En la tragedia, la épica de tres héroes de otro tiempo

Histórica suspensión en la Feria de San Isidro al resultar heridos los tres toreros y permanecer en la enfermería en el segundo toro de la tarde.

Las Ventas (Madrid). Duodécima de la Feria de San Isidro. Se lidiaron dos toros de El Ventorrillo (1º) y Los Chospes (2º), bien presentados. El 1º humilló pero sin empujar en la muleta, deslucido; el 2º, de mal estilo y complicado. Tres cuartos de entrada.

David Mora, de azul marino y oro, herido a portagayola.

Antonio Nazaré, de malva y oro, estocada caída (silencio); lesionado en el 2º.

Jiménez Fortes, de grana y oro, estocada (saludos); corneado por el 2º.

Hacía más de una hora que habíamos abandonado Madrid. Abatidos, con el corazón encogido y una imagen en la cabeza que arrebatará el pensamiento más de un madrugada. Aquel charco de sangre sobre la arena, habían sido décimas de segundo, una vida entera, la sangre a borbotones se le iba a David Mora por una herida en el muslo que no tapaban ni las dos manos de sus banderillero. Ni toda la ilusión del mundo, ni la responsabilidad de Madrid, ni esta locura que hace jugarse la vida tarde tras tarde, poner los muslos a disposición del toreo y hacerlo con tanta facilidad como para olvidarnos que la tragedia vive y convive cada segundo con el torero, cada tarde de toros, cada uno de los 31 festejos de este San Isidro. Y a la vera de los muslos va la barriga y el corazón y ese segundo brutal en el que la vida se apaga ante 20.000 espectadores. David Mora abría plaza en su segunda tarde en Las Ventas. Y sin preámbulos se fue a portagayola, a las rayas del tercio, a la infinita boca del miedo, territorio privado sólo para los valientes. Ni en mil vidas. No hubo glorias ni ovaciones. Ni tiempo que perder. En el primer lance, a la salida de fuego, desde la inmensa oscuridad, el toro de El Ventorrillo no perdonó a David y le arrolló con violencia, nada comparado con lo que estaba por llegar. Abatido el torero sobre la arena, hizo presa con la brutalidad de la fuerza íntegra, recién salido de toriles, hasta demoler el cuerpo, hacerle jirones el vestido y abrirle de par en par un muslo. Desmadejado en el ruedo y mudo Madrid. Impactado. Fueron décimas de segundo, todo un mundo para inundarnos de congoja sin billete de vuelta y con un charco de sangre, literal, sin poesía, que había derramado David Mora sobre la arena madrileña. Todo lo que vino después fue como una ensoñación. Antonio Nazaré, por orden de antigüedad se hizo con la situación. Sobreponerse a algo así es pertenecer al paraíso de los elegidos. Muchos hubiéramos cogido la puerta sin más, había necesidad de poner los contadores a cero. Nazaré asumió su papel, heroico y se fue al toro, por derecho para hacerle las cosas bien, sin resentimientos, sin preguntas, buscando respuestas ante la plaza de Madrid y en plena Feria de San Isidro. No fue toro de triunfo ni de más sufrimiento. Puso la cara abajo, humilló, pero sin ganas de empujar en el viaje. Resolvió Nazaré. Estábamos a tiempo. Decía al comenzar que hacía más de una hora que habíamos abandonado Madrid, dos desde la interminable cogida de David Mora cuando tuvimos el primer parte médico de la enfermería. Sólo unos pocos saben lo que ocurrió allí. Una cornada muy grave. Un percance que conmocionó Madrid. Pero había más. Tanto más que el segundo toro en menos de veinte minutos hizo historia. Y no por bueno ni por bravo ni tan siquiera por malo. Ironías del destino. «Entretenido», de la divisa de Los Chospes, remiendo de la titular de El Ventorrillo, sembró los malos augurios nada más salir, también, otra vez. La historia se repetía, el gafe de la tarde, de ese 20 de mayo que ya ha pasado a los anales, el hoy, el ayer. Jiménez Fortes reaparecía en Madrid después de una cornada grave el pasado Domingo de Ramos. Vestido de grana y oro, dio tres lances tal vez hasta perder la verticalidad, los pies del suelo, a merced del animal de nuevo. Hiperventilación general. Antonio Nazaré, que no había venido a Madrid a perder el tiempo, no renunció a hacer el quite, y allá se fue y en una media verónica el traicionero toro se quedó por debajo, como a Fortes, y desde ahí se sintió fuerte el animal para lanzarlo por los aires. Sin sangre, sin que lo supiéramos todavía, había caído también. Una lesión en la rodilla derecha ponía al límite el festejo. Más toreros dentro de la enfermería que fuera. Jiménez Fortes brindó a un espectador de excepción, como excepcional era la fecha del calendario. Cincuenta años atrás, el revolucionario Manuel Benítez «El Cordobés» confirmaba su alternativa en la plaza de Madrid ante una expectación fuera de serie. Y también lo pagó con sangre. Ayer ocupaba una barrera del Dos con Martina, su mujer. Genio y figura. Un misterio sin caducidad. De vuelta del brindis Jiménez Fortes plantó cara al toro como un muro, que no deja ver, que no transparenta dudas, que no da paso al temor, que soporta, en silencio, callado, sin aspavientos... Y así en ese son, nada más comenzar, tres muletazos, perdió pie en la cara, y el toro le metió el pitón. Si lo supimos, si lo atisbamos fue porque la herida sangraba. Ni un gesto de más ni mirarse. Se le notaba roto e incluso ido, pero en ninguno momento volvió la cara. El toro, pegajoso en el engaño y quedándose por abajo, le puso en el disparadero hasta el final y ahí sí, en la suerte suprema, se lo pasó de pitón a pitón. Un horror. De cómo llegó a la enfermería puede que no lo recuerde mañana a pesar de haberlo hecho por su propio pie. La épica con la que se mantuvo en la plaza herido, después de la heladora cogida de David Mora dice mucho de una profesión fuera de este tiempo y de muchos tiempos, ilógica, anacrónica y sólo comprensible en estos momentos a ojos del corazón. A eso de las ocho de la tarde, quedaban cuatro toros en los corrales y ni un solo torero en el ruedo. Hacía 35 años que no ocurría algo así en Madrid. Nadie se movía. Nadie se quería ir. En sólo dos toros. En algo menos de una hora habían pasado cosas tan grandes que hacen que esta Fiesta sea inmortal. Mientras haya toreros dispuestos a dejarse la vida y más de 20.000 personas a abandonarse por un lance, un muletazo, la esencia.... Esa capacidad artística que nace entre la vida y la muerte... Ese ínfimo paso que transita entre el infierno y la gloria. El toreo, esas pequeñas cosas. Tres héroes ayer. Y una gesta que ya está en la historia. Y allí, lejos de lo banal, podemos refugiarnos.