El toreo aquella tarde de verano

Buena corrida de Montalvo en la confirmación de Tomás Campos y vuelta al ruedo para Octavio y Cortés

Imagen de Javier Cortés siendo prendido en Las Ventas  / Cristina Bejarano
Imagen de Javier Cortés siendo prendido en Las Ventas / Cristina Bejarano

Las Ventas (Madrid). Se lidiaron toros de Montalvo, desiguales de presentación. El 1º, protestón por flojo; el 2º, movilidad, repetición y sin fijeza; el 3º, repetidor pero irregular; el 4º, de buena condición y rajado; el 5º, mansito y de buen juego; y el 6º, encastado. Un cuarto de entrada.

Octavio Chacón, de azul y oro, pinchazo, estocada (saludos); estocada, aviso, dos descabellos (vuelta al ruedo).

Javier Cortés, de azul pavo y oro, estocada caída (saludos); estocada (vuelta al ruedo).

Tomás Campos, de verde botella y oro, que confirma alternativa, media baja, aviso, pinchazo, descabello (palmas); dos pinchazos, estocada, dos descabellos (saludos).

Los olés surgieron espontáneos, como aquella tarde cuando Octavio fue, porque era, aunque pocos lo sabían. Lo sabíamos. Y el toreo, las vocaciones verdaderas, esperan a pesar de la ingratitud. Y una ovación le aguardaba en su vuelta. Y unas arrancadas para armarse en torero y toreo a la verónica. Lució al toro después en varas en la distancia, que era el segundo, y replicó el quite de Cortés que dejó la barriga al servicio del toro, como si no doliera. Tuvo mucho que torear el animal después porque el toro repetía, tenía codicia y ese punto de desigualdad en el viaje, de embestir por dentro, que hacía que todo estuviera pendiente de un hilo. Octavio no volvió la cara nunca, ni por uno ni otro pitón, y así el interés de la faena. Hasta los doblones finales, los más toreros. 610 kilos tuvo el cuarto y un descontrol de lidia, a pesar de que Octavio se había lucido en el saludo de capa. Fue toro bueno después, repitió, con humillación y transmisión y la única pega que miraba a las tablas con ojitos de querer y de vez en cuando se quiso ir. Retuvo las intenciones del toro Octavio llevándoselo a los medios y ahí la faena tuvo buenos pasajes. A pesar de que la espada no fue lo efectiva que quiso dio una vuelta al ruedo. La buena tarde le precedía.

Javier Cortés volvía de volver. De aquella cornada y de aquella voltereta que le hizo daño de nuevo. No dudó en irse al centro del ruedo y esperar al toro como si fuera a dar un estatuario y sorprendernos con una especie de trinchera. Tenía el toro velocidad en la repetición y descolgaba, también cierta irregularidad que hacía difícil que la faena tuviera uniformidad. Buscó los resortes del animal Cortés en una faena de buenas trazas que remató de una estocada punto caída. Había manseado el quinto sin ocultarlo, pero también quiso coger luego la muleta sin guardarse nada. Lo supo Cortés y lo quiso aprovechar. La faena no le salió siempre rotunda, pero sí contó con la cara de la verdad. Sin respiración nos dejó en la suerte suprema, cuando se echó derecho y le cogió por el pecho. Se le pidió el trofeo y el presidente no lo dio. La vuelta al ruedo resultó incontestable.

Tomás Campos había venido a confirmar la alternativa y esas buenas condiciones que se rumorean aquí y allá. Había ganas. El toro protestó por la falta de puras fuerzas que tenía y descolgó al natural. Pena que no tuviera empuje para haber elevado esos naturales de categoría del diestro. Esa faena que brindó a Urdiales: la única manera de ver a los toreros caros (ironía servida) en esta plaza. Encastado fue el sexto con el que mostró un concepto muy de verdad. Siempre. Sin fisuras. Igualando las desigualdades del toro con un toreo con mucho poso, taladrado a la arena, los pechos, en el cite, queriendo rematar atrás. Hecho y cuajado el día de la confirmación. La faltó espada. No corazón. Mientras Montalvo había echado una buena corrida. Una tarde de esas de verano de las que se podrían recordar.