus localidades, respetando las normas, sin quitarse las mascarillas para reproducir, a mucha más distancia entre las personas, esa imagen de hace más de un siglo, con exactitud 1918, en plena pandemia de la mal llamada gripe española en la que se celebraron toros con los aficionados con mascarilla y también hubo suspensiones en los brotes más fuertes y provocó 50 millones de muertes en todo el mundo.

Ya era media noche del sábado cuando acabó el primer festejo de la pandemia. Dos trofeos cortó López Simón, que hizo el paseíllo con Finito de Córdoba y Calita, que paseó uno a pesar de que la nueva normalidad le cerró a cal y canto la Puerta Grande de los sueños. Volvería Ávila a abrir sus puertas a la Tauromaquia el domingo. La Fiesta continúa, con sus nuevas normas.

 LA NUEVA NORMALIDAD
Un metro y medio entre espectadores y no se reconoce el núcleo familiar
 Prohibido tirar nada a los toreros durante las vueltas al ruedo
 Prohibido pisar el ruedo y sacar en hombros a los toreros por la Puerta Grande
 Uso obligatorio de la mascarilla