Tan raro todo, como el frío en Sevilla en junio

Juan Ortega corta el único trofeo de una tarde condicionada por el mal juego de los toros en Morón, donde acudió Curro Romero

Juan Ortega, en un derechazo, en Morón
Juan Ortega, en un derechazo, en MorónArjona

Hoy no hubiera faltado Pedro, Trapote, como tampoco lo hizo la última vez que Garzón organizó una corrida en Morón, la última de Pedro. Siempre lo hacía. Ir a las ferias de José María. Incluso en tiempos de pandemia. Con los protocolos de la austeridad de quien llegaba con la hora justa y marchaba al acabar, pero sin perder la sonrisa ni en las peores de las situaciones. Franco y divertido, porque en verdad nunca “pasaba nada” tan importante como para perder el ahora. Ese “ahora” en el Juan Ortega durmió las embestidas del segundo Murube con el capote, verónicas eran. De seda, de esas que se podría llevar el viento, pero no la memoria. Angustia vivió el picador de Ortega al quedarse atrapado debajo del peto del caballo y derribado. A merced. Los segundos ahí abajo deben hacerse una eternidad.

La torería de Ortega encontró el muro de la falta de casta del toro de Murube. Más o menos algo parecido le había pasado a Diego Urdiales con el primero. El sabor de las cosas bien hechas, sin necesidad de la vulgaridad fue lo que quedó. Las ganas de más, también.

Desmonteraron

Se desmonteraron El Víctor y Tirado con el cuarto, que era de Juampedro y el segundo de Urdiales. Las emociones nos duraron poco y la falta de casta del toro hizo el resto. Es decir, la nada.

Fue el quinto toro el que tuvo más movilidad del encierro, quería las cosas por abajo y cuando no era así resultaba todo un barullo, como un ruido en una melodía. Fue a este al que Ortega metió la espada de verdad. No dejaba atrás la faena más rotunda, pero sí la que subió el nivel de emociones en lo que iba de tarde. Para él la oreja. La única.

El susto de la tarde, sin cornada

A Diego Román se lo habían llevado a la enfermería en volandas ante el asombro del público en el tercero. La sensación era que algo nos habíamos perdido, pero no. El despiste no había sido para tanto. Al parecer el peón sufrió un fuerte pinzamiento en el ciático y perdió la sensibilidad en la pierna derecha. No había sangre, pero la sensación de incertidumbre también cundía de camino a la enfermería. Era el primero de Pablo Aguado, que salió mal presentado de cara y con pocas ganas de embestir. El sevillano hizo el favor de no alargar los vacíos. Le esperaba un Murube, que fue quizá el toro más alto del sexteto. Se movió con nobleza, con mejores principios que finales, pero el listón estaba tan bajo... Lo vio Aguado y compuso sin demasiada estructura. La tarde acabó gélida, con la sensación de habernos arrebatado la esperanza del toreo. El cartel no podía ser más bonito que ni el mismísimo Curro Romero se lo quiso perder. La salida era lo más parecido al Muro de las Lamentaciones…

Tan raro todo como el frío en Sevilla un 18 de junio.

Y hoy, con las mismas, a estas horas, Trapote hubiera cogido el camino de vuelta a “Las Majadillas”. La finca sevillana donde vivía y donde se fue. Dueño de sus pasiones y con una debilidad por encima de todas llamada José Tomás. Hay algo de normal en todo este frío.

Ficha del festejo

Morón de la Frontera (Sevilla). Se lidiaron toros de Murube, 1º, 2º y 6º y Juan Pedro Domecq. 1º y 4º, flojos; 2º, mansito; 3º, deslucido; 5º y 6º, con más movilidad pero de poco juego. Lleno.

Diego Urdiales, de habano y oro, buena estocada (saludos), estocada que hacce guardia,

Juan Ortega, de verde botella y azabache, estocada baja (saludos); estocada (oreja).

Pablo Aguado, de tabaco y oro, estocada, descabello (silencio); estocada corta, seis descabellos (silencio).