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Se retira «El Ciclón de Jerez»

Tiempo de lectura 4 min.

25 de noviembre de 2017. 00:48h

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25/11/2017

Pocos toreros contemporáneos han sido más queridos y denostados como el jerezano Juan José Padilla. Las últimas descalificaciones en esa barra libre de pobredumbre moral en que se han convertido las redes sociales, justo unos minutos después de que « El Pirata» anunciase la temporada de cierre en 2018, dan mucho que pensar. Torero popular, dotado de una gran inteligencia que pocos conocen, auténtica enciclopedia de la tauromaquia, pues Padilla habla de toros y toreros con una precisión y profundidad propias del extraordinario aficionado que es. Este diestro es hijo de su voluntad, la que se forjó desde niño para que observando a las figuras del toreo se labrase su heterodoxa manera de interpretar la tauromaquia. Esa misma voluntad que a fuego le convirtió a sí mismo en figura social y del toreo cuando superó el hachazo de Zaragoza, que a cualquier otro le hubiera dejado en casa.

Torero simpático de esos que saben granjearse el aprecio de todos los públicos y el respeto de los toreros, cierra sus páginas en la historia del toreo sin haber llegado a sus bodas de plata.

Sus comienzos en los años 90, desde la alternativa en Algeciras y la gris confirmación en Madrid, estuvieron agendados por un hueco en los carteles «toristas» y en las ganaderías que hacen pasar «fatiguitas». Sus vestidos a veces imposibles, su bulliciosa actuación en los tres tercios y su arrolladora apuesta ciclónica le convirtieron al gaditano en un torero imprescindible para llenar ferias pero en carteles sin brillo. Tuvo que volver a nacer como torero en Olivenza, después de la tragedia en el coso de Pignatelli. Con el parche en el ojo y la cara deformada, se vivió en el coso oliventino uno de los momentos más bellos en aquella reaparición ante el cariño de los compañeros y del público. Resulta un cierre bello para esta historia de superación que la temporada 2017 haya asistido a Padilla en lo alto del escalafón de matadores. Quien da lo que tiene en la vida o en el arte, sólo está obligado a ser honesto y eso ha encantado a aficiones como la pamplonica, donde Padilla es venerado habiendo sido incluso ícono del cartel de fiestas. Tiene una innumerable saga de plazas donde este Pirata de maneras amables ha abordado.

Muchos puristas han censurado su jaranosa tauromaquia, sus desplantes en la cara del toro o su formas a veces no muy clásicas, pero a Padilla sólo le ha interesado el espectáculo, la verdad de vestirse de torero y el compromiso con la parroquia. Torero que ha trascendido de lo que pasa en los ruedos, pues hoy Juan José Padilla es símbolo de quienes se visten de luces, y si no que se lo pregunten a los irascibles propagandistas de la catalana CUP cuando le convierten en símbolo de la España eterna. Su autenticidad, lo buena gente que es y lo apasionado del arte de Cúchares nos dejan a un torero, que pese a quien le pese, tiene un lugar de privilegio en El Cossío.

La campaña de despedida que cerrará simbólicamente en Zaragoza, será un magnífico epílogo para quien ha entendido que ser torero, con independencia de las circunstancias, es un acto de grandeza.

Con un torero como Padilla cobra todo el sentido aquella reflexión que a veces se nos olvida a los que amamos esta expresión artística atribuible al maestro Antonio Ordóñez, cuando decía: «El mejor aficionado es aquel a quien le caben más toreros en la cabeza». O eso que cuentan que al fin y al cabo torear es hacer cosas delante del toro, las de Padilla y su personalidad.

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