Talavante, cuarta Puerta Grande en tarde de redención

El pacense desorejó al tercero; Castella y Manzanares pasearon otro trofeo

Multitudinaria Puerta Grande del diestro extremeño, sacado en volandas por los aficionados
Multitudinaria Puerta Grande del diestro extremeño, sacado en volandas por los aficionados

Las Ventas (Madrid). Decimoquinta de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de Victoriano del Río, bien presentados. El 1º, lastimado; muy bueno el bravo 2º; manso pero encastado y con emoción, el 3º; con calidad por el izquierdo, el 4º; 5º y 6º, cambiantes y complicados en la muleta. Lleno de «No hay billetes».

Sebastián Castella, de tabaco y oro, estocada, dos descabellos (silencio); estocada, descabello (oreja).

José María Manzanares, de gris plomo y oro, estocada (oreja); pinchazo, media estocada, dos descabellos (silencio).

Alejandro Talavante, de azul eléctrico y oro, buena estocada (dos orejas); pinchazo, media estocada atravesada, tres descabellos (silencio).

Parte médico de Valentín Luján: «Herida por asta de toro en fosa ilíaca con una trayectoria ascendente de 20 centímetros penetrando en cavidad abdominal. Se practica laparotomia media infra y supra umbilical. Se encuentra hemoperitoneo, con rotura de mesenterio que se sutura. Revisión de cavidad observándose contusión de asas intestinales sin perforación». Pronóstico «muy grave».

Fue la tarde del desquite. De la redención. A los Avernos se había mandado a Alejandro Talavante tras el desencanto de su gesto sin gesta. Tremenda, pese a todo. Seis de Victorino, sin orejas, pero el Everest había que escalarlo. Se congració a la primera oportunidad. Faena muy importante para desorejar al tercero de un mayúsculo encierro de Victoriano del Río –tres toros importantes–, y cuarta Puerta Grande en Madrid. Nuevo aldabonazo. Castella y Manzanares, oreja, tampoco se fueron de balde. No se lo puso fácil a Talavante de salida «Artillero», que se dolió muchísimo y manseó sin disimulo nada más sentir la puya. Sin embargo, dejó entrever un tibio rayo de esperanza en las sedas, que tomó humillando y metiendo la cabeza. Talavante no titubeó, vio la casta de su rival y muy firme le puso la pañosa. Con mucha transmisión la tomó el burel. Bien en redondo, muletazos de mano baja, el termómetro se disparó en una serie de naturales. Tuvieron mucha profundidad y la faena rompió definitivamente. Notables, dos cambios de mano por la espalda, bien ligados con el natural. El remate, por bajo, un cartel de toros. Perdió de vista a la res y lo empaló de espaldas. Sin consecuencias. Volvió a la cara y dos series más con la zurda para reventar la tarde y la feria entera. Precioso un cambio de mano por abajo, torerísimo, del que salió andando de la suerte. Colosal. Cerró por bernadinas citando por el pitón contrario y atacó el morrillo para dejar una gran estocada. De premio. Dos orejas sin discusión. Nada pudo hacer frente al genio del sexto. Complicado garbanzo negro del festejo. Empujó en varas, buena batalla con el picador Miguel Ángel Muñoz, y corneó de gravedad en la ingle a Valentín Luján. En la muleta, protestó y lanzó siempre un molesto gañafón que terminó haciendo desistir al pacense ya con la gloria de la Puerta Grande conseguida.

Tras toparse con el peor lote en el primero de sus compromisos isidriles, Sebastián Castella afrontó el segundo compromiso lidiando primero un «Batatero», que nos hizo concebir esperanzas. No le sobraron las energías y sangró mucho en varas, pero tras un ceñido quite por chicuelinas del galo, se vino arriba en banderillas, con movilidad, para hacernos gozar con dos soberbios pares de Javier Ambel. Podía ser. Valer para la muleta de su torero, pero no se había acercado aún al animal y comenzó el murmullo. Se había roto la mano izquierda. Castella, aún sin pegarle un muletazo, cambió la ayuda por el acero, que usó con eficacia. Inédito. La tarde se le había puesto a cara de perro a Castella, ya reposaban orejas en el esportón de sus dos compañeros. El galo no se quiso dejar ganar la pelea y atornilló las zapatillas en la boca de riego. Dos cambiados por la espalda en un inicio vibrante. Le otorgó distancia y le trazó una buena tanda en redondo. Mejor con la zurda. Allí, apareció la calidad del animal. Una serie a cámara lenta. Al ralentí. Tirando del animal en cada natural. La muleta barriendo la arena, como el hocico del burel. Un circular invertido muy templado, encadenado a un segundo y el de pecho, metió en el canasto al respetable. Lo despachó de estocada entera y descabello, que no enturbiaron la petición, rotunda. Oreja.

El alicantino se redimió de su primera, y sin demasiada historia, actuación en este San Isidro en el gran segundo. «Buenasuerte», al que habrá que tener muy presente para las quinielas, hizo honor a su nombre y se fue sin una de sus orejas al desolladero. Toro bravo y con movilidad, pronto a los cites, al que Manzanares supo vertebrar una faena perfecta. De estructura perfecta y con los tiempos bien marcados. No atosigó al toro y le dejó a su aire en dos primeras series, cortas, en redondo. Se echó la muleta a la izquierda y lo exprimió más, una tanda más larga, corriendo la mano, muy templado. Naturales limpios y con hondura. Regresó a la derecha e inició con el pase de las flores. Al galope se le arrancó el toro, sobresaliente. Más acople y empaque en estos derechazos. Sensacionales los cambios de mano y remates por bajo. Abrochó unos ayudados para epilogar el trasteo. Lo cuadró para la suerte suprema. El animal, a favor de querencia, directo a las tablas, lo citó recibiendo y enterró la estocada entera, una pizca trasera. Pese a la minoría, otra tarde más en su contra, paseó una convincente oreja. Un cetáceo de 600 kilos sorteó en quinto lugar, alto y con mucha plaza, el animal tuvo clase en los primeros tercios, pero se descompuso en la muleta del levantino. Muy pegajoso, toro cambiante. Protestó más y no se empleó en la franela, siempre con la cara por las nubes. Manzanares, de nuevo muy relajado, lo intentó por ambos pitones, pero esta vez no hubo fortuna y el castillo de naipes se derrumbó.

Gran tarde de toreros y sensacional corrida de Victoriano del Río, que propició la redención de los tres espadas, sobre todo, de un Talavante que, una semana después, encontró merecida recompensa a su órdago.