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¿Pero las casualidades existen?

David Mora paseó la única oreja de un excelente encierro de Alcurrucén no del todo aprovechado

  • David Mora dando un pase de pecho, ayer, en la cuarta de las Fallas de Valencia
    David Mora dando un pase de pecho, ayer, en la cuarta de las Fallas de Valencia
Valencia.

Tiempo de lectura 4 min.

14 de marzo de 2018. 21:37h

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Valencia. 14/3/2018

VALENCIA. Cuarta de feria. Un tercio de entrada. Cinco toros de Alcurrucén, muy bien presentados y de gran juego, y uno, el 5º, de El Ventorrillo, más feo y también aprovechable.

David Mora, de verde manzana y oro, pinchazo y estocada (saludos); entera, aviso (oreja).

Álvaro Lorenzo, de celeste y oro, pinchazo y entera, aviso (saludos); entera (saludos).

Luis David Adame, de azul noche y oro, entera (saludos); pinchazo y estocada (saludos).

La gran noticia de ayer fue la muerte de Stephen Hawking, el científico británico con una mente privilegiada y un cuerpo devastado por la ELA, la esclerosis lateral amiotrofica. Un sabio que demostró que la voluntad todo lo puede y que tampoco existen las casualidades. Suya es esta frase que define muchas cosas: «Somos sólo una raza avanzada de monos en un planeta menor de una estrella muy común. Pero podemos entender el Universo. Eso nos convierte en algo muy especial», como especiales son los toreros, que, sin embargo, suelen achacar su posición en el escalafón a la mala suerte, a la mala administración o a la poca ayuda que reciben de quien gestiona el negocio. Pero es el toro quien pone a cada cual en su sitio. Las casualidades no existen, como bien explicaría el físico inglés y como quedó demostrado, una vez más, en la cuarta función del abono josefino. Los hermanos Lozano trajeron una gran corrida a las fallas. Un conjunto muy bien presentado y de gran juego que no acabó de ser aprovechado.

¿Pero las casualidades existen?

Álvaro Lorenzo durante la faena de muleta

Un excelente lote del que destacó el toro lidiado en cuarto lugar, con el que se lució al torear de capa David Mora. Tuvo una gran transmisión este animal y tras un fenomenal tercio de banderillas a cargo de Ángel Otero, y con la gente totalmente volcada el diestro toledano se fajó con él en una faena de mano baja y no poco temple pero a la que le faltó un punto de intensidad y apurar a un ejemplar extraordinario al que se debió premiar con la vuelta al ruedo. Faltó puede que atención al presidente y desde luego sensibilidad en el público, que no pidió recompensa para este toro.

Pareció pararse tras su paso por el caballo el primero, pero remontó y de qué manera. Y aún falto de fuerza tuvo nobleza y calidad en abundancia para que David Mora, que también se lució al torear a la verónica, dejase un trasteo muy entonado en sus tres primeras series pero que fue decayendo progresivamente y acabó sin aprovechar las muchas opciones que dio su oponente. Romaneó con genio el segundo toro, que pareció haber sido pintado por Moratalla Barba. Esperó en banderillas y sin embargo, aunque tardeó, cuando embistió lo hizo encastado, humillado y con brío. Pero no acabó de entenderlo Álvaro Lorenzo, que si estuvo compuesto y seguro no terminó de cruzarse.

¿Pero las casualidades existen?

Luis David Adame dando un pase de pecho

El quinto, de El Ventorrillo, más feo y basto, se arrancó de lejos al caballo yendo de uno a otro suelto y sin fijeza, a su bola. En la muleta fue y vino, mejor por el pitón izquierdo, y conformándose su matador con estar otra vez aseado y correcto pero sin dar ese paso adelante que marca las diferencias. Manso de salida el tercero, toro típico de Alcurrucén, ejemplo perfecto del encaste Núñez y que fue a más conforme avanzó su lidia, sin que un muy animoso y decidido Luis David Adame, muy de cara al tendido en todo momento y que sufrió hasta dos desarmes, acabase por entenderse con él en una labor de más envoltorio que contenido.

También fue aplaudido de salida el sexto, que empujó en varas y fue cosido a la muleta cuando las cosas se le hicieron bien. Sin quitarle el engaño de la cara el mejicano sacó una primera parte de su trasteo en la que entendió muy bien al de Alcurrucén, llevándole sus ganas a ir embarullándose progresivamente y quedando a su quehacer un tanto difuminado.

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