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Roca aprieta y le aprietan

El peruano corta un trofeo en el sexto de la tarde y salva una corrida decepcionante bajo la lluvia

  • Andrés Roca Rey toreando por el pitón derecho al segundo de su lote, del que consiguió cortar una oreja. Foto: Rubén Mondelo.
    Andrés Roca Rey toreando por el pitón derecho al segundo de su lote, del que consiguió cortar una oreja. Foto: Rubén Mondelo.
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

23 de mayo de 2018. 21:46h

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Patricia Navarro.  Madrid. 23/5/2018

Las Ventas (Madrid). Decimosexta de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de la ganadería de Victoriano del Río. El 1º, de buena condición y poca transmisión; el 2º, deslucido; el 3º, encastado, con genio y a menos; el 4º, de buena condición pero rajado; el 5º, noble y flojo; el 6º, humillador y repetidor. Lleno de «No hay billetes».

Miguel Ángel Perera, de verde botella y oro, tres pinchazos, aviso, descabello (silencio); estocada, dos descabellos (silencio).

Alejandro Talavante, de azul y oro, estocada corta, siete descabellos (silencio); media estocada, descabello (silencio).

Roca Rey, de verde botella y oro, pinchazo, estocada (silencio); estocada (oreja).

¡Ay los comienzos! Ingenuos, inocentes, limpios de prejuicios. De cuando todavía el toro trepaba detrás de los vuelos de la muleta de Miguel Ángel Perera, en el prólogo de faena, en el inicio de la tarde. Esa en la que volvía Talavante a Madrid después de... Después de tantas. Pero era Perera, era Miguel Ángel quien se fundía en un cambio de mano, tan profundo y largo que a punto estuvo de convertirse en circular. Mágico. Y repetido. Lo volvimos a ver. Delicioso. Tenía clase el toro, pero poca transmisión y en esa ecuación Madrid se maneja a regañadientes. Lo intentó el extremeño, entre medio protestas, entre la indiferencia, entre una espada que no quiso y no fue. Fue antes de que la corrida de Victoriano del Río, que no estuvo bien presentada, nos pasara por encima y lo hiciera al mismo tiempo la lluvia. En esta primavera que cumple al milímetro los sorprendentes cambios de tiempo y logró que la nube negra que amenazaba tardara menos que el toro de Talavante en venirse abajo y lo que era un amenaza se convirtió rápidamente en una tormenta ventosa sin tregua. El toro, segundo, no sirvió y Talavante no nos hizo perder el bendito tiempo salvo cuando cogió la espada.

Un huracán fueron las primeras embestidas del tercero a la muleta de Roca Rey y un muro de piedra la figura del peruano. Impasible ante el destino, ante la cogida. Inverosímil fue el espacio por el que pasó en el cambiado por la espalda con el que le hizo tragar en los comienzos. Emoción. A secas. Bajo la lluvia, también. Lástima que la casta del toro fuera desarrollando a falta de entrega y tragándose las ganas de embestir para racanearlas. Se entregó el torero. En direcciones distintas caminaron uno y otro. Y en la misma la lluvia. Molesta. Incesante.

A Curro Javier le pegó un arreón el cuarto de los que no se olvidan pronto. Perseguidor nato. Descolgó una barbaridad la cara en la muleta de Perera. ¡Bieeen! Ya viajaba la mente por faenas históricas que nos ha dejado el diluvio. Creímos. Nos pareció. De eso vive, también, la magia de una tarde de toros. Y más cuando aguantó la gente el chaparrón, intenso y a medias tintas, sin quejarse. Y había motivos. Pero el toro de Victoriano del Río, que sí tuvo calidad en el engaño, se rajó antes de lo previsto, antes de lo que el guión marcaba para que la faena pudiera levantar el vuelo. Y así ocurrió: que la labor de Perera quedó con el recorrido corto a pesar de la larga extensión.

La nobleza del quinto era tanta como su falta de fuerza. Y esta tregua de toro dolía por dos tratándose de Talavante y de Madrid. Un puñal para la ilusión. Resolvió Talavante con armonía y brevedad. Se agradece.

Se repobló la plaza para ver a Roca. Y se paró la lluvia. Quiso. Y quiso el peruano. Con el capote primero. Tan quieto que asusta. Y la muleta después. Estatuarios, más uno por la espalda, que es el que prende la llama, y la locura colectiva. Humilló el toro con esmero y repitió, aunque con ese punto de estar encogido, amedrentado. Por eso que se salvó Roca cuando estuvo a su merced. Roca se ajustó con el toro y cuando se le había acabado el gas tiró de largo del valor que tiene para pasarse los pitones del toro por donde la lógica dice no. Roca apretó en el esfuerzo y lo cierto es que un sector del público también le cuestionó. Estamos ya en la cara b del éxito.

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